Presentación
Universidades Año 5 - No. 21 | No. 74

La desigualdad está anidada en nuestras sociedades latinoamericanas de múltiples formas, en diversas escalas y bajo formas culturales simbólicas que conllevan a que sea asumida como fatalidad en distintos sectores sociales. La educación, como herramienta de movilidad social y posicionamiento cultural, ha desempeñado un papel significativo en cerrar brechas y asimetrías, pero nos falta mucho. En efecto, las múltiples formas que asume la desigualdad, en la propia escala de la educación superior, pone a discusión la efectividad del modelo educativo, la vinculación con las políticas públicas y las prácticas sociales que reproducen la desigualdad.

En la tradición liberal clásica, la educación jugaba en favor de una ciudadanía de derechos y una prosperidad de sectores excluidos. En la sociedad moderna del conocimiento, como explica Stiglitz, es “condición crear una sociedad abierta, democrática e incluyente”, es decir, un reto formidable donde las universidades están implicadas como actores relevantes, pero no exclusivos: el fortalecimiento de la educación superior va encaminado con políticas de equidad, pluralidad y cambio sustantivo de los patrones de reconocimiento social de la innovación y la educación significativa para la igualdad.

Las experiencias analizadas en este número dan testimonio de la difícil trayectoria de reconstitución democrática y desigualdad, como en el caso de Chile analizado por O. Espinoza, donde la salida de un régimen autoritario ha dado lugar para que el mercado haya suplido el acceso diferenciado, pero sin transformar social y simbólicamente la desigualdad: los ricos disfrutan de una educación cualitativamente mejor que los pobres, a un coste proporcionalmente menor. Espinoza aplica un modelo multimodal de equidad e igualdad, que despliega elementos de juicio más allá de la cobertura, para poner el acento en la relación equidad/calidad educativa, entre quintiles extremos de ingresos.

El mercado educativo, de calidad dudosa, ha suplido la inversión en educación pública y en consecuencia domina dos terceras partes de la matrícula chilena: la aparente equidad en el acceso no resuelve la desigualdad respecto al conocimiento significativo que ofrece oportunidades de ascenso social, acorde con la justicia distributiva. La equidad atiende a iguales necesidades, capacidades y logros: la calidad educativa importa y marca las diferencias.

En una dimensión comparativa, A. Chiroleau pone el acento en los determinantes contextuales de Argentina, Brasil y Chile que han experimentado procesos de cambio político y expansión de oportunidades sociales de igualación, a través de la educación superior. En Argentina la política expansiva, con 18 nuevas universidades públicas y programas de ayuda estudiantil, generó una ampliación de la cobertura y acceso a quintiles de menores ingresos. En Brasil, la política educativa del PT impulsó un amplio programa de inclusión y aumento de la oferta pública de educación superior, focalizada en sectores tradicionalmente excluidos, como negros y pardos. En tanto, como ya se advirtió, en Chile la segmentación de la calidad educativa reproduce a la inequidad mediada por el mercado.

Por su parte, el análisis de Maria do Carmo de Lacerda ofrece elementos sólidos para establecer una relación específica entre democratización endógena y condiciones de equidad en la educación superior, tomando el caso brasileiro y analizando dos momentos políticos que privilegiaron actores y estrategias polares.

Finalmente, en el caso mexicano, I. Camacho analiza la dimensión de la movilidad internacional como medida de inclusión/exclusión en la educación superior, en tanto exige y aporta habilidades socialmente diferenciadas, así como conductas institucionales que responden a criterios de exclusión activa y pasiva. Inscribir la desigualdad en la movilidad supone adoptar políticas integrales de apoyo que suplan las diferencias de origen, condición social y habilidades: no es un modelo selectivo cuantitativo el mejor instrumento de equidad, son criterios cualitativos mejorados los que conectarán el conocimiento del mundo con la equidad de oportunidades.

El acceso educativo no resuelve la desigualdad, aun siendo condición necesaria pero no suficiente. Asociado a una ampliación de la matrícula se requiere asegurar la calidad educativa, la vinculación efectiva con oportunidades de ocupación e ingreso, acoplar con necesidades sociales y rentabilizar el conocimiento de manera distributiva. En conjunto, fortalecer las prácticas democráticas en la educación y generar oportunidades socialmente significativas desde la educación superior es una tarea de futuro, pero impostergable.

Asombrosa resulta la obra de Aragonés, tanto por su monumentalidad como por su complejidad estética: sus personajes testifican una época de dolor e irracionalidad, como bien asienta A. Nahón en su lectura, pero a la vez proporcionan una luminosidad asentada en una densidad de materiales, del barro al óleo, la piedra y la madera. Aragonés es un portento de creatividad y fuerza narrativa, donde el tenebrismo de la ferocidad animal y humana se enlaza con la sutileza y el dramatismo.

Concluimos con el saludo del rector de la entonces Universidad Central de Quito, en ocasión de la fundación de la UDUAL, como una resonancia de aquel episodio que inspiró la tradición reformista de Córdoba, en vísperas de la Conferencia Regional de Educación Superior evocativa de aquel momento de cambio. La recuperación de ese espíritu optimista, en la tragedia particular de Ecuador, nos confirma el duelo dramático en que vive nuestra región y la importancia de pensar la educación superior y la democracia como constitutivas de una ecuación de igualdad y fraternidad. Después de un siglo, hay mucho por hacer frente a la desigualdad persistente.

Antonio Ibarra
Director

Plástica Universidades No. 74

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