Desigualdades educativas y circuitos de educación diferenciados

SECCIÓN: DOSSIER



Presentación


La diversa capacidad de respuesta de las instituciones educativas frente a las exigencias de competitividad por parte de los sectores productivos y laborales, en las distintas regiones y países, impactan las configuraciones de los sistemas de educación media y superior y refuerzan la fragmentación y jerarquización de estos niveles educativos, así como las barreras a la movilidad social, especialmente para los grupos más desfavorecidos.

Es una realidad que los grupos con más desventajas por la posición social que ocupan deban estudiar en instituciones más precarias -con docentes menos formados y con infraestructura, equipamiento y materiales didácticos escasos-, que los que provienen de sectores mejor acomodados en la escala social. Esta tendencia va acompañada de una creciente propensión a individualizar las respuestas en un contexto de fragmentación de la sociedad, que orienta a ubicar las manifestaciones de la desigualdad como problemas aislados, imputables a personas concretas, y no como parte de un régimen de desigualdades cuya base se encuentra sostenida por la estructura social.

De ahí surge el interés de presentar en este número tres artículos que reflexionan en torno a la relación entre las desigualdades de clase, etnia y género, que se entrelazan con las configuraciones de la educación media superior y superior, las cuales refuerzan las desigualdades ya existentes en la sociedad, al propiciar que la inclusión en las instituciones educativas sea desigual, en la medida en la que es desventajosa para algunos y ventajosa para otros.

A partir de la obligatoriedad del bachillerato y de la necesidad de dar cabida en este nivel a estudiantes provenientes de los diversos estratos sociales -definidos por el decil de ingreso de su familia-, se ha acentuado la segmentación de este nivel educativo, que en la Zona Metropolitana de la Ciudad de México se utiliza un Concurso de Asignación como mecanismo para distribuir a los estudiantes en alguna institución pública de EMS.

Al aislar los resultados de la institución que recibe más solicitudes de ingreso, como lo exponen Luis Antonio Mata Zúñiga y Jesús Javier Suárez Ibarra, se muestra que hay una relación inversamente proporcional entre los jóvenes que ingresan a la opción más prestigiada, ubicados en los deciles de ingreso mejor posicionados, y los que se incorporan a la de menor calificación cuya mayoría pertenece a los deciles de ingreso más bajos. Los resultados refieren a diferentes circuitos educativos al interior mismo de la institución, lo que se manifiesta principalmente en la composición socioeconómica y cultural de las familias de los estudiantes, cuya relación es estrecha con la ubicación espacial de los planteles y conforman circuitos escolares diferenciados por estrato social. Esas desigualdades preexisten al proceso de asignación de un lugar en el bachillerato e inciden en que en la educación superior se siga reforzando la relación entre la pertenencia a los estratos sociales altos y la realización de estudios superiores en instituciones consolidadas. Al ser de larga data, estas desigualdades se ven como naturales, y se hacen invisibles.

Por otra parte, la relación entre educación superior, etnia y procesos de migración es abordado por Julieta Martínez Martínez, quien plantea que el contexto sociocultural de origen caracterizado por las carencias de recursos materiales y simbólicos, incide de manera significativa en la decisión de emigrar entre los jóvenes indígenas de etnia téenek. La falta de oportunidades laborales y el deseo de estudiar son los motores que orientan a estos jóvenes a buscar un mejor horizonte. Pero la decisión de emigrar a la ciudad también está estrechamente relacionada con un cambio de visión y de valores. Dejar la comunidad de origen significa una ruptura radical con su mundo cultural. Sin embargo, la decisión de migrar está apoyada en los vínculos sociales o redes, sin los cuales sería muy difícil para un individuo aislado lograr los objetivos que se propone. En ese sentido, no se trata de decisiones y logros personales aislados. Más bien se trata de decisiones en las que el riesgo de una pérdida de identidad entre quienes se van, es asumido tanto por los líderes comunitarios como por los jóvenes, porque consideran que emigrar para trabajar y estudiar en la ciudad, les permite incorporar a su vida nuevos valores, expectativas y dinámicas de interacción, en las que la educación superior aparece altamente valorada como estrategia para lograr movilidad social y para responder a las necesidades de la comunidad, de la familia y a las propias. Así lo expresó uno de los líderes comunales: “nunca vamos a progresar si los jóvenes preparados no nos ayudan a salir adelante. Si no nos guían, nunca vamos a dejar de ser pobres”. En su imaginario es más lo que obtienen que lo que sacrifican al migrar.

Finalmente, y como se puede observar en los dos primeros artículos aquí presentados, el tercer texto plantea que en la medida en que el origen socioeconómico de la familia de origen esté en la base del bienestar familiar, será más difícil que los individuos que provienen de hogares desfavorecidos tengan la libertad de lograr la vida que desean, y se mostrará el grado de estratificación de la sociedad, así como las barreras a la movilidad social que deben sobrepasar los sectores más desfavorecidos. En esa misma medida, cuando los jóvenes originarios de hogares desfavorecidos ingresan a la educación superior, es común que lo hagan a cierto tipo de universidades, de acuerdo con su pertenencia a un estrato social determinado, porque la educación superior también está segmentada por estrato social, lo cual propicia una persistente reproducción intergeneracional de la pobreza, dificulta la movilidad educacional de los jóvenes y refuerza la inclusión desigual para los individuos con orígenes signados por la precariedad.

Este artículo muestra que existe coincidencia entre el nivel de ingreso de las familias de los estudiantes y el nivel de desarrollo académico de las universidades en que estudian, lo cual supone una tendencia de inmovilidad social. Asimismo, señala que hay una relación positiva entre la escolaridad de los padres y el tipo de institución en la que estudian los hijos y que a pesar de ello, las percepciones de movilidad socioeconómica, laboral y de prestigio entre los estudiantes universitarios tienden a ser ascendentes, especialmente entre los estudiantes que asisten a universidades con bajo desarrollo académico, que son las que reciben mayoritariamente a los jóvenes provenientes de familias con ingreso familiar bajo, con padres con escasa escolaridad, y mayoritariamente mujeres, lo que supone sumar a la precariedad del ingreso, el acceso a conocimientos y a redes sociales de menor calidad. De la misma manera, la universidad privada consolidada recibe a más hombres que mujeres que provienen de hogares con ingreso familiar alto, lo que supone que son ellos quienes tienen, preferentemente, la posibilidad de permanecer en su privilegiada posición de origen.

Igualmente, estudiar en una universidad, independientemente del estrato social de pertenencia, produce la creencia en un futuro igualitario, donde el esfuerzo y el talento personal parecen tener una función muy limitada, pues la igualdad de oportunidades como principio meritocrático propone que los logros educativos son individuales y derivan de las capacidades y el esfuerzo personales, por lo que no es el origen social, ni la pertenencia a una etnia o género, lo que permite explicar las desigualdades. Mientras las políticas educativas partan de este supuesto, difícilmente podrán disminuir las desigualdades educativas e impedir que existan circuitos de educación diferenciados.

 

Lorenza Villa Lever
Instituto de Investigaciones Sociales (IIS)/UNAM

 

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