Geopolítica de la internacionalización universitaria: asignaturas pendientes

SECCIÓN: DOSSIER



Presentación


La consolidación de los procesos de internacionalización en las universidades de América Latina, durante los pasados 25 años, ha catalizado la movilidad de estudiantes internacionales en la región. El incremento de los flujos, muy visible, ha sido profusamente estudiado por los investigadores y por los expertos, en perspectivas comparativas y nacionales. Los aumentos en las cifras de estudiantes y de académicos internacionales constituyen, de hecho, los principales indicadores utilizados por las autoridades gubernamentales y por las instituciones de educación superior (IES) para medir sus avances en materia de internacionalización. Son importantes per se, pero notoriamente insuficientes para mejorar programas de colaboración, tensionados entre la resolución de los grandes problemas educativos nacionales y los imperativos de integración económica y política en las escalas sub o interregional.

Considerando lo anterior, conjuntamente con la Unión de Universidades de América Latina y el Caribe (UDUAL), la Red sobre Internacionalización y Movilidades Académicas y Científicas (RIMAC) invitó a algunos de sus miembros 1 y a colegas externos 2 a constituir un dossier temático para la revista Universidades titulado “Geopolítica de la internacionalización universitaria: asignaturas pendientes”. La idea surgió, al constatar que, durante la pasada década, en América Latina, los gobiernos y las universidades motores en la cooperación internacional estuvieron especificándola, de modo proactivo, según los perfiles de sus contrapartes, pero también de acuerdo con sus necesidades propias. Estuvieron, en paralelo, ensayando dispositivos innovadores para operar proyectos complejos de cooperación, en marcos territoriales bilaterales, multilaterales o bien estructurados en torno a los bloques constituidos mediante acuerdos comerciales. Rediseñaron, asimismo, sus programas en función de contextos políticos que fomentaban vínculos asociativos para impulsar proyectos entre pares o con socios con niveles distintos de desarrollo.

Chile o México, incluso, abrieron agencias gubernamentales de cooperación internacional, para promover la Cooperación Sur-Sur o la Cooperación Triangular. Esas agencias adquirieron cierto poder de intervención en los escenarios educativos nacionales, al brindar oportunidades de cooperación académica a las IES, conjuntamente con los organismos de los ramos educación y ciencia. En otra lógica, Brasil, en su afán de consolidar su liderazgo internacional, creó universidades con vocación regional (Universidad Federal de Integración Latino-americana-UNILA) o con proyección hacia otras áreas geográficas (Universidad de la Integración Internacional de la Lusofonía Afro-Brasileña-UNILAB). En consecuencia, pese a que la cooperación Norte-Sur siga predominando como esquema organizacional, se consolidaron modelos alternativos, fundamentados en la proximidad geográfica, en la identidad lingüística o en las convergencias ideológicas. Para robustecerlos, se requiere monitorear su funcionamiento (insumos-productos, criterios y condiciones de funcionamiento, mecanismos de financiación) pero también sus repercusiones cualitativas (vinculación con la resolución de problemáticas transversales del desarrollo/ flujos de producción y de circulación de conocimiento /surgimiento de polos o de nichos disciplinarios de calidad en zonas de desarrollo medio o bajo).

Considerando las transformaciones en curso, los colaboradores de este número de la revista Universidades reflexionan sobre los desafíos acarreados por los redespliegues políticos, geográficos y temáticos de la cooperación internacional universitaria en América Latina. Esta ha adquirido un carácter estratégico a diferencia de lo que ocurría, hace un cuarto de siglo. Se vincula, por lo menos parcialmente, con la búsqueda programada de socios, con la experimentación de prácticas piloto de colaboración, con la creación o el fortalecimiento de áreas disciplinarias dedicadas al estudio de relaciones internacionales “regionalizadas” y con medidas para aminorar la fuga de cerebros. En ese escenario, los gobiernos implementaron políticas de atracción, de retorno y de diásporas o reunieron condiciones para facilitar el retorno de los connacionales residentes en el extranjero y de los jóvenes investigadores interesados en ingresar a mercados académicos y científicos globalizados. Los investigadores, por su parte, se interesaron crecientemente en las asimetrías entre las instituciones productoras de conocimiento, asociadas por tradición histórica, por intereses compartidos en investigación y formación, por oportunidad o, incluso, por oportunismo.

Los autores recalcan, con nitidez, la importancia de abordar creativamente la internacionalización de la educación superior y de la ciencia: advierten que ha tenido ondas repercusiones, aunque todavía insuficientemente documentadas, en el funcionamiento de las profesiones docente y de investigación, en la producción de conocimientos y en la direccionalidad de las cadenas de movilidad, tanto en lo que concierne a los saberes como a sus portadores. En una perspectiva geopolítica, todos hacen hincapié en que una de las dimensiones a considerar es la de los mecanismos de integración económica y política que, en América Latina, han sustentado la formación de sub-regiones y/o han empujado a los gobiernos a participar en agrupaciones extra-regionales. Tratados como Mercosur, Asia Pacific Economic Cooperation –APEC- o Pacific Economic Cooperation Council –PECC- han incidido en la organización de los sistemas de educación superior y de investigación pero también en su fisionomía y su arquitectura.

Los dos primeros artículos que presentamos abordan esos temas. Juan José Ramírez Bonilla traza la historia de las IES que, en América Latina, han producido conocimientos sobre Asia. Desde la década de 1960, algunas, en número muy restringido, operaron programas de intercambio académico e investigación compartida y mantuvieron publicaciones académicas sobre la región. Recuerda el autor que si bien Asia, desde hace tres lustros, despierta gran interés (principalmente China, Japón y Corea) ha sido durante mucho tiempo desatendida por las IES y por los centros de investigación, como área de estudio y como socio de cooperación. Por ende, Asia estuvo escasamente presente en el escenario universitario hasta los 90, pese al buen funcionamiento de algunas iniciativas de cooperación bilateral como el programa de becas de movilidad entre Japón y México, a cargo de la Japan International Cooperation Agency –JICA- y del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología- CONACYT-. A partir de los setenta del siglo pasado, los primeros centros especializados sobre Asia fueron abiertos en México: su existencia se debió al compromiso de sus fundadores, que concitaron, por momentos pero con interrupciones, el apoyo de tomadores de decisión y de diplomáticos más que a una decisión política. Conservaron, durante varias décadas, un carácter pionero, encargándose simultáneamente de realizar investigaciones, impartir enseñanza y formar a especialistas para toda América Latina.

Hoy día, crece rápidamente el número de organismos y de asociaciones que procuran vincularse con los países líderes en Asia. Por ende, se han consolidado nuevos campos temáticos de indagación y propuestas de formación. Los especialistas latino-americanos en Asia están ensayando dispositivos innovadores de cooperación para asentar su legitimidad académica y su expertise (centros APEC, Fundación Chilena para el Pacífico, Seminarios interinstitucionales y redes especializadas). Procuran afianzar la colaboración académica con sus pares en Asia, aprovechando una circunstancia propicia, donde los apoyos de los gobiernos de los países de América Latina convergen los suministrados por los organismos de cooperación trans-regional y los canalizados gracias a la cooperación bilateral.

Juan Jesús Morales Martin y Consuelo Manosalba analizan los antecedentes y los resultados de la Plataforma de movilidad académica y estudiantil de la Alianza del Pacífico, un programa reciente de movilidad estudiantil con alcances en Colombia, Chile, México y Perú. Avanzan la hipótesis que la construcción de zonas de libre mercado constriñe las universidades a realizar ajustes para adaptarse a un marco de actuación en el que la sociedad y el gobierno les asignan la tarea de cumplir misiones contradictorias: contribuir a la inclusión social de los grupos en situación de pobreza y/o vulnerabilidad, asegurar la formación y la actualización de la fuerza de trabajo a lo largo de su ciclo laboral y fomentar la innovación y la investigación aplicada para el desarrollo productivo y económico. Para atender esas preconizaciones, las autoridades diversificaron los establecimientos que integran los sistemas nacionales de educación superior o bien les exigieron responder a obligaciones incompatibles, aumentando las presiones que padecen y generando malestares y dilemas.

La Plataforma de Movilidad de la Alianza del Pacífico es exitosa por la demanda que recibe y por su cobertura. Aunque propicie la cooperación Sur-Sur, esa orientación no impide desequilibrios y desencuentros entre las contrapartes. Para optimizar sus alcances, sería importante cuidar una tendencia a un uso instrumental de las redes y la utilización de las estancias en el extranjero como un acelerador de las carreras. Un tercer problema a resolver concierne la participación desigual de los establecimientos, principalmente los de educación técnica, a causa de mecanismos excluyentes de acreditación; uno adicional versa sobre la definición de áreas estratégicas para la participación, institucional e individual, en la Plataforma.

Rosalba Ramírez García presenta un análisis, referido a México, sobre el retorno de los graduados formados en el extranjero y sobre las estrategias de inserción profesional de los postdoctorantes. En el 2000, ambos temas concitaron la atención de países desarrollados y de organismos internacionales tales como la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y la UNESCO. En contraste, han sido escasamente explorados en América Latina, aún cuando, en México, en Brasil o en Argentina, expertos e investigadores empiezan a producir casos de estudio o investigaciones comparadas al respecto. Tanto el retorno como el acceso al primer empleo son de sumo interés para medir la eficacia de las políticas públicas para la formación y la inserción laboral de los recursos humanos altamente calificados, sobre todo cuando esos fueron becados. Pero están, asimismo, vinculados con tópicos clásicos de la investigación educativa, como las tasas individuales y colectivas de retorno de las inversiones en la educación superior, y con tópicos emergentes; entre éstos, destacan la internacionalización de la profesión académica, las estrategias de posicionamiento institucional y sistémico en arenas educativas y científicas mundializadas y el estatuto precario de los jóvenes investigadores. Refiriéndose a México, la autora evidencia la dependencia académica de México respecto a Estados Unidos (compartida por todos los países de la región), con cifras impactantes: en 2013, 11,000 mexicanos con doctorado vivían en Estados Unidos mientras el Sistema Nacional de Investigadores (S.N.I.) que agrupa, en el país, a los investigadores más productivos en investigación y en docencia, sólo registraba 25,000 miembros.

El CONACYT, al lanzar el programa de Cátedras para jóvenes investigadores, no sólo pretendió que los recién graduados regresaran al país, como lo había hecho desde los 80, mediante sucesivos programas de repatriación e invitaciones. También adquirió nuevas atribuciones al responsabilizarse en pagar el sueldo de esos jóvenes investigadores y al desligar las IES receptoras del compromiso de reclutarlos después de que finalizaran sus Cátedras. Muchos aspectos de ese programa requieren entonces ser investigados, principalmente su gestión, sus usos y su sostenibilidad financiera. Sin embargo, el asunto esencial a explorar es el de los cambios, derivados de esa iniciativa, que afectan la profesión académica y las normas de contratación de los jóvenes investigadores.

En otra perspectiva, Thais Franca y Beatriz Padilla abordan cuestiones fundamentales en la reflexión sobre geopolítica de la internacionalización, las de la colonialidad del saber y del colonialismo del poder. Refiriéndolas a las relaciones de colaboración académica entre Brasil y Portugal, reanudadas a finales de los 90, muestran su evolución y la de las estructuras de cooperación que las sostienen, conforme ambos países fueron alejándose de una matriz histórica asentada en desigualdades entre el Imperio y los territorios que anexó. La reactivación de esa cooperación se fundamentó en motivos propios a cada socio pero, asimismo, en una política de fomento a la lusofonía, impulsada por organismos como la Comunidad de Países de Lengua Portuguesa (CPLP). Esos organismos, al apoyar una cooperación con identidad cultural, vuelven a conjuntar a Portugal con sus antiguas posesiones en África y en América Latina, en coyunturas en las que las deudas históricas no han sido saldadas.

Las autoras califican la dinámica de la interna-cionalización universitaria en Brasil como tardía e improvisada. El gobierno, que la empujó decididamente, la centró inicialmente en programas de becas para la formación en el extranjero, destinados a los profesores. Apoyó ulteriormente la firma de convenios y la publicación de artículos en revistas en el extranjero, conforme los mecanismos de evaluación de la profesión académica fueron incorporando esos criterios de valoración del desempeño. En Portugal, el ingreso a la Unión Europa llevó a las comunidades académicas a intensificar su protagonismo en el escenario internacional, a identificar contrapartes, a fortalecer sus capacidades de investigación y a acreditar la calidad de sus programas. Franca y Padilla indican que, en los años 2000, la recuperación de la relación académica entre Brasil y Portugal se inserta en una dinámica de diversificación territorial de la cooperación universitaria: conforme con ella, Brasil estableció convenios con países distantes (China, India, Corea, Japón), fortaleció cooperaciones históricas (Estados Unidos, Europa) y suscribió acuerdos con bloques y asociaciones subregionales como el Mercosur, principalmente con Argentina y con Uruguay. Mediante alianzas estratégicas y redes constituidas en torno a actividades de interés mutuo con socios emergentes, Brasil aspira a superar el racismo cultural, las jerarquías epistémicas y las asimetrías de legitimidad que sesgan sus vínculos con Portugal pero también con países anglófonos.

Yolanda Alfaro, finalmente, toca el anverso de esos procesos de internacionalización, es decir lo nacional, en un contexto de globalización “imperial”. Con ese enfoque, da cuenta de las acciones que actualmente está llevando a cabo el gobierno de Ecuador para consolidar un Sistema Nacional de Innovación acorde con la matriz productiva del país. El proyecto implica regular las transformaciones requeridas en las IES ante la necesidad de demostrar que son socialmente responsables en su entorno, que son innovadoras y que satisfacen a las exigencias de los dispositivos de aseguramiento de calidad. Dichas exigencias, en efecto, están definidas internacionalmente mediante sistemas homogéneos de acreditación, trasladados desde los países desarrollados a los latinoamericanos, cuyos parámetros no siempre están adecuados a las peculiaridades de los medios de inserción y a los rasgos del funcionamiento institucional. En esa misma perspectiva, la autora evoca una cuestión que está generando cada vez más preocupación en América Latina, la de la propiedad intelectual y menciona la urgencia de llevar a cabo acciones para “desmercantilizar” el conocimiento.

 

Sylvie Didou Aupetit
Investigadora de tiempo completo en el Centro de Investigación y de Estudios Avanzados (Cinvestav), México y coordinadora general de la Red RIMAC, apoyada por el programa de Redes Temáticas del CONACYT

 

1Juan José Ramírez Bonilla, Juan Jesús Morales Martin, Rosalba Ramírez García y Yolanda Alfaro
2Beatriz Padilla, Thais Franca y Consuelo Manosalba Torres.
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