Entre la Reforma Universitaria y el 68 latinoamericano.
Entrevista a la historiadora Vania Markarian

Nicolás Dip
Doctor en Historia y Licenciado en Sociología por la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata (FaHCE-UNLP). Actualmente se desempeña como Becario Postdoctoral del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). La entrevista fue realizada el 17 de agosto de 2018 en el Seminario Internacional “A 50 años del 68. Miradas e interpretaciones desde el Sur”, organizado en la Universidad de la República entre el 15 y el 17 de agosto del corriente año. nicolasdip88@gmail.com


El 2018 está cargado de conmemoraciones, sobre todo para los abocados a la historia de la universidad, los intelectuales y el movimiento estudiantil. Este año se cumplen el centenario de la Reforma Universitaria de 1918 y el cincuentenario de 1968, dos fechas claves por sus resonancias regionales y sus implicancias a la hora de discutir el pasado, el presente y el futuro de las universidades latinoamericanas. Para abordar estos tópicos, entrevistamos a Vania Markarian. Docente e investigadora uruguaya de larga trayectoria, posee un Doctorado en Historia Latinoamericana por la Universidad de Columbia y numerosas publicaciones sobre el pasado reciente, entre las que se destacan: Idos y recién llegados. La izquierda revolucionaria uruguaya en el exilio y las redes transnacionales de derechos humanos 1967-1984 (2006) y El 68 uruguayo. El movimiento estudiantil entre molotovs y música beat (2012). Además, actualmente es Responsable del Área de Investigación Histórica del Archivo General de la Universidad de la República (UdelaR) e Integrante del Sistema Nacional de Investigadores del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay. Desde su recorrido en estas temáticas y en el marco de ambos aniversarios, Markarian reflexiona sobre los usos de la Reforma de 1918, las implicancias del 68 y las particularidades de ambas experiencias en Uruguay. A su vez, como toda conmemoración es un momento de revisión no sólo de los hechos históricos sino también de perspectivas y campos de estudio, analiza las contribuciones y las deudas pendientes de la historia reciente en relación al abordaje de la universidad, los intelectuales y el movimiento estudiantil, como la utilización de los conceptos de izquierda tradicional y nueva izquierda a la hora de pensar los cruces entre cultura y política.

Este año se cumplen dos conmemoraciones importantes con resonancias sociales, políticas y culturales. Los 100 años de la Reforma Universitaria y los 50 de 1968. Me gustaría comenzar por el primer punto: ¿de qué manera repercutió, se debatió y resignificó la Reforma Universitaria en Uruguay, teniendo en cuenta la particularidad de este país en relación a esta experiencia, ya que antes de 1918 contaba con antecedentes importantes en demandas que fueron centrales en el Manifiesto Liminar de Córdoba, como el cogobierno y la participación estudiantil? En 1908 el primer Congreso de Estudiantes Americanos reunido en Montevideo ya había exigido púbicamente el derecho a participar de los estudiantes en los órganos de gobierno. Ese mismo año el Congreso Nacional uruguayo además aprobó una Ley Orgánica Universitaria que reconocía a un consejero estudiantil.

El Manifiesto Liminar y el movimiento reformista de Córdoba tiene, como casi todos los momentos que son muy fermentales, una serie de sentidos comunes que se van generando que siempre se pueden revisitar; sentidos comunes que se fueron formando, que no necesariamente se corresponden con ese origen. Si asociamos el movimiento reformista originado en Córdoba en el 18 a cogobierno estudiantil, autonomía y el papel social de las universidades, en Uruguay la Ley Orgánica de 1908 había consagrado algunas de estas reivindicaciones de manera primitiva. O sea, seguían como demandas abiertas de los universitarios y en particular de los estudiantes, pero algunas de esas cosas ya estaban ahí presentes. Después el antecedente que a nivel latinoamericano es importante es el Congreso de Estudiantes Americanos de 1908 que se hizo acá en Montevideo. En realidad, Córdoba recoge en parte la agenda del movimiento estudiantil que se genera en ese Congreso y en los sucesivos que se hacen cada dos años, como en Buenos Aires. De todos modos, hubo un impacto del 18 en Uruguay que no está demasiado estudiado. Los dos movimientos que se expresan en revistas y redes de publicaciones en el caso uruguayo son: uno, el Centro Ariel y la revista Ariel, donde se ve la impronta del arielismo de José Enrique Rodó que también es parte del movimiento reformista del 18. Sin embargo, obviamente en Uruguay tiene el origen local de Rodó, aunque el arielismo es más complejo. Eso por un lado. Después está el Estudiante Libre que es la revista del Centro de Estudiantes de Medicina. Los de Ariel son de Derecho y éstos de Medicina. Son dos espacios, dos redes, dos publicaciones donde se expresa un poco la repercusión de Córdoba. Incluso nosotros hicimos desde el Archivo General de la Universidad la República (UdelaR) algunos trabajos marcados por los aniversarios sobre el 1908 y el 1918, y decimos algunas de estas cosas que te estoy señalando (2008; 2008). Hace poco Natalia Bustelo nos corrigió sobre el primer momento de la revista Ariel. La revista Ariel tiene una significación adicional porque allí está Carlos Quijano, quien después va a ser el fundador del semanario Marcha y un personaje muy importante de la política uruguaya que termina en la izquierda política, en el Frente Amplio, pero empieza en el Partido Nacional Independiente. Tiene una trayectoria interesante, antiimperialista y tercerista. Bustelo habla de un primer momento en Ariel mucho más radical. Es lo mismo que ella ve en las repercusiones de Córdoba muy mezcladas con las lecturas de la Revolución Rusa del 17 y luego un afianzamiento del latinoamericanismo, posterior a ese momento radical. Ella ve lo mismo en Ariel y establece un matiz que asimila la repercusión uruguaya a la repercusión latinoamericana que es interesante. Lo otro a tener en cuenta es que Córdoba ha estado en boca de los universitarios uruguayos desde entonces y hasta ahora. Mi fuerte es la segunda mitad del siglo XX. De los años 50 en adelante, he hecho un poco el trazado de qué quiere decir “mentar Córdoba” en ese momento histórico, no para marcar la traición de un legado. La reinterpretación es siempre eso: reinterpretación. No se es fiel a un momento histórico, no es necesario; pero es muy interesante en el primer momento en que analizo un poco esto. En los años 50 hay una nueva generación de universitarios que se dicen así mismos reformistas porque reivindican las tres patas del legado cordobés -autonomía, cogobierno y el papel social de la universidad o el conocimiento- y lucha por la Ley Orgánica de 1958 que sucede a la de 1908 que hablábamos antes, la cual sanciona finalmente esos principios: la autonomía del poder político y el cogobierno pleno de los estudiantes. El cogobierno anterior a veces no se da en todos los órganos o es representado por docentes. Ahora es cogobierno pleno y sanciona lo que hoy llamamos las “tres funciones”. En la Ley Orgánica aparece la investigación, la educación y la extensión aunque no con estos nombres, pero sí como función universitaria. Esta generación reivindica el legado del 18 y las palabras son de Oscar Maggiolo que es rector de la universidad. Él dice: “Córdoba es rémora”, porque afirma “para nosotros Córdoba está hecho, el legado de Córdoba está consagrado. La Ley Orgánica consagra eso y nadie que conozca las universidades latinoamericanas puede pensar que ese legado ha sido fructífero en cuanto a convertir a las instituciones de primer nivel en la sociedad del conocimiento”. Entonces, yo encuentro que esta generación reformista tiene un ala muy pujante que podemos llamar “modernizadora-reformista” que ve una tranca: “nadie puede pensar que el cogobierno estudiantil nos ha dado instituciones de primer nivel. Eso no se hace de esta manera, nuestras universidades tienen que convertirse”. Y acá vienen las influencias de las teorías de la modernización y el desarrollismo en sus diferentes versiones. A mí me gusta la expresión de Carlos Altamirano: “el desarrollismo que estaba en el aire”.

El campo de estudios sobre historia de la universidad en Uruguay, ¿está afianzado en relación a la Reforma o recién dio los primeros pasos? ¿Cómo lo evaluarías?

De lo primero tenemos muy poco. Está la obra fundacional de los Oddone, Blanca París y Juan Antonio (1971). El trabajo de Arturo Ardao (1950) sobre etapas previas y hay muy poco más hasta el momento. Después surgió otra rama que proviene de la Sociología y algo de la Ciencia Política más vinculada por la relación entre ciencia y desarrollo, donde el tema es una referencia y algo donde pararse: “la universidad latinoamericana”, un dato. Recién ahora estamos volviendo los historiadores a repensar esto y en nuestro equipo, el cual es un lugar donde se han consolidado los estudios sobre universidad y estas temáticas, todos nos dedicamos a la segunda mitad del siglo XX. Vemos más usos de Córdoba, apelaciones a Córdoba, significados de Córdoba. En esto que te estaba diciendo anteriormente sobre lo de “rémora”, después hay una vuelta de tuerca, porque esta generación intenta imponer un programa de modernización donde Córdoba es el pasado y hay una relación complicada de Uruguay con Latinoamérica; pero después está lo que Ximena Espeche (2016) llama la “paradoja uruguaya”, la relatinoamericanización de Uruguay como forma de superar la crisis. Entonces, en el contexto de más radicalización y crisis socio-política sobre todo en los segundos años 60, Córdoba vuelve con sus fueros, con su significado anterior y original, porque se ve en peligro ese legado que se suponía consagrado. Está en peligro la autonomía, está en peligro el cogobierno, está en peligro la función social de la universidad ante el embate de las derechas y los sectores conservadores. De las derechas modernizantes, sobre todo, que quieren que las instituciones del conocimiento sean otra cosa. Ahí incluso el propio Maggiolo vuelve a decir en el año 68 cuando abre un seminario: “esta universidad que es una de las pocas donde el legado de Córdoba se mantiene vivo”. O sea, de la rémora a mantener vivo el legado.

En tu trabajo El 68 uruguayo. El movimiento estudiantil entre molotovs y música beat (2012) sostenés que “1968 tuvo la fuerza de un rayo en la historia uruguaya pero no fue de modo alguno el primer relámpago de un cielo sereno, sino el fogonazo que iluminó las grandes nubes que se venían acumulando en la oscuridad”. En este sentido, al movimiento elegís situarlo en una mirada de larga data, pero también en una de corta al hacer hincapié que la coyuntura y las políticas autoritarias del gobierno de Jorge Pacheco Areco (1967-1972) también fueron fundamentales. ¿Por qué elegís situar el estudio en una mirada de corta y larga data? ¿Esta opción está relacionada a un intento de diferenciarte de otros trabajos académicos e historiográficos sobre la temática?

Eso surgió de Alain Badiou, citado por Kristin Ross (2002), levantado por mí. Hay varias cosas. Una me parece que el 68 había sido leído como la idea del huevo de la serpiente. El 68 es el lustro previo al golpe de Estado. Entonces, todo lo que se leía del 68 eran las marcas que llevaban a que el proceso terminara en la instalación de la dictadura y, si lo mirás en escala regional, a los nuevos autoritarismos de los años 70. La operación historiográfica mía en ese sentido es la recuperación de la contingencia del momento histórico. Si hacemos de cuenta que no sabemos cómo terminó esta historia, la riqueza y la potencialidad del momento se abrían muchísimo. De esta manera, el efecto del evento 68 como un momento importante sucede para atrás y para adelante. Permitía ver ese lustro con nueva luz, con más potencialidad, con diferentes caminos y con la historia de lo que no sucedió. Pero también permitía releer hacia atrás, que es un esfuerzo que en nuestra historiografía se viene haciendo. Esta no era una sociedad perfecta, armónica, la “Suiza de América”, la “tacita de plata” o todas las metáforas que quieras usar que en Uruguay se usaban en ese momento. Y que de repente nadie sabe por qué el país se despertó de esa siesta maravillosa y había un gobierno autoritario. Entonces, el efecto de mirar el momento podía aplicarse a una lectura del pasado más largo. Y acá viene la segunda operación historiográfica que tiene que ver con la Guerra Fría. Hay una dimensión que está relacionada con la temporalidad y otra con la escala de análisis a nivel geográfico. Ubicar una peripecia que se había leído como nacional en el contexto de la Guerra Fría, no en el modelo tradicional: “esto es lo que hizo el imperialismo norteamericano en todos los países latinoamericanos”, sino en el marco de un conflicto global donde hay fuerzas operando que trascienden las fronteras nacionales. Y fuerzas nacionales que leen, apropian y resignifican este universo de ideas y repertorios de confrontación disponibles. Viene por un lado por ahí, ver la acumulación, sobre todo la deriva represiva que se venía acumulando en la disponibilidad de instrumentos represivos para atrás y para adelante. Y lo mismo respecto de la acumulación de los repertorios de protesta de los sectores movilizados.

Y esos primeros trabajos sobre el 68 de los que buscaban diferenciarse a la hora de hacer sus investigaciones, ¿quiénes lo realizaban? ¿Eran militantes de ese período o lecturas que se posicionaron críticamente respecto a eso?

Nosotros somos los hijos de los militantes del 68 en sentido literal. Los antropólogos dirían: “nosotros heredamos el relato de los nativos”. La primera interpretación la producen los protagonistas en eventos tan politizados como estos, donde el efecto de memoria y político es tan inmediato. Estaba sucediendo y estaban interpretando. Esto es lo que heredamos. En mi generación, nos hicimos adolescentes en la transición, en la salida de la dictadura. Es el momento en que Eric Hobsbawm llama “zona de penumbras” entre la historia y la memoria. Es el instante en que uno se da cuenta que la peripecia personal y la colectiva no se pueden separar. Uno vive de niño pensado “esto es mi vida” y hay un momento en el que decís “esto tiene condicionantes”. A la salida de la dictadura, fue el momento para mi generación de este asunto. Nosotros habíamos heredado, habíamos escuchado, nos habían contado, un relato que estaba muy marcado por la experiencia brutal de la dictadura, la represión y la violación a los Derechos Humanos. Entonces era un poco como la canción de Charly García que Aldo Marchesi cita mucho y ahora creo que yo la cito más: “si el mañana es como ayer otra vez, lo que fue hermoso será horrible después”. Tiendo a usar la metáfora. Y eran esos relatos producidos por gente a medio camino. Yo no creo que el conocimiento histórico sea patrimonio de los historiadores. Creo que somos una voz con determinadas reglas y autoridades; pero otros, tienen otras. Nadie le puede quitar al protagonista, el peso del testigo. Pero además en este caso muchos militantes se convirtieron en cientistas sociales. Entonces hay una zona media difusa de esta producción. Son ex militantes convertidos ahora en politólogos, en filósofos, en historiadores, en sociólogos que producen interpretación. Esa es la literatura que heredamos que está muy mezclada por estas dos dimensiones. Me parece que nuestro impulso venía un poco por tomar distancia con las categorías nativas, con la experiencia de esa generación que es algo que no se trasmite in totum nunca. Nuestra operación de rompimiento vino por ahí. Por ejemplo, el trabajo de Álvaro Rico (1989) que pertenece a esa generación del 68. No sé si él se definiría así, pero lo podríamos poner ahí. Esta idea del camino democrático al autoritarismo que es parte de lo que estoy diciendo de reinterpretar el momento viene del trabajo de Álvaro Rico; así que también esa generación empezó a mover sus interpretaciones y nosotros en diálogo con ellos, me parece que algo del giro cultural o de la repolitización de la cultura si es mucho más de nuestra cohorte. En mi caso, al menos, hice el doctorado y viví en Estados Unidos. Mi pasaje por la academia gringa tuvo un impacto, porque lo que vi en una generación un poquito mayor que yo, mis profesores jóvenes, digamos, era un intento de repolitizar un fenómeno, los años 60, el 68 que habían sido en el caso de los Estados Unidos asimilados al mercado y a la moda. La década del 60 eran el flower power, hippies y muy poco se pensaba en un país donde la violencia política fue tremenda. Hubo un magnicidio en los años 60 en Estados Unidos que no es una cosa tan común en las sociedades occidentales desarrolladas. El nivel de violencia política era muy grande y a ellos les importaba decir: “existió esto”, “existió un movimiento de protesta y una reacción represiva muy fuerte también en nuestro país”, y también, repolitizar las manifestaciones culturales: mostrar todos los lugares en los que la protesta cultural se vinculaba con la protesta política. Mirando esa literatura pensé que capaz a nosotros nos hace falta un esfuerzo contrario. Como la marca de ese período de la historia es la ruptura no la continuidad, pensamos esto en “antes y después de la dictadura”. Y en la dictadura lo que hay es la experiencia traumática del terrorismo de Estado. Está hiper politizado, muy marcado por la acción de los grupos políticos, de las organizaciones y el papel de la ideología. Y en realidad en los años 60 latinoamericanos hubo lo que Eric Zolov en un artículo que está muy bueno de hace unos años llama “miríada de expresiones de protesta” (2008), que van de la cultura a la política y donde hay muchos lugares donde no podés diferenciar bien. Y quizás ahora nos parece un sentido común, pero hace diez años era difícil pensar en esos términos. Sobre todo en Uruguay, donde me parece que con respecto a Argentina la ruptura en el terreno de la cultura es más grande, porque en la Argentina tenés por ejemplo a Luis Alberto Spinetta, a algunas personas que podés seguir y se mantienen activas. Acá hay muy poco de eso y entonces se rompió mucho la trasmisión.

En El 68 Uruguayo señalás que las protestas comenzaron con la Coordinadora de Estudiantes de Secundaria del Uruguay (CESU) denunciando el anuncio del aumento del boleto subsidiado y luego se fueron sumando otros actores universitarios y políticos, como la Federación de Estudiantes Universitarios del Uruguay (FEUU), pero también otros grupos que incluso cuestionaban estos organismos gremiales. Luego de los asesinatos de tres jóvenes en agosto y septiembre, se terminó de abandonar el componente reivindicativo de las primeras movilizaciones hacia contenidos políticos y demandas de cambios sociales radicales. Algo similar señala Antonio Romano en De la Reforma al proceso (2010) para el caso de secundarios, cuando afirma que la especificidad de lo pedagógico en el abordaje del conflicto en las instituciones educativas se diluyó en la confrontación política. La pregunta es para consultarte por los actores que protagonizaron el 68 uruguayo y si estás de acuerdo que la politización y radicalización llevaron a la disolución de las temáticas universitarias y pedagógicas. Una tesis similar sostiene Beatriz Sarlo en la Argentina cuando en la Batalla de las Ideas (2001) alega que la politización y radicalización de los años 60 condujeron a la disolución de la cuestión universitaria.

Me parece que ocurre eso. Hay algo para usar a Bourdieu de la independencia de los campos mirado desde las instituciones educativas, que en Uruguay me parece que existe una diferencia con Argentina en el momento previo. La independencia del campo de la educación superior o la independencia en el campo de lo pedagógico y lo educativo, son todos campos diferentes pero pongámoslo en uno. En el equipo nuestro en el Archivo General de la UdelaR, con María Eugenia Jung, Isabel Wschebor, empezamos a estudiar la universidad e hicimos un esfuerzo grande por no trasladar las adscripciones políticas de las personas que vemos actuando al campo universitario porque no explican. Que José Luis Massera, el matemático, fuera comunista no necesariamente explica lo que hace en la universidad, no se traslada. En términos de Bourdieu puro, no se trasladan los sistemas de prestigio, legitimidad, recompensa de un campo a otro de una manera inmediata. Y esto marca la autonomía de los campos en el caso uruguayo. La política y la universidad tenían, con todas las ligazones que había, un nivel de autonomía importante. Y esto se va perdiendo y me parece que el 68 es parteaguas. Y en las discusiones post 68, si pensás dentro de la UdelaR, por ejemplo, todo el proceso de generación de un sistema de alianzas muy heterogéneo y complejo, permite la articulación de lo que llamamos “el Plan Maggiolo”, el plan de reforma estructural de la institución más ambicioso del siglo XX y hasta donde estamos. Plan que piensa reestructurar toda la universidad, en línea con las ideas de la generación reformista-modernizadora. Una alianza heterogénea apoyada en sectores del movimiento estudiantil, que les admite a muchos que provienen de la Facultad de Ingeniería que no lograban predominar en la interna de su centro, el rebote en los órganos del cogobierno central a través del movimiento estudiantil. Maggiolo llega al Rectorado, articula este plan, aprovechando la ventana de oportunidades de la nueva constitución que aplica los presupuestos por programas. Si pensás, en ese momento, aparece el seminario de estructuras de Darcy Ribeiro en el año 67. Darcy Ribeiro ese año está exiliado en Montevideo y dicta un seminario de estructuras universitarias donde participan 70 universitarios de todos los estilos y colores, de todas las disciplinas, pensando a la educación superior. Un año después, tomemos por ejemplo a los participantes del seminario de estructuras de Darcy Ribeiro: un participante que viene del ala comunista y uno que viene del ala que le disputa por izquierda a los comunistas el control del movimiento estudiantil, ambos van a estar en el comité de huelga de las movilizaciones del 68. En ese contexto, toda la discusión sobre la Reforma Universitaria pasa a segundo lugar y la mayoría de las discusiones empiezan a ser en términos de estrategias de movilización, de acumulación de fuerzas y el lenguaje de época que le quieras poner. Y ya no como discusiones que antes se dirimían en términos académicos y científicos, me refiero no como apolíticos sino como con cierta independencia de los sistemas político-partidarios. No era que los colorados votaban a un colorado para dar estructuras en la Facultad de Ingeniería. A eso me refiero, no necesariamente, ¿no?, porque había unos sistemas de evaluación de prestigios académicos que se van perdiendo poco a poco. Eso me parece que es un dato. De la propuesta del Plan Maggiolo en el 68 se logra instalar el centro de cómputos, que tenía aspiración de ser instituto central. Ahí el papel de Manuel Sadosky que está exiliado. Recala en Montevideo después de la desarticulación de Exactas y está ayudando en este proyecto. Se inaugura un seminario por la cultura autónoma para América Latina que funda un Centro de Estudios Latinoamericanos con Ángel Rama y Darcy Ribeiro. Hay algunos intentos de articular el cambio político y el cambio educativo como algo que vayan juntos. Pero es efímero, ya no hay espacio no sólo por la radicalización hacia la izquierda del movimiento estudiantil y sus grupos docentes, sino por el ataque constante de las fuerzas represivas en los locales universitarios, las amenazas de intervención y de creación de nuevas instituciones. Los procesos que estudia María Eugenia Jung (2018). Entonces entre el 69 y el 73, se resiste más de lo que se hace.

De todas formas matizás un poco estas ideas cuando en tu libro aparece que a diferencia de Estados Unidos y Europa, el movimiento estudiantil no atacó o no se centró en una oposición a las autoridades universitarias. Planteas que se podría ver así en términos generales, pero después hay que trazar algunos recaudos. Ahí también reconstruís cómo Maggiolo tuvo una relación de ida y vuelta con el gobierno.

Lo primero está basado en una expresión de un ex militante estudiantil que genera las primeras interpretaciones, Jorge Landinelli. Él tiene un artículo que es muy interesante sobre la relación entre universidad y poder político (2014). Viene de la ciencia política en ese período y tiene un librito sobre el movimiento estudiantil del 68 (1989), que él mismo protagonizó, era integrante de la dirigencia de FEUU. Escribe después desde México y en el exilio, pero es un politólogo. Él habla de la responsabilidad del movimiento estudiantil para con la universidad. Y esto es cierto en el sentido de que te decía que en el 68 el movimiento estudiantil uruguayo llevaba diez años de integración plena en el cogobierno y eso le había significado algo que fue inesperado para la FEUU que existía desde el año 29: un nivel de burocratización de su estructura, porque de repente se dieron cuenta que estar en el cogobierno no era discutir sobre el papel del conocimiento en las sociedades, sino el de decidir la licitación para la compra de elementos de limpieza y cosas básicas. Tuvieron que crear una estructura en ese momento, la Secretaría de Asuntos Universitarios, para condicionar a un movimiento muy combativo que venía luchando por la Ley Orgánica en alianza con sectores del movimiento obrero anarquista. Hay muchas discusiones internas sobre este proceso de burocratización interna, pero genera como dice Landinelli un grado de responsabilidad universitaria en estos términos, de estar comprometidos con el gobierno de la institución en el día a día. Y esto no es totalmente puesto a prueba, destruido por el 68. La FEUU sigue participando en los órganos de cogobierno, sigue cumpliendo esta función, pero empiezan a existir claramente desbordes. Desbordes incluso en lo que la dirigencia de la FEUU controla sobre los estudiantes movilizados. Y a su vez están los sectores con Maggiolo a la cabeza que habían llegado al gobierno universitario en el 67, apoyados por el movimiento estudiantil casi que en su conjunto, pero con grupos que luego van a estar muy radicalizados. También en su nueva función de dirigentes de un ente autónomo obviamente negocian con el gobierno. Maggiolo en particular en esta coyuntura es muy hábil en percibir la nueva rotación de partidos en el poder que se había dado en Uruguay. En Uruguay el Partido Colorado había gobernado durante 100 años, después hubo dos períodos de colegiados blancos que fueron espantosos para la relación de la universidad con el gobierno, tremendos en términos de presupuesto y de relacionamiento cotidiano. Cuando los colorados vuelven a ganar en el 67, Maggiolo que viene del ala progresista del Partido Colorado, que no es la del presidente Óscar Gestido, de todos modos ve una ventana de oportunidad. Y cuando el gobierno de Gestido tiene un momento desarrollista muy efímero y que también trae algunas ideas de planes vinculados a la Alianza para el Progreso, ve ese momento para aprovechar los elementos de planificación que se insertan en la constitución y en la idea de recrear la relación entre universidad y gobierno. En la fundamentación del Plan Maggiolo, él dice: “pueblo y gobierno uruguayo saben que en momentos de crisis la educación nos salva”. Y va desde Varela, la reforma educativa del siglo XIX, y muestra el papel de la educación. Hace esa operación política. Cuando Gestido antes de asumir la presidencia, aunque ya triunfante en las elecciones, visita la universidad -algo nuevo porque hacía mucho que un presidente no visitaba la universidad- el consejo directivo central, órgano máximo del cogobierno, lo recibe en pleno. Pero los estudiantes hacen unos discursos muy aguerridos contra el encuentro de presidentes interamericanos que se estaba por hacer en Punta del Este. Y ya en la marcha contra la conferencia de Punta del Este los reprimen. Entonces las tensiones de la alianza son muchas y el vuelco del 68 no te diría que la destruye, porque se recrea una alianza antiautoritaria, antipachequista, pero ya no es una alianza en términos de la reforma de la educación superior. Es una resistencia al avance autoritario. Maggiolo se integra a un movimiento que se llama Movimiento Nacional de Defensa de las Libertades Públicas que es como un antecedente de la unificación de las fuerzas antipachequistas y del Frente Amplio en alguna medida.

En tu trabajo las relaciones entre izquierda y juventud son centrales para entender lo que sucedió en 1968. En este tema, te introducís en una discusión central en la bibliografía sobre la historia reciente en relación a los conceptos de izquierda tradicional y nueva izquierda. La controversia la abordás a mí entender de dos maneras. Primero, reflexionás sobre cómo se utiliza analíticamente el concepto de nueva izquierda. En este punto, discustís los que usan nueva izquierda en América Latina para sólo hacer referencia a los grupos que promovieron o practicaron la lucha armada y la acción directa. En este caso, proponés un enfoque más inclusivo de los aspectos culturales. Y en segundo lugar, también cuestionás a los que asimilan nueva izquierda a izquierda revolucionaria y a su vez hacen una diferencia tajante entre izquierda tradicional y los grupos denominados de nueva izquierda. Frente a esto remarcás varias cuestiones:

- No hay forma de entender las movilizaciones más importantes en América Latina en 1968, incluyendo Uruguay, sin el papel activo de los comunistas.

- La existencia de varios puentes entre los distintos sectores de izquierda sin los cuales no se entiende la fundación del Frente Amplio en 1971, la permanencia del FEUU e instancias de coordinación obrero-estudiantil como la Convención Nacional de Trabajadores (CNT).

- Estos grupos hayan o no aprobado la vía armada compartían acepciones de lo “revolucionario” como la incorporación de la idea de juventud.

En este marco y en esta doble problematización, ¿creés que el concepto de nueva izquierda sigue teniendo potencialidad analítica para abordar experiencias de la historia reciente?

A mí me parece que la categoría de vieja y nueva izquierda son fructíferas en parte porque son legado del lenguaje nativo. Hay una división o algo que estos conceptos expresan. Los historiadores nunca empezamos de cero, siempre hay una línea de continuidad entre fuentes primarias y secundarias. En este sentido, sigo usando las categorías y me parece que a grandes rasgos permiten entender un campo. Pero un campo que es un campo de interacciones. Yo tengo mucha resistencia a las historias de organizaciones políticas. O sea, a una historiografía basada en la historia de las organizaciones políticas porque me parece que omite el campo de interacciones. Omite que las ideas son siempre ideas en lucha, que nadie tiene una doctrina y es el portavoz de esa doctrina todo el tiempo y en todo el espacio, sino que está negociando y siempre existen esos espacios de articulación. Entonces me parece que entender el campo de las izquierdas como un campo unificado es muy importante. Y cuando uno mira eso en el caso uruguayo, e incluso me animo a decir que tiene potencial para cualquier situación, pero en el caso uruguayo ve muchos más puentes en pié que puentes cortados, entre los grupos, los sectores, las generaciones. Primero la llamada “nueva izquierda” habría que definirla. Greg Grandin, el historiador gringo, dice que tienen “the will to act” y parece que a mucha gente le resulta suficiente el deseo de actuar. Y esto opondría a estos grupos a la vieja izquierda, que era deliberativa o que creía en la vía legal y eso no era acción. Ahí hay un primer problema para mí de cómo se define. Pero aún si asumimos que la vieja izquierda son el viejo Partido Socialista y el viejo Partido Comunista, y la nueva izquierda esta miríada de pequeños grupos que creen en la acción directa, la violencia y la lucha armada no son lo mismo. Esta es otra de las asimilaciones que se ha hecho. En el campo de las izquierdas uruguayas del momento todas reconocen en diferentes instrumentos de la violencia revolucionaria un campo de acción. Todas dicen “sí, si queremos hacer la revolución hay un momento, oportunidades o formas de la violencia revolucionaria que no se pueden evitar”. No me gusta tampoco esta cosa de la fidelidad y, como dicen los politólogos, de la lealtad con el sistema político. La idea de sectores que les son leales en el sentido que siguen respetando las reglas y otros que no. Entonces los comunistas habrían sido leales… no sé. Instrumentales sin duda, pero ¿leales? Y después los grupos nuevos son en gran medida resultado de las divisiones de la vieja izquierda y traen consigo las ideas, las prácticas y la cultura de la vieja izquierda. El cruce de la cultura me parece otro cruce que es muy interesante y en estos términos si la nueva izquierda es lo nuevo y por lo tanto lo joven, atravesó en el caso uruguayo a todos los grupos y partidos de izquierda. Y la Juventud Comunista para mí parece muy nueva izquierda. Es nueva izquierda en su lenguaje, sus símbolos, su voluntad de acción, en su identificación, en la atracción estética de la violencia revolucionaria y de la vía de las armas. En la idea que eso está en el horizonte y ahí si uno mira aparecen los usos del ícono del Che Guevara. Y además mirando trayectorias personales, que es algo muy fructífero para ver la época, hay mucha gente que empieza en grupos de la vieja izquierda y termina en grupos de la nueva izquierda. Hay gente que entra en el campo de la militancia afiliándose a la vieja izquierda y siempre permanece ahí. Hay gente que se afilia en el 68 a grupos de la nueva izquierda y termina en la vieja izquierda. Y más te digo todavía, en los procesos doctrinarios y las práctica de las organizaciones, la cantidad de grupos de la nueva izquierda que terminan, en la época más cercana y durante el período autoritario, con prácticas partidarias, estructuras internas y unas reglas de militancia del Partido Bolchevique, mucho más estrictas de una organización de masas como fue el Partido Comunista uruguayo, mucho más de vieja izquierda, mucho más secta. No es que sea la excepcionalidad de un grupo, son procesos de autocrítica que llevan a estos grupos a decir “fallamos porque creíamos que éramos la vanguardia de los trabajadores”, “fallamos porque no apostamos a los proletarios”, “fallamos porque no creímos en el partido único”, “fallamos porque no confiamos en la Unión Soviética”. Y después está Cuba en el medio de todo esto, que era la nueva izquierda pero después en los años 70 se va acercando al bloque soviético desde sus formas hasta la posición de Fidel ante la invasión a Checoslovaquia ¿Qué hay ahí? ¿Puro pragmatismo? Entonces la categoría de nueva izquierda es útil en el sentido de reconocer algo que ellos vivieron, la idea que había algo atrás y ahora hay algo nuevo. Que hay unos sectores o grupos que se aferran a formas viejas de la política y otros que se alejan. Ahora si el concepto sirve para dibujar el campo, creo que no.

A tu entender las movilizaciones del 68 uruguayo fueron las más prolongadas e intensas de América Latina, equiparables solo a las de las principales ciudades de México y Brasil. Teniendo en cuenta las particularidades del caso uruguayo y los puntos en común con otras experiencias de la región ¿es posible hablar de un 68 latinoamericano en contraposición a la imagen construida desde Francia y Estados Unidos? Y en ese caso, ¿qué pueden aportar los estudios sobre la historia reciente al rescatar una mirada comparativa y regional?

No sé si comparativa o más de circulación. Es un momento que lo de circulación, no sé si global, pero transnacional es importante, donde las categorías de centro-periferia siguen funcionando y están en discusión. Me parece que ahí hay un campo para investigar mucho más. Es muy difícil por el tipo de trabajo, ahora me refiero a la artesanía de lo que hacemos los historiadores, porque son cosas difíciles de hacer sobre todo porque las instituciones archivísticas y los repositorios están organizados muchas veces con lógicas locales. Creo que es un deber grande. Con Aldo Marchessi tenemos un proyecto que busca pensar las “circulaciones inversas”, porque mirado desde América Latina, por un lado está el trabajo que hago en mi libro o el trabajo de Eric Zolov sobre rock que abrió un campo, que es el de las apropiaciones, las resignificaciones de los productos culturales que encarnaban el significado de ser joven en la década de los años 6, cómo son apropiados y resignificados en contextos locales con un potencial revolucionario, crítico y de rebelión. Él estudia el rock, primero los refritos pero todo lo que tiene de antipatriarcal, contra el patriarcado del PRI. Hace unas traslaciones que son interesantes. Ese es como un campo. Pero en los segundos años 60 a mí me parece que sucede un poco lo contrario. La idea que se empieza a generar en los movimientos de protesta de Europa y Estados Unidos de que el lugar de lo nuevo, el lugar de la novedad, donde va a pasar algo es en el tercer mundo. Y esto está también muy presente en los movimientos de protesta del tercer mundo y en los latinoamericanos en particular: “acá es donde está ocurriendo, acá es donde va a existir la revolución”. En parte lo explosivo pero lo rápidamente acallado del Mayo Francés refuerza esa idea. Hay una expectativa, pero el Mayo Francés es mayo y francés. O sea, dura ese mes y muy poco más. Eso empieza a funcionar y ahí se producen unos fenómenos de circulación inversa que para mí tenemos pendiente analizar. Que es la presencia del Che Guevara en todas las movilizaciones o movimientos de protesta de los jóvenes en Europa y Estados Unidos, después de la muerte sobre todo. Representando eso por un lado, capaz lo más obvio. Pero es la Teoría de la Dependencia, la Teología de la Liberación, la forma en que el Partido Comunista Italiano lee la experiencia de la Unidad Popular en Chile. Un montón de cosas donde desde estos movimientos de protesta del viejo mundo se ven no sólo las luchas de los movimientos de protesta latinoamericanos, sino sus ideas, sus representaciones, sus íconos culturales, la expresión de la rebelión y de la protesta. Ahí hay un campo y tenemos un proyecto con Aldo que me parece que puede estar bueno para mostrar una circulación donde funciona centro-periferia, pero donde hay que pensar que los años 60 fueron un momento muy especial. No volvió a existir después esa idea de que en América Latina se origina lo nuevo y que se debe ir a buscarlo ahí. La cantidad de jóvenes europeos que se fueron a Cuba o a Chile para participar de lo que estaba sucediendo, muestra un poco esto, donde se cambia el lugar de lo nuevo, de la novedad. Hay una geopolítica de esto. En nuestras sociedades, sobre todo en los intelectuales, siempre había estado la idea de que para ser moderno había que peregrinar a París o a Europa. En los años 50 y 60 con las vanguardias artísticas, para conocer lo que pasaba en el mundo de la danza, de la performance, de la plástica había que ir ahí. Y esto quizá por un breve momento se revierte. Me parece un momento interesante para mostrar, cómo se da; además son redes concretas. Está Feltrinelli en Italia publicando los diarios del Che con su foto icónica. Eso es 68 y está publicando Mafalda al mismo tiempo. El trabajo de Isabella Cosse sobre circulación de Mafalda en Europa (2014) también muestra esto: cuánto de América Latina le hablaba a los europeos.

Se cumplen 50 años de 1968. Todo aniversario es un momento de revisión no sólo de los hechos históricos en cuestión, sino también de perspectivas y campos de estudio. ¿Qué contribuciones y deudas pendientes visualizás en el campo de estudios de la historia reciente en su abordaje de la relación entre universidad, movimiento estudiantil, intelectuales y política en los años 60 y 70? La consulta es en relación a Uruguay pero también a otros países de Latinoamérica que estés al tanto de sus estudios.

Se me ocurre algo más general. Si bien este no es un momento de crisis de la historiografía como forma de conocimiento, sí creo que no hay ningún consenso sobre qué es una buena explicación historiográfica. No hay ningún campo que predomine, no hay una corriente como la vieja historia política, los grandes hombres, las grandes ideas, después sustituida por la historia social y la historia de las mentalidades. Ese tipo de cosas en nuestro momento no hay y tendemos a describir casi todo como historia intelectual, como un paraguas enorme. Ahí no escapamos a las generales de la ley con estos temas. Existe una proliferación muy interesante de estudios monográficos, un estándar alto de las formas de trabajo, del acceso a las fuentes, de ciertas distancias de algunas interpretaciones, del momento crítico, todo eso me pone contenta. Pero también me parece claro que no es un momento de síntesis y de articulación de relatos. No por esto de los grandes relatos, sino más bien de la pregunta sobre cuáles son las buenas interpretaciones historiográficas. Estamos en cosas muy pequeñas que son necesarias y son parte del oficio. Pero no creo que sea un problema nuestro, de los uruguayos, los latinoamericanos, ni de los que estudiamos el 68 y el pasado reciente, más bien es un momento de la disciplina y la historiografía. Me cuesta decir más que eso al hacer balance. Tenemos un montón pendiente, pero sobre todo no tenemos agenda.

 

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