La universidad reformista versus la universidad nacional y popular. Debates sobre autonomía y participación estudiantil en Risieri Frondizi y Juan José Hernández Arregui

• Sandra Carli
SECCIÓN: DOSSIER
• Doctora en Educación (Universidad de Buenos Aires). Es Investigadora Principal del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas (CONICET) con sede en el Instituto de Investigaciones Gino Germani y profesora titular regular de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. Sus líneas de investigación son sobre historia de la educación, historia de la universidad pública, experiencia estudiantil y biografías de profesores/as, conocimiento universitario y ciencias sociales. smcarli@gmail.com


 

Resumen

Este artículo aborda algunos de los debates sobre la reforma de la universidad en la Argentina que se produjeron en los años cincuenta y sesenta del siglo XX, vinculados con la transición de la universidad de élite a la universidad masiva y el despliegue del modelo universitario latinoamericano, en un período de recurrencia de golpes militares y de conflictividad política, en el que se destaca la activa participación del movimiento estudiantil.

Analiza los itinerarios académicos y políticos y los escritos de Risieri Frondizi, profesor de Filosofía, quien fuera rector de la Universidad de Buenos Aires (UBA) entre 1957 y 1962 y un exponente de la renovación de la tradición reformista; y de Juan José Hernández Arregui, también filósofo, expulsado de sus cargos universitarios y que se constituirá en un intelectual orgánico del peronismo proscripto y portavoz de la emergencia del pensamiento nacional y popular sobre la universidad, que se plasmará en la breve experiencia de la Universidad del 73.

 

Palabras clave:  Intelectuales, Universidad pública, Estudiantes, Reforma.

 

Abstract 

This article, addresses some of the debates on the reform of the university in Argentina, which took place in the 1950s and 1960s.

Linked to the transition from the elite university, to the massive university and the deployment of the Latin American university model, in a period of recurrence of military coups and political conflict, in which the active participation of the student movement stands out.

It analyzes, the academic and political itineraries and the writings of Risieri Frondizi, professor of Philosophy, who was rector of the University of Buenos Aires (UBA), between 1957 and 1962 Also, an exponent of the renewal of the reformist tradition; Juan José Hernández Arregui, also a philosopher, expelled from his university positions and who will become an organic intellectual of the proscribed Peronism and, spokesman of the emergence of national and popular thought about the university, which will be reflected in the brief experience of the University of 73.

 

Keywords: Intellectuals, Public university, Students, Reform.

 

En este artículo retomamos lo desarrollado en publicaciones anteriores (Carli, 2008 y 2014).

Los años cincuenta y sesenta del siglo XX fueron escenario de un segundo ciclo de reformas universitarias en el mundo, que expresaron el pasaje de la universidad de élite a la universidad masiva y el despliegue del modelo universitario latinoamericano, tensionado entre influencias europeas y norteamericanas y dinámicas propias. En el caso de la Argentina, la idea de refundación universitaria fue recurrente (Sarlo, 2001, p. 63) en un período de inestabilidad político-militar en el que coexistieron de modo conflictivo distintas concepciones de universidad y proyectos de reforma que quedaron truncos, en 1955 y en 1973.

Para ahondar en esas concepciones contrastantes voy a detenerme en dos figuras que en sus escritos y actuaciones públicas se constituyeron en referentes en la Argentina, en un caso del reformismo universitario y en el otro del pensamiento nacional-popular. La historiografía caracteriza al período 1955-1966, entre dos golpes militares, por la combinación conflictiva de la recuperación de la autonomía universitaria y el gobierno tripartito con la exclusión de profesores del peronismo depuesto. Me propongo analizar el itinerario académico y los escritos de Risieri Frondizi, profesor de filosofía, quien fuera rector de la Universidad de Buenos Aires (UBA) entre 1957 y 1962; encabezó un proyecto de modernización institucional en los también denominado “años dorados” de la UBA; y de Juan José Hernández Arregui, también filósofo, expulsado de sus cargos universitarios que se constituirá en un intelectual orgánico del peronismo proscripto y un referente de la universidad del 73.

En un período de expansión de las universidades en el mundo y en América Latina, ciertos tópicos resultan centrales en los debates públicos de la época: la imitación o diferenciación respecto de modelos universitarios externos, la autonomía de la universidad respecto del estado o su articulación con proyectos nacionales, el carácter elitista o plebeyo de las instituciones formadoras. Pero un tópico crucial fue el papel que debían tener los estudiantes, dentro y fuera de las instituciones, como parte del co-gobierno universitario y/o como actores de los procesos políticos más amplios.

La tradición reformista: la democracia universitaria y la formación cultural de los estudiantes

Risieri Frondizi (1910-1985) se desempeñó como Rector de la Universidad de Buenos Aires entre 1957 y 1962. Pertenecía a una familia en la que dos de sus hermanos tuvieron actuación política en el país, Arturo Frondizi fue presidente de la nación entre 1958 y 1962 y Silvio Frondizi fue un destacado profesor de orientación marxista y abogado defensor de presos políticos, asesinado en 1974 por la organización paramilitar Triple A. Profesor de Filosofía (1935) graduado del Instituto Nacional del Profesorado de Buenos Aires, Risieri Frondizi se desempeñó como profesor universitario y Director del Departamento de Filosofía de la Universidad Nacional de Tucumán hasta que fue declarado cesante. Después de 1955 fue profesor en la Universidad Nacional de La Plata y luego interventor del Colegio Nacional de Buenos Aires, más tarde profesor por concurso de Ética y Filosofía contemporánea en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. En 1957 fue elegido Decano de la misma facultad y por el nuevo Estatuto designado Rector de la universidad, desempeñándose en ese cargo hasta 1962. Renunció a su cargo en la UBA en 1966; a partir de entonces se desempeñó en universidades norteamericanas. Se destacó por su mirada internacional y regional, dadas las diversas estancias que realizó en universidades de Estados Unidos, Europa y América Latina, pero también por sus escritos filosóficos sobre educación y valores, y sobre la cuestión universitaria. Jorge Gracia caracteriza a Frondizi como un “filósofo panamericano” cuya influencia no se restringió a círculos nacionales, aunque adjudica esta condición a un fenómeno endémico, la represión política y la falta de libertad intelectual, imperantes durante varios interregnos del siglo XX (1986, p.11). Murió en 1983 en Estados Unidos.

Risieri Frondizi transitó de su condición de profesor universitario a la de observador internacional y gestor de una reforma institucional en la UBA. Sus contactos con la educación superior norteamericana, indican un espectro de influencias pero también de diferencias. Se destacan en sus escritos el énfasis puesto en la formación cultural del estudiante universitario en el marco de una propuesta de educación general universitaria, crítica a la especialización profesional temprana y abierta a distintas tendencias y corrientes, y la defensa de la participación política de los jóvenes en el gobierno de la institución.

La propuesta de la formación cultural del estudiante en la universidad estaba en sus escritos de los años 40. En su artículo “Función social de la Universidad”, publicado en 1941, afirmaba que “es función primordial de la Universidad formar hombres cultos que tengan una visión unitaria y total del mundo físico y humano” (1986, p. 345), desde una perspectiva totalizadora y unitaria de la cultura. La idea de formación cultural era una idea de la época, defendida por una figura como Alfredo Palacios del Partido Socialista, pero también por figuras vinculadas con el Partido Comunista como Ernesto Giudici. En esa concepción incidió también la importancia de una formación preparatoria común en las universidades norteamericanas, que conoció durante sus estancias académicas en Estados Unidos.

Si bien Risieri Frondizi conocía el modelo norteamericano de universidad y el debate sobre la “educación general” que se había reactivado en Estados Unidos hacia fines de los años cincuenta para contrarrestar el carácter vocacional, la sobre-especialización y el plan de estudios optativo, consideraba que la situación en la Argentina era diferente y en particular en la UBA, por la dispersión de facultades y la carencia de un campus, que provocaba la falta de contacto entre unidades académicas, disciplinas y profesores y estudiantes.

De allí que la “integración universitaria”, que podía dejar atrás el peso de las escuelas profesionales y habilitar la convivencia de disciplinas en la formación inicial de los estudiantes, fue una meta de la reforma que condujo a la creación de la Ciudad Universitaria, así como el cambio curricular con la introducción del año preuniversitario y la creación de cursos de formación cultural en casi todas las facultades.

La formación cultural para Frondizi implicaba la “dirección” de la experiencia del estudiante. Ese rol de la universidad fue cuestionado entonces por Ernesto Giudici como “una vieja pretensión académica del pasado que desfigura la función de la Universidad” (1959, p. 95 y 96). Pero mientras en los años cuarenta la idea de dirección espiritual se vinculaba más bien con el giro antipositivista de su formación filosófica, de intensa preocupación pedagógica, en los años cincuenta la defensa de la dirección del estudiante obedecía a un balance crítico sobre la teoría progresista. En “Las nuevas ideas pedagógicas y su corrupción” (1954) había cuestionado los alcances del movimiento de la escuela nueva a la que acusó de generar “nuevos peligros, referidos a la perdida de dirección y de fines del proceso pedagógico.

En La Universidad en un mundo de tensiones (1971), texto escrito durante su estancia en la Universidad de Texas-Austin donde volvió a enseñar Filosofía de la educación (Gracia, 1980), reseña su experiencia como ex rector de la UBA y señala que una fuente de fracasos de las reformas era “el desconocimiento de la teoría pedagógica” (2005, p. 32). En el libro retoma la idea de formación cultural del estudiante como aquello que permitía la comprensión del mundo contemporáneo, pero también para atenuar el impacto del proceso de modernización industrial y la creciente especialización de los años setenta.

Frondizi sostuvo, en su reivindicación de la formación cultural del estudiante, la necesidad de combinar un “basamento cultural mínimo”, la apertura para una visión amplia del mundo y la invitación a que cada estudiante siga “el propio derrotero” (2005, p.104), ampliando “el área de decisiones propias”. Los planes de estudio, corazón del debate en los colleges de Estados Unidos, debían tener entonces firmeza en los principios y flexibilidad en su aplicación. De allí que junto con la conveniencia de un ciclo de formación cultural al inicio de las carreras, retoma la crítica a la clase magistral como espacio de un “trascendentalismo sin creencia”, sobre la que había insistido en los años cincuenta. La formación debía anclarse en cambio en la libertad de pensamiento del estudiante.

Frondizi cuestionaba tanto las posiciones “esencialistas o tradicionalistas” centradas en la autoridad del profesor y en los contenidos de las obras, predominantes en la universidad latinoamericana por el peso de la Iglesia Católica, como las posiciones “progresistas” centradas en la absoluta libertad del alumno y en su libre elección. Planteó críticas a Jacques Maritain, filósofo francés referente del humanismo integral del sector liberal del catolicismo para quien la educación se regía por un principio superior de orden religioso, como a Robert Hutchins, filósofo de la educación norteamericano, considerado “paladín del esencialismo liberal”, que había buscado enraizar la educación general en los grandes libros del mundo occidental y en la sabiduría del pasado (2005, p.65). Frondizi cuestionaba la defensa de “los contenidos culturales perse” a partir de obras del pensamiento universal, pero si bien no dudaba en valorar el aporte de la teoría progresista, reconocía el fracaso de los seguidores de Dewey.

No buscaba imitar la experiencia norteamericana: “Nada de imitación de universidades famosas. Las instituciones, lo mismo que los trajes, deben estar hechos a la medida”, sostuvo. Afirmó también entonces que “no somos ciudadanos de América en abstracto; para serlo de verdad, tenemos que ser plenamente argentinos” (Frondizi, 1957, p. 12).

Su teoría de la cultura abrevaba en la idea de libertad del pensamiento. Concebía a la universidad como espacio para un pensamiento sin condiciones, para el debate racional de las ideas. Sostenía que “la libertad consiste en el derecho a no encerrarse en la propia celda o a taparse los oídos, sino justamente en lo contrario: implica la obligación de mantener el espíritu abierto a todas las formas fecundas del pensamiento” (1983, p.195). La libertad de pensamiento era un rasgo de las universidades estatales, laicas y libres, porque en ellas “se estudian todas las tendencias filosóficas, ideológicas y religiosas” (1983, p.196), aunque cuando en el debate en torno a la libertad de enseñanza el calificativo “libres” quedara ligado a las universidades confesionales.

La formación cultural del estudiante debía producirse, según Frondizi, en un ámbito propicio a la libertad de pensamiento, asentándose en la “continuidad experiencial del estudiante” (2005, p.81) que debía ir más allá de la idea de crecimiento de raigambre psicológica que planteaban James y Dewey y reclamaba un trabajo de “dirección de la experiencia” (2005, p.85). El estudiante necesitaba formación cultural, con la dirección de un profesor atento a su experiencia autónoma, en el marco de una “educación para la libertad” (1983, p.195)1.

Esa formación cultural era compatible con la participación política de los estudiantes en el gobierno de la universidad, a diferencia de las concepciones norteamericanas. Se había sorprendido en 1934 al comprobar que los estudiantes no participaban. “Soy partidario de la participación estudiantil en el gobierno de la Universidad (1983, p.196), sostuvo en 1960 en una conferencia ante la prensa extranjera, alineándose con la tradición del reformismo. Pero ante la insistencia de los periodistas sobre “el aspecto ideológico de la vida universitaria” ante el fantasma del comunismo, Risieri Frondizi defendió la prescindencia de la universidad en materia ideológica, política y religiosa, recurriendo al Estatuto de la UBA que lo había ungido rector:

“Como educador no me preocupa la ideología que profesan los estudiantes; para mí son todos jóvenes a quienes hay que formar moral, profesional y culturalmente y a quienes debemos enseñarles a convivir con personas que tienen ideas y creencias distintas. La intolerancia origina la intolerancia, el mundo sufre hoy una grave epidemia de suspicacia e incomprensión. Hay que aprender a convivir con el adversario, al menos con el adversario que actúa de buena fe” (1983, p.193-4)”

Y agregó:

“La personalidad del alumno se forma en contacto directo con las distintas teorías filosóficas, económicas y políticas. Querer encerrarlo en una jaula, con el pretexto de que es la única y verdadera, es un atentado a la libertad del espíritu y una monstruosidad pedagógica. Personalmente tengo demasiado respeto por la persona humana como para tolerar en silencio ese atentado. Mi repudio a todas las formas del sectarismo y totalitarismo es bien conocido, sectarios de uno u otro bando intentan encasillarme en el opuesto porque rechazo sus orejeras” (1983, p.196)

En esta intervención pública Risieri Frondizi puso en primer plano la condición juvenil y los efectos formativos de la pluralidad ideológica. En el contexto institucional esa posición se diferenciaba de la de los grupos conservadores católicos y de los grupos de izquierda, algunas de ellos cercanos al peronismo, que en el movimiento estudiantil ganaban mayor presencia. Pero la visión del entonces rector, imbuida tanto del pragmatismo (valoración de la experiencia y la autonomía del estudiante) como de una concepción liberal (prescindencia ideológica), entraría en declinación ante la radicalización del movimiento estudiantil a partir de acontecimientos como la Revolución Cubana y el avance de Estados Unidos en la región y del golpe militar que provoca el desplazamiento del presidente Arturo Frondizi del gobierno. La impugnación de la reforma trunca de la UBA como “cientificista” y la creciente politización de los estudiantes por la gravitación de la política nacional e internacional, indicarían un fin de ciclo.

En su libro de 1971 recordaría que la demanda de participación estudiantil en el gobierno de la Universidad en la Argentina había surgido en 1918 como una lucha contra los moldes arcaicos de la Universidad en la que “los estudiantes reclamaban el derecho a la participación por su edad y su educación”, siendo los mejores jueces de la enseñanza (1986, p.362). El nuevo Estatuto de la Universidad de Buenos Aires sancionado sancionó en 1958, otorgó mayor representación al claustro estudiantil, plasmando las ideas reformistas que se articularon con las demandas propias del sector estudiantil de entonces.2

El pensamiento nacional-popular: el mito de la democracia universitaria y la educación política de los estudiantes

Cuando Risieri Frondizi fue elegido en 1957 como Rector por el nuevo estatuto de la Universidad de Buenos Aires, Juan José Hernández Arregui publicaba Imperialismo y Cultura (La política en la inteligencia argentina) por Editorial Amerindia, en el cual se anunciaba como libro en preparación La cuestión universitaria argentina (El mito Korn) que nunca salió a la luz. Sus apreciaciones sobre la situación de la universidad, tanto en este libro como en La formación de la conciencia nacional (1960) y Qué es el ser nacional? (1963), dan cuenta de la intervención en el debate político-universitario que desde el exterior de la universidad trazaba un programa político de largo plazo. Cuando a partir del golpe militar de 1955 fue expulsado de sus cargos universitarios e imposibilitado de retornar3, sus libros desplegaron una tenaz y persistente crítica al gobierno y a los intelectuales de la época.

Juan José Hernandez Arregui (1913-1974) inició estudios de Derecho en la Universidad de Buenos Aires, se doctoró en Filosofía en la Universidad Nacional de Córdoba en 1944 con Diploma y Medalla de Honor y accedió en 1948 por concurso al cargo de profesor adjunto de Historia en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata y luego como profesor de Sociología en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA. Se afilió a la UCR yrigoyenista y en Córdoba se vinculó con el sabattinismo; más tarde se vinculó con el peronismo, cuando ocupa el cargo de Director de Publicaciones y Prensa del Ministerio de Hacienda de la Provincia de Buenos Aires. Expulsado después de 1955 de sus cargos. En 1964 con otros intelectuales como Eduardo Luis Duhalde, Rodolfo Ortega Peña y Ricardo Carpani, lanza el movimiento CONDOR y en 1969 integra junto con José María Rosa y Arturo Jauretche la Comisión de Afirmación Nacional. Mantiene en esos años una nutrida correspondencia con Perón en el exilio y se vincula con un grupo de jóvenes militares. Fue nombrado Profesor Emérito de la Universidad de Buenos Aires en 1973 por el entonces rector Rodolfo Puiggros. Amenazado por la Triple A, muere en 1974 en Mar del Plata.

Mientras Frondizi intervino como intelectual desde su posición institucional como Rector de la UBA, Hernández Arregui devino en portavoz de los sectores populares proscriptos, en crítico de la intelectualidad desarrollista y en intérprete de las debilidades del estudiantado como sector social. Sus libros encontraron una particular recepción en el público juvenil y estudiantil, considerando las sucesivas ediciones. Según Terán la perspectiva de Hernández Arregui era de “un nacionalismo entretejido con el marxismo” que se articulaba con la interpretación revisionista de historia, y que alcanzó una gran capacidad de difusión en ascenso, como lo ilustra la inclusión de Que es el ser nacional? en la lista de bestsellers de la revista Primera Plana del 22/octubre de 1963. (Terán, 1991, p.64).

Sus textos son parte de las “contra-historias oficiales” generadas por la izquierda, (Cernadas, Pittaluga y Tarcus, 1994, p. 30); también representativos del genero “ensayo de interpretación de la realidad nacional”, prototípico de figuras sociales que intervienen desde afuera de la academia (Neiburg y Plotkin, 2004: p21), primando el tono beligerante de la diatriba (Vázquez, 2005). Mientras algunos autores cuestionaron su mirada economicista, que identificaba la cultura con lo superestructural (Terán, 1991, p.117), otros caracterizaron como clasista su concepción de la educación (Puiggrós, 1997, p. 71-73). Hernández Arregui es identificado como una figura destacada de la llamada izquierda nacional o pensamiento nacional (Galasso, 2012).

Hernández Arregui cuestionó en una primera etapa a la universidad por la situación de proscripción política de los sectores populares, de allí la interpelación a jóvenes estudiantes, pero hacia finales de la década del sesenta comenzaría a diseñar un programa para la universidad a partir del horizonte de retorno del peronismo al poder. Sus primeros libros publicados hacia fines de los años cincuenta y principios de los sesenta, desde los cuales interviene sobre la cuestión universitaria, se alinean con una lectura marxista de la situación del país. La combinación entre la impugnación del liberalismo, la interpretación nacional y la crítica marxista tuvo el efecto de desmitificar los alcances de la “normalización” universitaria del período y de poner a la luz la exclusión sobre la que se asentaba.

En Imperialismo y cultura, ensayó una interpretación del papel opositor del movimiento estudiantil durante los gobiernos peronistas, al afirmar la “confusión de sectores populares como el estudiantado, atraídos a la contrarrevolución por la iglesia o los partidos políticos que supieron aprovechar esa falta de homogeneidad ideológica interna del movimiento” (1957, p.220). Pero admitía que hacia 1957 se estaban produciendo cambios:

“La supresión de muchos de esos beneficios, posteriores a 1955, ha promovido ya un cambio de apreciación política de los estudiantes argentinos unido a la comprobación de la medianía de los equipos de profesores que crearon el mito de la superioridad científica” (1957, p. 220-221, nota a pie)

Ese cambio de apreciación política se expresaba entonces en los reclamos de estudiantes contra las restricciones al ingreso. Para el autor “los exámenes de ingreso en las facultades son filtros que con el pretexto de la selección intelectual, tienden a impedir el acceso a los altos estudios de las clases más débiles” (1957, p. 222):

“Las protestas estudiantiles han arreciado, no solo con relación a la supresión de conquistas anteriores, sino contra el régimen de la vida universitaria” (1957, 221).

“Huelgas en todas las universidades argentinas, protestas enérgicas de los organismos estudiantiles, atropellos y represiones policiales, encarcelamientos de estudiantes, etc. reproducen las gravísimas tensiones que definen la actual situación nacional” (1957, p. 222)

La magnitud de esta reacción estudiantil es difícil de calibrar. En 1960 en La formación de la conciencia nacional detallaría con minuciosidad todas aquellas manifestaciones estudiantiles (1972, p. 463) otorgándoles reconocimiento y legitimidad.

La interpretación de base sobre los estudiantes se hacía desde el marxismo. En Imperialismo y cultura, los estudiantes universitarios eran considerados una expresión de la clase media o pequeño burguesía, caracterizada por “desigualdades de composición, asimetrías de nivel y diversidades ideológicas de sus diversos estratos componentes, así como por el peso del individualismo y la resistencia a solidaridad social” (1957, p. 271). La clase media, en contraste con la lectura del sociólogo Gino Germani, se caracterizaba por su posición de intermediaria, su origen inmigrante y por imitar a las clases superiores (1957, p. 275-276). Pero esa clase media era también para el autor un producto del sistema educativo, tesis que compartía con el ensayista Arturo Jauretche. Su crítica al intelectual de la clase media (1957, p.279), se alineaba con una consideración de la universidad en relación con las clases sociales.

Sobre la universidad se extendió en La formación de la conciencia nacional (1960) como “expresión ideológica”:

“La historia de nuestra Universidad, es por eso, la historia de nuestra oligarquía. Con breves intervalos, esta oligarquía durante una centuria, logró consolidar e imponer a la Nación su despotismo más o menos ilustrado. Esa Universidad, sin ritmo y estilo peculiar, fue el medio más sutil del predominio espiritual del coloniaje” (1972ª, p. 89).

Si para entonces Risieri Frondizi encaraba un programa institucional que buscaba modernizar la universidad desde perspectivas afines a otros modelos internacionales, Hernández Arregui se constituía en un intelectual en cuyos textos expresaba la disidencia y el rechazo a la posibilidad de llevar adelante una reforma de la universidad en sociedades coloniales, en las que los movimientos populares eran proscriptos. Hernández Arregui no carecía de una mirada de los fenómenos y tendencias mundiales, sino que impugnaba a los poderes que representaban en la Argentina:

“La Universidad, asentada como institución modeladora y transmisora de la cultura oficial, sobre la dualidad del latifundio terrateniente y el imperialismo extranjero, ha limitado su misión que debió ser nacional, a la tarea de formar conciencias adictas al sistema de los valores culturales derivados de la propiedad territorial. De ahí el carácter anticientífico de la enseñanza superior disimulado tras la farsa de la libertad del espíritu” (1972ª, p. 89-90).

Rechazaba el proceso de internacionalización universitaria en ciernes, cuestionando becas, viajes y estudios en otros países de profesores y estudiantes avanzados como “prebendas”, y en todo caso apelaba a modelos universitarios externos como el de la Unión Soviética para dar fundamento a medidas como la inclusión de obreros en la universidad o la vinculación de la universidad con el proyecto de estado. Consideraba que las universidades argentinas se asentaban en una tradición liberal-oligárquica y por eso su carácter reaccionario y funcionalidad con el tradicionalismo conservador. Respecto de la universidad durante el peronismo, Hernández Arregui consideraba que no había sido antidemocrática si se consideraba el contenido popular de sus medidas (como la gratuidad y la supresión de los exámenes de ingreso), pero había encontrado límites en la formación y en los prejuicios de clase del profesorado. Consideraba que los estudiantes habían recibido muchos beneficios sociales, aunque no admitía el impacto negativo que la supresión de la autonomía universitaria había tenido sobre el movimiento estudiantil reformista (véase Califfa, 2010).

Para Hernández Arregui los estudiantes habían operado durante el peronismo como un “colchón amortiguador” (1972, p. 95) que servía finalmente a la clase alta:

“Amenazada como clase, sin clara conciencia por razones generacionales, de sus objetivos políticos propios, esa masa estudiantil agita ideas abstractas –democracia, libertad, cultura-y las erige en mitos éticos que encubren confusamente, a través de aproximaciones ideológicas no racionalizadas, sus aspiraciones de clase, reales, materiales. La clase obrera, en lo inmediato de la vida, no necesita ser educada políticamente. Su Universidad es el sindicato. Es la clase media educadora la que debe recibir educación política” (1972, p. 95)

Para Hernández Arregui la falta de educación política de la clase media se manifestaba en el rechazo al ingreso de obreros a la universidad, que explicaba el adelanto tecnológico de la Unión Soviética, y en el divorcio de las clases trabajadoras. Los estudiantes necesitaban educación política y sus libros eran la herramienta fundamental. Sin embargo, para fines de los años cincuenta reconocía que se estaba produciendo un cambio de posición de los estudiantes que comenzaban a “pensar en términos nacionales” (1972, p469). Esa idea de educación política contrastaba con la idea de formación cultural del estudiante dentro de la universidad que defendía Risieri Frondizi: para Hernández Arregui era necesario discutir el lugar jerárquico desde el punto de vista cultural que ocupaban los estudiantes para fomentar en cambio su identificación con los obreros como sujetos políticamente formados.

Con el nuevo libro ¿Qué es el ser nacional? Hernández Arregui se impuso un cambio de estilo. En el prólogo pidió disculpas a los lectores de los primeros libros que habían sido “hijos de la discusión que sacude al país” aunque útiles. El nuevo libro indica la mayor cercanía lograda con estudiantes del interior del país, el reconocimiento recibido de ellos y, según el autor, la legitimidad del “derecho a hablar” (1972b, p. 14). El origen del libro fue una conferencia dictada en 1961 en Resistencia, bajo los auspicios del Movimiento de Estudiantes Reformistas de la Universidad Nacional del Nordeste; leída y reproducida en distintas universidades del país. Ese recorrido por el país y el nuevo contacto con estudiantes universitarios, pero sobre todo con un “público provinciano” que apreciaba sus ideas sobre la cuestión nacional, descentró su mirada de la intelectualidad porteña fuertemente cuestionada en los libros anteriores. Pero el libro conservó la intención polémica de sus libros anteriores: “Mis libros no son de investigación sino de lucha” (1972b, p.13). Si su estilo polémico había tenido, según reconocía, reparos en su maestro Rodolfo Mondolfo, se auto justificaba en sus destinatarios-lectores: la “juventud de izquierda” estaba experimentando un proceso de “nacionalización ideológica” (1972b, p.14).

Este nuevo libro insistía en la idea de que la autonomía universitaria era un mito, en que la universidad en un país colonial era un órgano del estado y en el rechazo del “ideal ecuménico de la cultura”:

“Tal idea cosmopolita de la cultura universitaria es la forma institucionalizada de la alienación cultural del coloniaje, y en su almendra, la Universidad misma del imperialismo, empeñoso en romper todo proyecto de nacionalización cultural en los países dependientes. Aquí se aparta a las generaciones estudiantiles- que también son oriundas en alta proporción de las clases altas.-de la realidad nacional que se transforma, no por la acción de la Universidad, sino por las fuerzas sociales que las luchas nacionales de los pueblos engendran en su seno” (1972b, p.165).

Mientras Frondizi se apoyaba en una teoría de la cultura asentada en una concepción cosmopolita desde el punto de vista filosófico, atendiendo a la dimensión global o supranacional de los fenómenos universitarios; Hernández Arregui cuestionaba la incomprensión por parte de los intelectuales del “carácter colectivo” de la cultura, y ahondaba en una concepción sobre la “cultura nacional”. Si para el primero esta última concepción podía ser una “jaula” para el pensamiento, para el segundo aquella era una ficción engañosa. Una lectura nacional de la cultura se apoyaba en una idea de totalidad con particular peso en las corrientes epistemológicas de la época (marxismo, estructuralismo, funcionalismo, etc.) , pero sobre todo su dimensión colectiva implicaba un cambio en la valorización de los interlocutores de sus libros: “Pero entre un bachiller porteño, sabihondo y pedante, y un anciano criollo compenetrado con su medio, no es difícil descubrir donde están los rizomas de la verdadera cultura nacional” (1972b, p. 198), afirmando su interés por la cultura de los provincianos. Se afirmaba así contra la internacionalización, el europeísmo y el panamericanismo y radicaba en el pueblo el origen de la cultura como parte de su reivindicación de la América hispánica rechazando la denominación en uso de “América Latina”.

La tensión entre la construcción de una cultura nacional, cuyos interlocutores eran actores políticos y sociales locales, y una cultura universitaria que para entonces pretendía dialogar con referentes internacionales, se agudizó sentando las bases de la crítica al colonialismo que retomaron más tarde los estudios postcoloniales. El alcance de aquellos argumentos sobre el público estudiantil, desilusionado con las promesas liberales y sensibles a la identificación con causas sociales y políticas, pero también el planteo dualista que invitaba al compromiso y a la toma de posición, seguramente fue notable, en el marco del boom de los estratos juveniles y de la pregnancia del marxismo en la época (Terán, 1991, p. 97). Así las conferencias y los libros operaron como una universidad paralela.

En Nacionalismo y liberalismo, editado en 1969, se refirió a “la misión del escritor nacional” y a los “libros esclarecedores de la conciencia nacional” (1973: p24), dándole una entidad a sus publicaciones, descalificadas por los académicos y devoradas por el público. Insistiría en la necesidad de nacionalización de la universidad y la interpelación política de los estudiantes. “El estudiante, en los umbrales de la lucha anticolonialista, percibe vagamente que la educación recibida marcha a destiempo con el violento hervor social de los acontecimientos. El espíritu crítico penetra en el” (1973, p. 207).

La nacionalización del estudiantado significaba una intensa politización y un cuestionamiento de profesores e investigadores por su vinculación con universidades norteamericanas. Esa creciente politización de los estudiantes fue, sin embargo, calificada como faccionalización por Gino Germani y el propio Risieri Frondizi planteó en su libro de 1971 su preocupación por el salto a la violencia de los jóvenes. El proceso se había iniciado con el golpe militar de 1966 de la Revolución Argentina encabezado por el General Onganía, que se reconoce como el hecho histórico que inicia el procesos de peronización de la universidad y el desalojo de la tradición reformista con la liquidación de la autonomía universitaria (Barletta y Tortti, 2002, p.115).

En Peronismo y socialismo (1972), un libro según el autor de “divulgación”, situó el corte generacional que se estaba produciendo, que permite contrastar sus tesis sobre el papel de los estudiantes universitarios durante el peronismo en los años 40 y en los años setenta:

“La actual generación estudiantil ha dado un paso resuelto hacia la toma de la conciencia nacional. Los jóvenes, junto a su transformación política, que es la negación más agresiva de las posiciones asumidas por las promociones anteriores de 1945-1955, han abjurado de sus padres, en gran parte, por desencuentros que giran alrededor de Perón. Del “tirano sangriento” de ayer transfigurado en el patriota de hoy. Educados de niños en ambientes adversos al peronismo, al entrar en la edad juvenil, aquella enseñanza de los padres, aquellas vanidades estúpidas de la clase media, aquellas metáforas “libertad”, “demagogia”, “chusmas”, “cabecitas negras”, han demostrado, como sucede en los países coloniales, que debían deletrearse al revés. ” (1972c, p. 147)

El argumento de Hernández Arregui era que el nuevo estudiante universitario procedía de una clase media nacionalizada, con una nueva conciencia política, era interpelado a actuar, estaba desengañado con el reformismo y había tomado conciencia de que la autonomía de la etapa anterior al golpe de 1966 era una “ficción” o una “comedia”. La noción hegeliana de conciencia condensaba así el resultado de una formación ideológica de la que fue un agente destacado a través de sus libros; noción también crucial en el pensamiento freiriano que ejerció una función decisiva en la articulación del cristianismo con el marxismo (Puiggrós, 1988, p.47). Como parte de la crítica al desarrollismo postulaba que el título universitario era una “vestidura del estado” o “apariencia”, poniendo en primer plano el horizonte de recuperación del poder.

Reflexiones finales

Los desencuentros entre las miradas sobre la universidad de las figuras que analizamos hacia fines de los años cincuenta y principios de los años setenta, se vinculan en un plano con las interpretaciones antagónicas sobre el peronismo, su gobierno (1945-1955), las políticas universitarias que llevó adelante y su derrocamiento. Aunque en otro plano el desencuentro se produjo respecto de la concepciones acerca de la autonomía universitaria, el vínculo con el estado y los procesos nacionales y el papel de los estudiantes en un contexto nacional e internacional de debate acerca de los modelos de universidad y de ascenso de los sectores medios juveniles. Mientras Risieri Frondizi conducía un proceso de renovación institucional que permitió la autonomía y el gobierno tripartito, con activa participación del sector estudiantil, sin considerar que la exclusión política del peronismo fuera obstáculo para llevar adelante la tan mentada democracia universitaria, Hernández Arregui denunciaba el mito de la autonomía e impugnaba cualquier posibilidad de reforma sin atender al proceso nacional. Desde allí, los estudiantes fueron pensados e interpretados de maneras antagónicas: formación cultural y participación política en el gobierno de la universidad y educación política y nacionalización del estudiantado para la recuperación del poder.

Si durante el período 1955-1966 se produjo una resignificación de la tradición reformista de la cual Frondizi fue un exponente destacado, a partir de entonces se produce la emergencia de una nueva tradición vinculada con el pensamiento nacional-popular sobre la universidad del cual fue portavoz Hernández Arregui y que conduciría a la breve experiencia de la Universidad Nacional y Popular de Buenos Aires de 1973.

Desde entonces el debate y las políticas universitarias han tenido huellas de aquellas tradiciones y seguirán produciendo nuevas apropiaciones al calor de los desafíos del presente.


Notas

1. Cabe señalar que Paulo Freire publicó La educación como práctica de la libertad en 1965 en Chile.

2. Por el nuevo Estatuto de la UBA los consejos directivos se conformaron con 8 representantes de profesores, 4 de graduados y 4 de estudiantes. H. Donghi en su libro señaló sin embargo que grupos de estudiantes y graduados aspiraban a una representación paritaria de los estamentos (1962, p207).

3. Los concursos que se realizaron en la UBA, luego de la exoneración masiva de docentes dispuesta por un decreto del Ministerio de Educación en 1955, impusieron abiertas restricciones a aquellos profesores que habían adherido al peronismo, combinándose entonces principios de universalización y de exclusión (Neiburg, 1999).

 

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