Puntos de encuentro: movimientos estudiantiles en México y Brasil en 1968.

• Andrés Donoso Romo
SECCIÓN: DOSSIER
• Doctor en Integración de América Latina por la Universidade de São Paulo (Brasil). Investigador del Centro de Estudios Avanzados de la Universidad de Playa Ancha (Chile). Línea de investigación: cultura y educación en América Latina. andres.donoso@upla.cl


 

Resumen

En el presente ensayo se identifican algunos puntos de encuentro entre dos movimientos estudiantiles que tuvieron lugar en América Latina durante 1968: el mexicano y el brasileño. Para realizar este ejercicio se describen las coordenadas históricas principales del tercer cuarto del siglo XX latinoamericano, se caracterizan ambos movimientos estudiantiles en sus aspectos fundamentales, se establecen los aspectos tanto formales como de fondo que ellos compartieron y, a modo de conclusión, se reflexiona sobre el desarrollo que ha adquirido en América Latina este tipo de fenómenos desde 1968 hasta la actualidad. Reflexiones donde destaca, entre otros aspectos, el carácter antiautoritario que prevaleciera en estos movimientos. Carácter que, analizado desde otro punto de vista, también puede comprenderse como eminentemente liberal.

Palabras clave: movimientos estudiantiles, América Latina, México, Brasil, 1968.

Abstract

In the present essay, the Mexican and the Brazilian were two students movements identified, which they took, place in Latin America during 1968. The main historical coordinates of the third quarter of the Latin American XX century, are described, both student movements are characterized in their fundamental aspects; the formal and background aspects that they shared are established and, as a conclusion, we reflect on the development that this type of phenomenon has acquired in Latin America from 1968 to the present. Reflections highlighting, among other aspects, the anti-authoritarian character that prevailed in these movements. Another point of view can be analyzed also be understood as eminently liberal.

Keywords: Student movements, Latin America, Mexico, Brazil, 1968.

Resumo

No presente trabalho identificam-se alguns pontos de encontro entre dois movimentos estudantis que tiveram lugar na América Latina durante o ano de 1968: o mexicano e o brasileiro. Para realizar este exercício descrevem-se as coordenadas históricas principais do terceiro quarto de Século XX latino-americano, caracterizam-se ambos os movimentos estudantis nos seus aspectos fundamentais, estabelecem-se os aspectos tanto formais como de fundo que eles compartilharam e, a modo de conclusão, reflexiona-se sobre o desenvolvimento que tem adquirido na América Latina este tipo de fenômenos desde 1968 até hoje. Reflexões onde destaca, entre outros aspectos, o caráter antiautoritário que prevalecesse nestes movimentos. Caráter que, analisado desde um outro ponto de vista, também pode se compreender como eminentemente liberal.

Palavras chave: movimentos estudantis, América Latina, México, Brasil, 1968.

Este artículo informa resultados parciales del proyecto CONICYT/FONDECYT Concurso de Iniciación N°11140250

Introducción

Aunque en 1968, tanto en México como en Brasil, se dieron sendos movimientos estudiantiles (los que han sido comprendidos incluso como uno de los hitos más importantes de la historia política reciente en cada uno de estos países), son pocos los puntos de apoyo que permiten construir un relato integrador capaz de incluirlos a ambos. Las razones que explican esta dificultad son de naturaleza diversa: circunstanciales, históricas y disciplinarias. Las trabas circunstanciales tienen que ver con que los movimientos en cuestión coexistieron con otros grandes fenómenos del mismo tipo que, por ubicarse en el corazón de la industria cultural mundial, terminaron por eclipsarlos (entre ellos, el más conocido, el Mayo Francés). Las dificultades históricas tienen relación con la inexistencia de vías de comunicación expeditas, ese mismo 1968, entre ambos movimientos, pues por mucho que el mundo venía “encogiéndose” gracias a los asombrosos avances en transportes/comunicaciones que se acumulaban desde fines del siglo XIX, las fuentes primarias en ese entonces solo registran algunas vagas alusiones a los otros sucesos latinoamericanos que se desarrollaban simultáneamente. Y las barreras disciplinarias refieren a la constatación de una falta de espesor en las miradas comparativas sobre estas materias, la cual se comprende, a su vez, como una consecuencia no deseada de la gran fuerza que tienen las historiografías nacionales y de la paradójica invisibilidad que poseen los movimientos estudiantiles en los análisis de la sociología preocupada de la acción colectiva. Pero es necesario hacer notar que, así como se tienen presente estas dificultades, también se tiene plena conciencia de que sí existen condiciones que permiten avanzar hacia miradas capaces de pensar integralmente este tipo de fenómenos, entre ellas, la más relevante es la existencia de un vasto corpus de conocimiento sobre cada uno de estos movimientos estudiantiles.

Considerando estas condicionantes, para avanzar hacia la construcción de una mirada que sea capaz de incluir en un mismo relato a ambos movimientos estudiantiles, lo primero que se realizará será identificar sus puntos de encuentros, es decir, las similitudes, semejanzas y/o familiaridades que presentaron estos fenómenos sociales. ¿Y cómo se reconocerán esas confluencias? A partir, precisamente, del amplio conocimiento historiográfico acumulado sobre cada uno de estos movimientos y de los aportes de la sociología histórica preocupada por entender los movimientos sociales. Para no dar espacio a malos entendidos es necesario puntualizar que aquí se pretende transitar desde lo histórico a lo sociológico, y no al revés, lo que significa que el deseo de comprender los movimientos estudiantiles en cuestión prevalecerá ante la pretensión de analizar tal o cual matriz de acercamiento teórico. Asimismo, conscientes de que solo se podrá avanzar un paso en la comprensión integral de este tipo de fenómenos, se ha optado por dejar para futuros trabajos la identificación y análisis de las principales diferencias presentadas por estos movimientos.

Aunque a lo largo del texto se hará una descripción acabada de los dos movimientos analizados, no está demás señalar algunas de sus características principales, sobre todo pensando en aquellos lectores que no los tienen tan frescos en la memoria. El movimiento mexicano de 1968 fue liderado por el estudiantado de las dos principales universidades del país y se escenificó durante todo el segundo semestre de ese año. Las movilizaciones partieron como una queja más ante los abusos que sufrían los estudiantes a manos de la policía y terminó con una masacre que se cobró la vida de cientos de personas que protestaban contra la falta de libertades democráticas. El movimiento brasileño de 1968, en tanto, fue liderado por las dirigencias estudiantiles de las principales universidades del país, se prolongó por todo ese año y tuvo tres grandes olas de movilizaciones: en marzo/abril se protestó contra la brutalidad policial, en junio/julio se exigió el fin de la dictadura y en octubre/noviembre nuevamente se condenó el accionar gubernamental por el encarcelamiento masivo de dirigentes estudiantiles.

Antes de adentrarnos en el cuerpo del trabajo, y siempre con miras a obtener el máximo provecho de esta lectura, se transparentarán dos supuestos historiográficos que están en la base de los análisis subsecuentes. El primero tiene que ver con la comprensión de que la historia contemporánea de América Latina comienza en el intersiglo XIX-XX, lo que quiere decir que entre las décadas de 1870 y 1930 se empezarían a verificar, en las distintas sociedades de la región, los procesos económicos, sociales y culturales que todavía hoy dan su sello a nuestros días: la industrialización, la urbanización y la secularización (Donoso Romo 2012). El segundo supuesto, íntimamente ligado al anterior, tiene relación con que la década de 1960, y más ajustadamente todo el tercer cuarto del dicho siglo, se comprende como una bisagra en la historia contemporánea latinoamericana, es decir, como un momento de inflexión, de cambio o de tránsito. Lo que significa, a su vez, que a diferencia de algunas de las visiones más extendidas sobre estos años, no se entiende a los años sesenta como el inicio o el final de un momento histórico. Cabe hacer notar que estos supuestos, así como obligan a insertar a los dos movimientos observados en un marco histórico que trascienda a los largos años sesenta, también permiten proyectar las reflexiones sobre los mismos hasta nuestros días.

El recorrido reflexivo utilizado para encontrar los puntos de encuentro entre los movimientos estudiantiles de México y Brasil en 1968 tendrá cinco detenciones. En la presente sección, como se vio, se expusieron los objetivos y los supuestos en que descansa este análisis comparado. En la segunda se analiza el contexto histórico inmediato donde se inscriben estos movimientos: el tercer cuarto del siglo XX en América Latina. En la tercera se ahonda en los principales hitos y demandas que tuvieron ambos movimientos estudiantiles. En la cuarta se identifican los principales puntos de encuentro que ellos evidenciaron (siendo el más sobresaliente, aunque no el único, su rechazo al autoritarismo político imperante). Y en la quinta, para finalizar, se presentan algunas reflexiones sobre el devenir de los movimientos estudiantiles después de 1968 y, más puntualmente, sobre la identidad que, desde entonces, ha primado al interior de este tipo de manifestaciones: el liberalismo. Adelantando algunas de las reflexiones que se podrán apreciar en las conclusiones se anota que, pese a que por lo general se tiende a comprender que los movimientos estudiantiles de los sesenta fueron, en lo fundamental, socialistas, clasistas o revolucionarios, las fuentes permiten identificar que dicha concepción compartió espacio con miradas liberales, ilustradas y reformistas que, si se analizan más detenidamente, fueron las que habrían terminado por imponerse. Sobre todo esto es que tratarán estas páginas, bienvenidos.

Tercer cuarto del siglo XX en América Latina: bisagra de su historia contemporánea

Ubicar el umbral de la historia contemporánea de América Latina en las postrimerías del siglo XIX y los arranques del siglo XX significa que hitos como la instauración de la República Brasileña (1889), el relevo imperial entre España y Estados Unidos durante la frustrada Independencia cubana (1898) o la misma Revolución Mexicana (1910), marcan el inicio de grandes desafíos que desde entonces remecen a las sociedades de la región, entre ellos, ciertamente, el cómo dotarse de una organización autónoma, viable y soberana. Sin embargo, ubicar el umbral de lo contemporáneo en esos años significa, también, que hechos como los analizados en estas páginas, ocurridos en el tercer cuarto del siglo XX, no sean el final ni el principio de una época, al contrario, hace que se comprendan como formando parte de un continuo histórico que en esos años, puntualmente, experimentaría un momento de reacomodo en la pugna que se venía desarrollando desde hacía décadas: la lucha por la hegemonía. Un momento que, al analizarse hoy en retrospectiva, se aprecia como fundamental en la cimentación del ascenso triunfal que tendrá el neoliberalismo al finalizar el siglo.

Ese reacomodo vivido en el tercer cuarto del siglo XX se relaciona con cada una de las derrotas que en esos años sufrieron las posiciones que aspiraban a romper con la continuidad estructural en pos de transformaciones profundas (como la caída de la guerrilla boliviana en 1967, la misma masacre de Tlatelolco en México en 1968 o el derrocamiento del gobierno de la Unidad Popular en Chile en 1973). Este reacomodo fue despejando la tierra para que la asfixia financiera, ya en la década de 1980, permitiera que las semillas del neoliberalismo, plantadas en las elites latinoamericanas a partir de la década de 1950 por las principales universidades estadounidenses, florecieran vigorosamente. En consideración, la clave interpretativa con que se interpretan estos años es la siguiente: los largos años sesenta antes que ser un instante liminar o fundante, son el momento cuando se empieza a desequilibrar la balanza de la lucha por la hegemonía en favor del neoliberalismo. Lo mismo pero dicho de otra manera, fue en estos años que las posiciones que pretendían resolver los grandes problemas que aquejaban a nuestras sociedades mediante cambios revolucionarios empezaron a perder visibilidad/presencia hasta reducirse, con el paso del tiempo, a pequeños núcleos conformados, mayoritariamente, únicamente por convencidos.

¿Cómo se llegó a este momento de bisagra? ¿Cuáles fueron los procesos que permiten comprender la irrupción de los movimientos estudiantiles que aquí se estudian? En el campo económico, pese a que tanto para el mundo como para el hemisferio fueron momentos de profunda bonanza (de hecho entre los analistas mexicanos y brasileños es común entender que en estos años se vivió la época dorada del crecimiento económico nacional), aumentó la desigualdad en la distribución de la riqueza y, lo más dramático, amplias capas de los sectores populares quedaron al margen, en condiciones sumamente precarias, de dicha prosperidad.

En la esfera social, en tanto, se vivieron momentos de urbanización acelerada. Fenómeno alentado por el fuerte incremento de la población y el pronunciado aumento de la migración campo-ciudad. Dos procesos que se tradujeron en un enorme crecimiento de las ciudades y, lo más delicado, en la formación de vastos cordones de marginalidad, las así conocidas poblaciones callampas, villas miserias o favelas.

En la arena política, por su parte, las marcas de la Guerra Fría, en su apogeo durante todo el tercer cuarto del siglo XX, se hicieron notar en la implementación de diversas estrategias que buscaban, por un lado, mejorar los indicadores económicos y, por otro lado, contener los problemas sociales. Ecuación que no fue simple de resolver y que terminó, para la mayoría de las sociedades de la región, en la proliferación de guerrillas, conflictos armados y/o dictaduras.

En el ámbito cultural se profundizaron los procesos de secularización iniciados en los albores de la época contemporánea de la región. Procesos no exentos de dificultades pues cundieron las pugnas entre laicos y religiosos e, inclusive, al interior de las mismas tradiciones eclesiales. Conflictos que respondían, al menos en parte, al espectacular crecimiento que experimentaba el sistema educacional y, especialmente, el que se vivía en el nivel universitario. Y es que pese a que el crecimiento de los indicadores educacionales, sobre todo de la matrícula escolar, fue más abultado en los niveles primario y secundario (en ese orden), fue en el nivel universitario donde, en términos porcentuales, la matrícula aumentó más acentuadamente (Martínez Boom 2004). Siendo necesario reparar, a su vez, que junto a estas dinámicas educacionales aparecieron una serie de problemas propios de fenómenos de crecimiento institucional acelerado, entre ellos, la escasez de cupos para estudiantes, la estrechez de recursos económicos y la inadecuación de estructuras universitarias.

Todos antecedentes que están detrás de los convulsionados y disputados momentos de bisagra histórica, como se ha subrayado, en que se encontraba en estas décadas América Latina. Todos antecedentes que explican, particularmente, por qué si se vivían años de crecimiento, modernización y desarrollo acelerado, igualmente florecieron conflictos sociales en los más variados ámbitos, también en la educación y la universidad. Así, al lado de manifestaciones inscritas en el campo económico, como las sostenidas en México por ferrocarrileros o las levantadas en Brasil contra la inflación, irrumpieron sendas protestas estudiantiles que, cuando consiguieron prolongarse en el tiempo, tendieron a complementar sus aspiraciones gremiales o educacionales con pretensiones inscritas en las luchas políticas por conducir la sociedad. Es más, tanto en México como en Brasil no hubo un solo año sin protestas estudiantiles y en varias ocasiones, no solamente en 1968, dicho descontento tomó cuerpo en movimientos de alcance nacional.

Hitos y demandas de los movimientos estudiantiles de México y Brasil en 1968

El movimiento estudiantil mexicano de 1968, que se desenvolvió durante toda la segunda mitad de ese año, partió como una rencilla más entre estudiantes secundarios que escalaría rápidamente gracias, entre otras razones, al torpe accionar de la policía y del ejército (Rodríguez Kuri 2003). Cuando las dos principales universidades del país se involucraron en el conflicto (Universidad Nacional Autónoma de México e Instituto Politécnico Nacional), éste adquirió dimensiones nacionales y cobró vida de múltiples maneras, entre ellas en varias marchas multitudinarias que consiguieron llegar hasta el núcleo político del país: el Zócalo. En septiembre, luego de varias semanas de ascenso triunfal de las movilizaciones estudiantiles, el Ejecutivo, sopesando la pronta inauguración de los juegos olímpicos que ese año recaían en la capital, redobló su estrategia represiva para contener las manifestaciones. Decisión que se tradujo en la ocupación militar de las dos universidades que lideraban el conflicto y en el ataque a una manifestación estudiantil que terminó con centenar de muertos: la tristemente célebre matanza del 2 de octubre. A partir de entonces el movimiento se replegó en una suerte de tregua olímpica de la cual le costaría más de dos años salir (Del Castillo Troncoso 2012).

Aunque a lo largo de la historia se han ido recordando de diferentes maneras los acontecimientos de 1968 (Allier 2015), la visión que ha terminado por imponerse es aquella que destaca al movimiento estudiantil como eminentemente democrático. Comprensión que se ha construido con base en el petitorio que defendieran los manifestantes (a través del Consejo General de Huelga), pues en él sobresale la exigencia de resguardar las “Libertades Democráticas”. Demanda que tenía que ver, entre otras cosas, con derogar aquella legislación elaborada en el marco de la Guerra Fría donde se prescribía toda posibilidad de disidencia política. Pero esta demanda, como se ha podido comprobar en otros espacios (Donoso Romo 2017), aunque fue la más importante, no fue la única. Ese año otras tres exigencias vociferaron los estudiantes en las diferentes ciudades del país: que el gobierno dejara de intervenir en las universidades (Autonomía Universitaria), que la universidad abriera sus puertas al pueblo (Universidad Militante) y que la población se integrara a las movilizaciones encabezadas por el estudiantado (Participación Popular) (Diaz Escoto 2012, Guevara Niebla 2004, Zermeño 2010).

El movimiento estudiantil brasileño de 1968, en tanto, se prolongó durante todo ese año y vivió tres grandes picos de protestas. El primero, su irrupción, ocurrió en marzo y abril durante los días que coincidían con la conmemoración del cuarto aniversario del golpe de Estado que “salvara al país del comunismo”. Todo comenzó cuando la policía de Río de Janeiro atacó a una manifestación estudiantil que exigía mejoras en un restaurant escolar y mató a un estudiante secundario. Hecho que provocó decenas de protestas contra la represión en las principales capitales estatales del país (Langland 2013). El segundo pico, su apogeo, se vivió entre los meses de junio y julio luego de que nuevamente en Río de Janeiro los uniformados dieran muerte a un número indeterminado de manifestantes. En este escenario se sucedieron decenas de marchas en el país, entre ellas las dos más multitudinarias que conociera el movimiento: la de los “cien mil” y las de los “cincuenta mil”, ambas en la capital carioca (Groppo 2005). El tercer pico del movimiento, su desenlace, se experimentó en octubre y noviembre luego de que uniformados tomaran presos, en el interior del Estado de San Pablo, a los cerca de mil estudiantes que participaban del 30° Congreso de la Unión Nacional de Estudiantes. Ante tamaña afrenta diversas movilizaciones se sucedieron en diferentes partes del país, aunque ellas, quizá por la misma falta de esa gran cantidad de dirigentes, no lograron la masividad de protestas precedentes (Motta 2014).

La principal bandera del movimiento brasileño, aquella por la cual hoy se le recuerda, fue: “¡Abajo la dictadura!” Una exigencia que se expresó en múltiples soportes y que también se adivinaba detrás de otras reivindicaciones específicas como, por ejemplo, que se terminara con la represión, que se llevaran a cabo elecciones directas de las autoridades o que fueran liberados los manifestantes encarcelados (Reis Filho 2014). Es necesario apuntar, a su vez, que al lado de la demanda por poner fin al régimen político también se levantaron otras reivindicaciones (Donoso Romo 2018), entre ellas: que Estados Unidos dejara de incidir en la vida de otras naciones (Destruir Imperialismo), que el estudiantado tuviera más injerencia en los destinos de la universidad (Autonomía Universitaria) y que la universidad facilitara sus estudios a los estudiantes de menores recursos (Democratización de la Universidad) (Martins Filho 1987).

Puntos de encuentro en los grandes movimientos estudiantiles

Los puntos de encuentro entre ambos movimientos estudiantiles se ubican en dos planos: el de lo formal y el de los contenidos. En lo formal estos movimientos coinciden en que fueron masivos, interpelaron al Ejecutivo nacional, contaron con organizaciones altamente legitimadas e hicieron de la disrupción en el espacio público una de sus principales medidas de presión. Con todo, se quiere destacar que entre todas las similitudes formales hubo una que, probablemente, hizo posible la existencia misma de estos movimientos multitudinarios: fueron un punto de encuentro para todos aquellos que estaban contrariados con el ordenamiento político vigente. ¿Y quiénes fueron los que se encontraron? Principalmente esa parte de los sectores medios de la población para la cual la educación, en general, y la universidad, en particular, tenían una posición destacada dentro de sus idearios. ¿Quiénes? Amplios sectores del profesorado, de los profesionales liberales, del corpus eclesiástico, de los intelectuales, del mundo artístico, entre otros. Dicho de otra manera, estos movimientos tuvieron la cualidad de ser un punto de encuentro para todos los que discrepaban con la forma como se conducían los destinos del país y que no encontraban más vías para hacer público su descontento (porque ellas habían sido autoritariamente cerradas).

En lo substantivo, y en línea con lo expuesto, la principal bandera de lucha de ambos movimientos fue: no al autoritarismo. Una aspiración que no era tan simple de levantar porque ambos Ejecutivos, aunque diferían en los modos de gobernar, se presentaban a sí mismos (y con razonable efectividad) como democráticos. Lo que significa que los manifestantes no solo se involucraron en las disputas por nombrar/comprender lo vivido, sino que pudieron aunar tras de sí a multitudes que pensaron como ellos y, a la larga, consiguieron que su comprensión, sobre todo a la luz del accionar que tuvieron esos mismos gobiernos durante el desarrollo de los conflictos, se comprobara como ajustada. Por esto es que desde entonces se impone la tendencia a entender a dichos gobiernos como lo hicieran los estudiantes: como una dictadura en el caso brasileño y como un gobierno autoritario en el mexicano.

Otro punto de encuentro, también en el plano sustancial, fue que al lado de las reivindicaciones políticas se levantaron exigencias de tipo educacional, entre ellas la defensa de la autonomía universitaria y una mayor vinculación de la universidad con la sociedad. Demandas que pueden deslindarse, a su vez, en dos dimensiones, una gremial propiamente tal, como lo era el defender el autogobierno universitario (o en clave negativa, la no intervención gubernamental en los asuntos internos de la universidad) y una eminentemente social, como lo era demandar una serie de medidas tanto formales (apoyos en alimentación, salud, transporte, etc.) como de fondo (ajustes en las directrices de los estudios) que buscaban que la universidad se involucrara más activamente en los problemas que afectaban a las grandes mayorías. Dos tipos de demandas, además, inscritas en lo más profundo de la historia de los movimientos estudiantiles en la región, pues han estado presentes, aunque sin el mismo protagonismo o la misma centralidad, en levantamientos emblemáticos como los de Argentina en 1918 (Buchbinder 2008) y de México en 1929 (Marsiske 1989).

Los movimientos estudiantiles después de 1968

Después de 1968 los movimientos estudiantiles mexicano y brasileño continuaron activos, aunque sin lograr los resultados multitudinarios que se vivieran ese año. Luego de pasado el vendaval inicial, esa masacre en el caso mexicano y ese encarcelamiento masivo en el caso brasileño, el estudiantado más inquieto siguió intentando activar las fuerzas del descontento social. En México el activismo estudiantil siguió tan vivo que en 1971, cuando otro movimiento pugnaba por adquirir dimensiones nacionales, sobrevino otra masacre que dejó decenas de manifestantes muertos (Rivas Ontiveros 2007). En Brasil, en tanto, después de 1968 las pulsiones estudiantiles solo se mantuvieron activas al interior de los planteles educacionales para emerger públicamente, diez años después, en el ciclo de protestas que, ahora sí, será fundamental para precipitar el término de la dictadura (Müller 2010, Pelliciota 2008).

Al observar el pasado reciente de ambos países se aprecia que el estudiantado se ha mantenido movilizado, aunque la magnitud de los movimientos, y sobre todo las demandas que han levantado, han tenido características distintivas. Porque mientras en 1968 el estudiantado levantó, al lado de su exigencia anti-autoritaria, demandas en sintonía con las transformaciones estructurales que pregonaban los idearios socialistas, clasistas y/o revolucionarios (caso de la demanda por “¡Universidad Militante!” que defendieran los mexicanos o por “¡Acabar con el imperialismo!” que sostuvieran los brasileños); las movilizaciones que les sucedieron, como las mexicanas de 1986 o 1999-2000, o las brasileñas de 1992 o 2013, no insistieron en horizontes rupturistas sino, más bien, en defender posiciones liberales. Y esto tiene que ver con que desde la década de los sesenta el mundo, y la región, venían cambiando. Ante lo cual los movimientos estudiantiles, no había otra posibilidad, debieron también ajustarse. La derechización de los horizontes de posibilidad que sobrevino luego de la caída del muro de Berlín, y que en América Latina tuvo correlato en el desplome de sus economías producto de la crisis de la deuda, corrió el eje de las discusiones/pugnas/luchas políticas hacia la derecha. Lo que repercutió en que desde entonces el estudiantado enfocara sus fuerzas en resistir, con diversos grados de efectividad, al neoliberalismo. Siendo necesario hacer notar, a su vez, que para hacer frente al neoliberalismo el estudiantado no le opuso socialismo, tampoco comunismo, más bien lo confrontó con una matriz liberal, la misma que predominara en los movimientos de 1968 y la misma que estuviera presente entre el estudiantado latinoamericano más inquieto ya en los albores del siglo XX.

Al hacer un grueso balance de los dos movimientos estudiantiles latinoamericanos más importantes de 1968 es imposible ocultar la magnitud de su derrota: se encarcelaron sus ansias justicia social, se masacraron sus idearios socialistas. No obstante, también es verdad que ellos obtuvieron un triunfo simbólico decisivo, desenmascararon el carácter dictatorial de dos gobiernos que, a partir de entonces, la historia recordará como autoritarios. Triunfo desde el cual se desprende la reflexión con que se quiere concluir este aporte a la construcción de un relato integrador donde quepan ambos movimientos estudiantiles, a saber, que ha sido el sustrato reformista (ilustrado y liberal) el que ha estado invariablemente presente, desde principios del siglo XX, entre el estudiantado universitario latinoamericano. Y esta presencia, es necesario recalcar, no ha sido marginal, al contrario, ha sido la que en cada uno de los grandes movimientos estudiantiles, incluidos los del convulsionado tercer cuarto del siglo XX, ha prevalecido. Dicho con otras palabras, la presencia de los idearios socialistas ha estado presente entre el estudiantado latinoamericano movilizado, de hecho durante los largos años sesenta fue el momento en que sus promotores estuvieron más cerca de disputarle la hegemonía a las posiciones liberales. Pero no consiguieron imponerse y, a partir de entonces, ha sido con idearios liberales que el estudiantado ha venido haciéndole frente al neoliberalismo.

Todo indica que mientras siga vigorando el neoliberalismo vamos a seguir teniendo grandes movimientos estudiantiles. Y todo indica, a su vez, que así como en 1968 el estudiantado fue capaz de transformarse en un punto de encuentro para todos los que se oponían al autoritarismo, en el siglo XXI, tal como ocurrió paradigmáticamente en el movimiento estudiantil chileno de 2011, los grandes movimientos estudiantiles serán aquellos que puedan aunar tras de sí a todos los que no soporten más las insólitas inequidades en que descansa el neoliberalismo. Ordenamiento que el estudiantado latinoamericano bien podría comprender, a tono con su larga tradición de lucha, como una dictadura. ¿Qué tipo de dictadura? La dictadura del individualismo, del más fuerte o, si se quiere, del mercado desregulado.


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