El movimiento estudiantil del 68 en México: una historia que está por escribirse

Renate Marsiske
IISUE-UNAM
SECCIÓN: DOSSIER



Presentación

Los aniversarios siempre se convierten en la hora de los historiadores. Este año habrá muchos eventos y publicaciones a raíz de la conmemoración de los cincuenta años del movimiento estudiantil en 1968 de México y su fatal desenlace. Ninguna institución de educación superior o universidad del país dejará pasar la fecha sin su participación. Esto me llena de una gran expectación, ya que estoy segura de que se va a ampliar la historiografía sobre este hecho tan significativo en el ámbito de la historia de las universidades en el siglo XX en América Latina y, en especial, de los conflictos universitarios y, no menos, en el ámbito político del país.

Cincuenta años después de los violentos acontecimientos de Tlatelolco, el movimiento estudiantil de 1968 mantiene, hoy en día, una presencia central en México. Sus líderes siguen acaparando la atención de la opinión pública y de las instancias oficiales, contribuyendo a construir la historia del 68 en un mito. Sin embargo, no se puede hacer historia con nostalgia, sino con distancia. Luis González de Alba, uno de los líderes estudiantiles más importantes del 68, dice: “El movimiento estudiantil de 1968, que cumplirá ya cincuenta años a la vuelta de la esquina, y los hechos de Tlatelolco, se han llenado de expertos que no estuvieron allí ni vieron nada: el mito gana terreno.”1

En lo que se refiere a la literatura sobre el movimiento estudiantil de 1968 en México tenemos un desequilibrio marcado. En los últimos cincuenta años se han escrito con cada vez más frecuencia trabajos acerca del 68 de interpretaciones muy diversas y cambiantes, sobre todo, una gran cantidad de memorias casi siempre con énfasis en la represión gubernamental, pero mucho menos en los orígenes y el desarrollo de este conflicto. Tampoco se visibilizan las reformas universitarias consecuencia de estos hechos violentos. Siempre se ha hecho hincapié en la dimensión política del movimiento, considerándolo como parteaguas en el desarrollo de la democracia mexicana. En 2003, Ariel Rodríguez Kuri2 calculó en su artículo sobre los orígenes del conflicto de 68, que existen más de treinta novelas al respecto y un mar de tirajes de testimonios, ensayos interpretativos y documentos y que junto con los libros clásicos de Elena Poniatowska, La noche de Tlatelolco, y de Luis González de Alba, Los días y los años, se hayan vendido más de quinientos mil ejemplares hasta 1985. Esto significa que hasta la actualidad se han vendido y leído una cantidad de ejemplares mucho mayor. Y, sin embargo, en todos estos años las investigaciones en el ámbito académico han sido escasas.

Me parece que la historia del movimiento estudiantil de 1968 que tome en cuenta estas diferentes aportaciones, interpretaciones y perspectivas está por escribirse, no como un libro que nos cuente la verdad sobre el 68, sino que incorpore las diferentes fuentes, nuevas y viejas para una interpretación amplia e incluyente, reflexionando sobre lo que decía Octavio Paz de la historia: “A diferencia de otras disciplinas, la historia no solo tolera, sino que reclama la pluralidad de interpretaciones. La diversidad de puntos de vista no impide que cada uno posea relativa validez y que todos, de esta o aquella manera, se complementen unos a otros. Incluso las contradicciones y oposiciones son fecundas y contribuyen a la visión del conjunto. La historia no es incoherente, pero sí hostil a las explicaciones únicas y totales”.3

Entonces, hay que preguntar por las bases metodológicas de tal esfuerzo: hacen falta interpretaciones más “científicas” y menos ideológicas, quizás más regionales y comparativas y menos universalistas, es decir, más historias internas y menos políticas, más una historia cultural para elaborar la historia social del movimiento estudiantil de 1968 en México. Esta tarea de investigación se tendría que hacer sobre todo desde el punto de vista de la historia, desde la metodología comparativa entre los diferentes países del continente en esta época y, sobre todo, pensando espacios temporales más largos, no sólo hechos únicos.

Igualmente hay que considerar la vertiente internacional de los movimientos estudiantiles de 1968 y las múltiples publicaciones al respecto, no sólo en Francia, Alemania, España, Estados Unidos y demás países. Hay que analizar la dimensión política y cultural de los acontecimientos de conflicto estudiantil en las universidades latinoamericanas en esos años, no necesariamente en el mismo año de 1968, sino como en Colombia en 1971-72, los que exigían una democratización de todas las instituciones de sus respectivas sociedades. Estos movimientos a escala internacional han sido más violentos en los países que perdieron la Segunda Guerra Mundial, como Alemania, Japón, Italia y en el continente latinoamericano, especialmente, México.

En este sentido de un análisis más comparativo y con tiempos más largos, el antes y el después, se presentan ahora los tres trabajos de este volumen.

El texto de Carlos Celi Hidalgo visualiza los diferentes ciclos de organización estudiantil en diferentes épocas del siglo XX y abarca países como México, Guatemala, Nicaragua, Ecuador y Argentina, llegando a la conclusión que “los distintos períodos organizativos poseen ciclos de sintonía entre sí a pesar de todas las diferencias sociales, políticas y económicas…”. Esta simetría se puede ver muy claramente en los años de la Reforma Universitaria, a principios del siglo XX, y termina en los años ochenta del mismo siglo. Uno de los mayores méritos del trabajo de Carlos Celi Hidalgo es que nos informa sobre la organización estudiantil en países como Guatemala, Nicaragua y Ecuador, países muy al margen de las investigaciones sobre nuestro tema de interés.

Álvaro Acevedo Tarazona y Andrés Correa-Lugos se refieren al descontento de los jóvenes, particularmente, al estudiantado como actor en las universidades públicas del continente latinoamericano a partir de 1968, todos ellos movidos por la idea de la revolución y el deseo de cambio. Los estudiantes consideran la revolución cultural del 68 como un acontecimiento mundial y los autores nos presentan sus consecuencias en los siguientes años de la década del 70 en Colombia. Para hacer más claro el despertar juvenil del 68, el texto hace referencia a muchas manifestaciones culturales de la época, como son literatura, cine y la pintura, para después referirse a los acontecimientos en Colombia en 1971-72.

Andrés Donoso está trabajando hace tiempo con un enfoque comparativo a nivel latinoamericano, analizando en este caso los movimientos estudiantiles de 1968 en Brasil y México, encontrando puntos de encuentro, similitudes y semejanzas, dejando de lado las diferencias entre ambos movimientos para otra publicación. Este análisis se basa en un amplio conocimiento historiográfico acumulado por años sobre los movimientos estudiantiles en las universidades latinoamericanas Termina este artículo con algún avance sobre la movilización estudiantil entre el año de 1968 y nuestros días, convirtiendo al autor en un observador muy agudo de los hechos universitarios del continente.



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