Plástica

Claudio Rama

Desde hace años pacientemente he intentado construir un colección de máscaras latinoamericanas etnográficas que representen las tradiciones y culturas de los distintos países de la región. De aquellas que se usan en fiestas, ritos, bailes y actividades sociales en las cuales se representa a personajes reales, “promeseros”, palabreros, dioses, diablos, héroes, animales, actores o seres mitológicos.

 

Ha sido una verdadera “pesca mascarera” que llevo adelante con ahínco y que acompaña en paralelo a mi vida académica en el mundo de la educación superior. Varias de ellas han sido recogidas en un paciente proceso de muchos años, gracias a los viajes de trabajo y de descanso y turismo. En cada lugar he buscado saber previamente de su existencia, dónde se localizan, cuáles son sus características y cómo contactar a bailantes y mascareros, para poder hacer esa llamada por mi “pesca mascarera”. También, muchas veces las piezas aparecieron de casualidad entre cuentos de personas y búsquedas sin rumbo, en medio de complejas separaciones entre objetos decorativos y verdaderas expresiones cultu-rales identitarias.

 

En muchos casos, amigos me han ayudado ampliamente a localizarlas como en Dominicana (Edis Sanchez), en Perú (Ricardo Cuya), en Bolivia (Fernando Rosas) y en Puerto Rico (Juan Meléndez). En otros casos han sido maravillosos regalos como los de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Perú), la Universidad Abierta para Adultos (Dominicana), la Universidad Tecnológica (Panamá), la Universidad de Santo Domingo (Dominicana), Universidad Tecnológica (Pachuca) y muchas más donde sus autoridades o amigos, sabedores de mi pasión, han tenido la gentileza de agraciarme con máscaras de sus regiones.

 

Sin duda es una búsqueda difícil: para saber de su existencia, para identificarlas y para conseguirlas. En general no están en las grandes ciudades ni en los shopping y es más fácil encontrarlas en los mercados populares, en la casas de sus artesanos y con los mismos bailantes. En algunos países hay comercios donde se encuentran como resultado de que allí van los bailantes o los artesanos o, inclusive, comercios que se especializan en trasladarse hasta las comunidades donde se utilizan para sus bailes o en recibir piezas de artesanos. En algunos casos, las máscaras han entrado en el circuito de antigüedades y es en estos comercios donde se encuentran.   La colección, actualmente conformada por cerca de 400 piezas, fue creciendo sola, asociada a las posibilidades de mis viajes de trabajo académico en la región y cada pieza se hunde en mi historia personal. Ellas fueron conseguidas, embaladas, transportadas, limpiadas, fichadas y colgadas, una a una, en un bello regocijo cultural y de recuerdos de lugares, tradiciones y personas. Tal vez la primera máscara que adquirí haya sido a mediados de los 80, pero es recién desde el 2000, cuando ingresé a la UNESCO y tuve mayor movilidad regional, donde se ha tornado una actividad rigurosa y sistemática de coleccionismo personal. Durante años fue un crecimiento sin conciencia por su mera belleza y el deseo de tenerlas. Luego se tornó en un empeño que derivó en una pasión de reconstrucción cultural de tradiciones, de compleja actividad de investigación y de descubrimiento de las diversidades de nuestra región, que ha alimentado el sueño de construir una colección representativa de América Latina y el Caribe con la esperanza de llegar a conformar alguna vez un pequeño museo para mostrar la diversidad de un continente mascarero.


Claudio Rama
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