La irrupción del Movimiento Moderno como cambio de paradigma en la arquitectura y la resistencia en el ámbito académico

• Viviana Miglioli
• Silvia Szejer
SECCIÓN: DOSSIER
• Profesora Titular Regular por Concurso de Antecedentes y Oposición en el Ciclo Básico Común de la Universidad de Buenos Aires. vivianamiglioli@gmail.com
• Silvia Szejer Arquitecta. Arquitecta. Especialista en Teoría del Diseño Comunicacional (DICOM-FADU-UBA), Profesora Adjunta Interina Facultad de Arquitectura Diseño y Urbanismo, UBA. silviaszejer@yahoo.com.ar



Introducción


Entender desde una mirada epistemológica, como aclara Susana Lucero, “es comprender la teoría del conocimiento científico, que dice que hay teorías que dan cuenta del mundo” (Lucero, 2013). Teorías que en un determinado momento histórico imponen su visión sobre la realidad, definiendo métodos de estudios, modelos de prácticas, textos, formas de enseñar e investigar, etcétera.

En este sentido, el Movimiento Moderno (MM) en arquitectura plantea un cambio de paradigma que busca responder a las demandas de una nueva realidad de la cultura occidental, producto de los cambios sociales, económicos y culturales que propone la sociedad industrial, con una estética propia, una tecnología adecuada y un accionar que debe desplegarse en torno la ciudad y el territorio, y que redefine los conceptos del espacio público y el privado.

Desde este punto de vista, el presente trabajo tiene como objetivo central articular una mirada epistemológica entre la perspectiva que Thomas Kuhn explica en su libro la “Estructura de las Revoluciones Científicas”, y el desarrollo teórico de Pierre Bourdieu sobre “campo de poder, habitus, campo científico y autonomía relativa”, puestos en relación con nuestra hipótesis de que el MM en arquitectura implica un cambio de paradigma para la disciplina, en contraposición al paradigma vigente hasta el momento de su irrupción.

Sin embargo, se debe considerar que esta nueva cosmovisión que implica el MM, en el espacio institucional y disciplinar de nuestro país y en Latinoamérica en general, requiere de una mirada singular. Pues a diferencia de lo sucedido en Europa (y en los Estados Unidos), los impactos de la primera y segunda revolución industrial son consecuencias que se viven de manera diferente. En este sentido, los procesos independentistas se desarrollan en América Latina recién durante el siglo XIX, y son importantes en relación con la consolidación de la idea del estado-nación, pero no con los procesos socio-económicos vinculados a la Revolución Industrial. Por lo tanto, las consecuencias y los cuestionamientos a los problemas que la arquitectura debe enfrentar en esos años, se plantean vinculados a los procesos de institucionalización y consolidación del campo disciplinar.

Por lo cual, entendemos que la articulación propuesta entre Kuhn y Bourdieu se revela como complementaria para comprender la compleja trama de variables, actores y relaciones que interactúan en la conformación e institucionalización del MM, como un nuevo paradigma, en nuestro país. Particular situación, que se asemeja por sus condiciones de partida históricas, a otras situaciones institucionales latinoamericanas del campo disciplinar. Por lo tanto, consideramos que el análisis centrado a partir de la experiencia local, es revelador de tensiones y experiencias compartidas a nivel regional en un sentido amplio, a pesar de las particularidades que puedan existir.

En consecuencia con lo explicitado, la primera parte del trabajo establece una visión general sobre el MM en el marco de la cultura occidental, y lo caracteriza como una revolución científica que instaura un cambio de paradigma, una nueva cosmovisión compartida por una comunidad de especialistas que incluye nuevas leyes y teorías, nuevos instrumentos y tecnologías.

La reflexión continua focalizando sobre las particularidades que el mismo desarrollo tuvo en la Argentina. En el análisis surgen otras cuestiones que ponen en evidencia las distintas características que el proceso tuvo en nuestro medio al ser atravesado por circunstancias socio-históricas de nuestra evolución como país.

Situados en nuestro caso-objeto de estudio, la reflexión se centra en establecer las analogías y las diferencias existentes entre el concepto de campo científico en Bourdieu y la valencia paradigma-comunidad científica de Kuhn, y plantea la creación de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo en la UBA (FAU-UBA) como un punto de inflexión en la situación del campo disciplinar, en lo referente a los procesos de validación, institucionalización y legitimación. Situación que pone en escena otro actor, la Universidad de Buenos Aires, como espacio que instituye y legitima esos cambios. Las consideraciones conceptuales de Pierre Bourdieu sobre “campo científico o universitario de cierta autonomía”, son relevantes para comprender y reflexionar acerca de este proceso.

Por último focaliza aún más la mirada al analizar los cambios producidos en los modelos de enseñanza de la arquitectura, en la nueva FAU-UBA, a partir de la revolución científica que significó el Movimiento Moderno. A partir de revisar la tradición de las estrategias didácticas de la Escuela de Arquitectura, se analiza cómo irrumpen los nuevos modelos y cuáles son los cambios que estos producen. El trabajo concluye con un interrogante acerca de la persistencia de ciertas estrategias didácticas, que se sostienen aún habiendo cambiado de manera radical las condiciones que le dieron origen.

El Movimiento Moderno en arquitectura como revolución científica

Antes de abordar el tema específico de este trabajo, es conveniente hacer una advertencia. Dejaremos fuera del análisis la pregunta por el estatus científico de la arquitectura, bien sabemos que éste es un tema en debate. Aún así, entendemos que el preguntarse cómo se produce el conocimiento en arquitectura, como se valida y cuáles son sus aplicaciones directas, es un camino productivo, e intensamente transitado por muchos “científicos del diseño” preocupados por la epistemología de la arquitectura y del diseño en general.1 En definitiva, a la pregunta acerca de “si la arquitectura es una ciencia” puede responderse tomando las palabras de Pierre Bourdieu referidas a la sociología:

“No es una cuestión de vanidad. Hay sistemas coherentes de hipótesis, de conceptos, de métodos de verificación, todo cuanto se adjunta comúnmente a la idea de ciencia. Por consiguiente, ¿por qué no decir que es una ciencia si lo es realmente? Ciertamente es una cuestión muy importante: una de las maneras de zafarse de verdades molestas es decir que ellas no son científicas, lo que quiere decir que ellas son políticas, es decir suscitadas por el interés, la pasión, por lo tanto relativas y relativizables“ ( Bourdieu:2000).

Entrando de lleno en la cuestión, y como ya señaláramos en la introducción, nuestra intención es establecer una mirada epistemológica, con la perspectiva que Thomas Kuhn desarrollara en su libro “La estructura de las revoluciones científicas”, sobre el fenómeno que se denomina Movimiento Moderno en arquitectura extendiendo su análisis desde los antecedentes propiciados por la Revolución Industrial de mediados del siglo XVIII hasta su período de consolidación en la segunda posguerra.

Para entender al Movimiento Moderno como producto de una verdadera revolución científica en el sentido que le otorga Kuhn2, es necesario tener una mirada histórica y determinar, aún con un trazo grueso, cuál es la perspectiva de la arquitectura europea hasta mediados del siglo XVIII. Referenciando a Leonardo Benévolo3, la relación de la arquitectura con la sociedad se mantiene fija y definida desde el Renacimiento, momento en que se constituye la actividad profesional. El servicio que el arquitecto debe brindar a la sociedad, y las funciones que ésta le delega, no son motivo de discusión.

Más allá de variaciones estilísticas y localismos, desde el Cuatrocientos y hasta la segunda mitad del siglo XVIII, la cultura arquitectónica occidental está gobernada por un sistema de reglas, valoradas como universales y permanentes, basadas en la naturaleza de las cosas y en la antigüedad clásica, considerada como una segunda naturaleza. Este lenguaje, nacido en la antigüedad clásica y reformulado por los artistas del Renacimiento, es empleado en todos los países de occidente durante trescientos años, adaptándose a las más diversas exigencias, demostrando su versatilidad y capacidad de resolver los problemas que se le presentan.

Para la arquitectura se trata, al decir de Kuhn, de un período de ciencia normal. Los arquitectos, como miembros de la comunidad científica, comparten un paradigma. En su posdata a la E.R.C. de 1969, Kuhn se ocupa de volver sobre el concepto, y esa es la definición que resaltamos:

(Paradigma) “...significa toda la constelación de creencias, valores, técnicas, etc., que comparten los miembros de una comunidad dada. Por otra parte, denota una especie de elemento de tal constelación, las concretas soluciones de problemas que, empleadas como modelos o ejemplos, pueden reemplazar reglas explícitas como base de la solución de los restantes problemas de la ciencia normal” (Kuhn, 1991:66).

Dentro del paradigma, la comunidad científica determina cuáles son los problemas que hay que abordar4, cómo abordarlos, con qué métodos, técnicas, etc. Se plantean los enigmas a resolver, basándose en los modelos que el paradigma ofrece. No pasa nada nuevo, se aumenta el capital de conocimientos de la ciencia normal con cada enigma que se resuelve. Para la arquitectura, ciertas reglas generales, de carácter universal, garantizan la unidad de lenguaje, la posibilidad de adaptarse a diversas circunstancias y de transmitir los resultados. Los modelos ideales que integran el paradigma de la arquitectura clásica permiten la espontaneidad de la interpretación personal de los artistas. Cada intervención individual constituye la resolución de un enigma dentro del sistema de valores imperante, que provee de referencias y términos fijos de comparación, permitiendo, a su vez, y a partir de su resolución, acrecentar el acervo de la ciencia.

Durante más de tres siglos el repertorio clásico es empleado por la cultura occidental de manera fructífera y eficiente para resolver problemas prácticos y simbólicos. Pero hacia mediados del siglo XVIII, diversas circunstancias hacen que en el campo de la arquitectura comiencen a plantearse “enigmas” que el paradigma imperante no puede resolver, transformándose en “anomalías”. Por un lado, la Revolución Industrial que inicia en Inglaterra, produce vertiginosos e intensos cambios técnicos, sociales y culturales, que tienen consecuencias constructivas y urbanísticas entre finales del siglo XVIII y principios del XIX, que no pueden ser resueltas por lo que hasta entonces se consideraba arquitectura. Aparecen nuevos programas arquitectónicos como estaciones de tren o fábricas; se producen nuevos materiales como el hierro y el vidrio; se originan nuevas problemáticas urbanas como los barrios obreros, las vías de circulación rápida, carreteras y vías de tren; etc. Por otro lado, la Ilustración, con su tamiz racional aplicado a la discusión de todas las instituciones tradicionales, revierte el estado de segunda naturaleza atribuido al lenguaje clásico y abre la puerta a la posibilidad de validar el uso de otros estilos, otros lenguajes arquitectónicos.

Las relaciones entre arquitectura y sociedad se modifican radicalmente, quedando por fuera del campo disciplinar una gran parte de la producción edilicia y urbana y de los intereses culturales de la época. Nacen y ocupan el primer plano nuevas demandas originadas muy lejos de la requisitoria tradicional para la profesión. La arquitectura clásica no estaba preparada para resolver edificios industriales de grandes luces; el problema de los barrios obreros y el higienismo no había sido nunca su preocupación. La técnica se resolvía con pocos materiales, de múltiples prestaciones y en grandes espesores, como la piedra y el ladrillo con estuco; no estaba preparada para los delgados espesores del acero, los grandes planos del vidrio y el moldeo del hormigón.

Las circunstancias que producen esta cantidad de anomalías cada vez mayor para el paradigma del clasicismo, no provienen del interior de la disciplina. Esto concuerda con lo señalado por Kuhn:

“el papel desempeñado por el progreso tecnológico o por las condiciones externas, sociales, económicas e intelectuales, en el desarrollo de las ciencias [hacen que] las condiciones externas pueden contribuir a transformar una simple anomalía en origen de una crisis aguda.” (Kuhn,1991:115).

De este modo, lo que durante trescientos años había sido un período de “ciencia normal” con un “paradigma” imperante, compartido por la “comunidad científica”, da paso a un período de “crisis”, de convivencia y sucesión de diversas teorías que se extiende hasta los primeros años del siglo XX, en que una verdadera “revolución científica”, va a permitir el establecimiento de un nuevo paradigma, el del Movimiento Moderno. Recurrimos a Benévolo para sintetizarlo:

“En varios campos, dentro y fuera de los límites tradicionales, emergen nuevas exigencias materiales y espirituales, nuevas ideas, nuevos instrumentos de intervención que, en un instante dado, convergen en una nueva síntesis arquitectónica, profundamente distinta de la antigua. Sólo así es posible explicar el nacimiento de la arquitectura moderna, que, de otro modo, resultaría completamente incomprensible [...] Existe, a nuestro entender, una directriz fundamental de pensamiento y de acción que se inicia con Owen y los utopistas de la primera mitad del siglo XIX, pasa por Ruskin y Morris, por las experiencias vanguardistas europeas entre 1890 y 1914, recibe la aportación de los constructores americanos y de Wright, logra alcance general en los primeros años de la posguerra de la mano de Gropius y Le Corbusier, y provoca un movimiento unitario, capaz de crecer mucho más allá de sus premisas iniciales.” (Benévolo,1977:42).

Esta reconstrucción del campo, al decir de Kuhn, a partir de nuevos fundamentos, cambia algunas de las generalizaciones teóricas más elementales del campo. De hecho se cambia el concepto mismo de lo que se considera arquitectura. Lo que de manera revolucionaria enunciara William Morris en 1881, se constituye ahora en una definición ajustada de lo que es el campo disciplinar:

“ La arquitectura abarca la consideración de todo el ambiente físico que rodea la vida humana; no podemos sustraernos a ella, mientras formemos parte de la civilización, porque la arquitectura es el conjunto de modificaciones y alteraciones introducidas en la superficie terrestre con objeto de satisfacer las necesidades humanas, exceptuando sólo al puro desierto.” (Morris, 1881[1947] ).

La arquitectura del MM busca responder a las necesidades de la sociedad industrial, hacer uso de la tecnología en desarrollo, revolucionar el repertorio formal con una poética acorde a la producción en serie, abordar una propuesta urbana innovadora y, sobre todo, contribuir a cambiar la vida del hombre poniendo al alcance de todos las condiciones mínimas de la vivienda, Das Existenzminimum, necesario en la Europa de entreguerras. Son hombres jóvenes los que trabajan inicialmente con el nuevo paradigma, y que se constituyen en infatigables voceros que tratan de persuadir a la comunidad científica, y, en este caso, a la sociedad toda, de su eficacia para resolver las anomalías que el paradigma anterior no puede resolver. Como bien señala Kuhn:

“Casi siempre, los hombres que realizan esos inventos fundamentales de un nuevo paradigma han sido muy jóvenes o muy noveles en el campo cuyo paradigma cambian. [...] al no estar comprometidos con las reglas tradicionales de la ciencia normal, debido a que tienen poca práctica anterior... “ (Kuhn,1991:130).

Los grandes maestros del MM, Gropius, Mies Van der Rohe, Le Corbusier, nacen, con pocos años de diferencia, entre 1883 y 1887. Tienen todos poco más de 40 años cuando el MM se impone a través de obras “paradigmáticas” como el Pabellón de Barcelona, la Ville Saboye o la Bauhaus de Dessau. Sólo el artífice americano del MM Wright es mayor, pero también su producción se inicia años antes.

Lo que hoy aceptamos con naturalidad como parte ya de la historia de la arquitectura contemporánea y que está en sus orígenes, fue en su momento una virulenta y verdadera revolución científica, cuyos alcances atraviesan varios siglos de arquitectura occidental. Paradójicamente, podemos hacer nuestra una cita de Max Planck, en E.R.C:

“Una nueva verdad científica no triunfa por medio del convencimiento de sus oponentes, haciéndoles ver la luz, sino más bien porque dichos oponentes llegan a morir y crece una nueva generación que se familiariza con ella” (Planck,1949).

 

El Movimiento Moderno, cambio de paradigma en Argentina

En esta parte de nuestra reflexión consideraremos la manifestación del MM en Argentina, ya que esta nueva cosmovisión sobre la realidad arquitectónica del mundo occidental tuvo en nuestro país sus particularidades y requiere de una deliberación singular. Las preguntas que surgen en relación al contexto argentino son: ¿cómo y cuándo surge y se consolida el ideario del Movimiento Moderno en la Argentina? Y caben preguntas adicionales: ¿representó en nuestro país un cambio de paradigma, una revolución científica siguiendo a Kuhn? ¿Cómo se da este proceso en el tiempo, con respecto a lo que sucede en Europa?

Expresamos que el MM implicó una nueva cosmovisión sobre la realidad arquitectónica del mundo occidental. En relación con esta afirmación, si bien podemos decir que la Argentina “fue y es” parte de la cultura occidental, las condiciones de partida en relación con el Movimiento Moderno en nuestro país marcan sus particularidades. Muy sumariamente podemos decir que la Argentina inicia su proceso independentista a comienzos del siglo XIX. Atraviesa enfrentamientos internos sobre el modelo de país a construir y se consolida a finales del mismo siglo con la llegada al poder de la generación del 80. Representantes de un proyecto de país organizado bajo un modelo político cultural que se funda sobre las categorías de “civilización y barbarie” y se construye materialmente sobre el lema positivista de “orden y progreso”. La dirigencia de este proyecto se reconoce en la “tradición europea” como modelo cultural, y establece una dependencia que vincula a nuestros profesionales con los ámbitos institucionalmente reconocidos del saber en ese continente y, fundamentalmente, con París como epicentro.

A diferencia de lo sucedido en Europa la arquitectura argentina, ligada en sus primeros pasos a la ingeniería, puede recién fundarse como un campo autónomo a principios del siglo XX. Los años que transcurren entre 1880 y 1910 constituyen lo que podemos denominar etapa fundacional, hegemonizada por el “eclecticismo” como un modelo de “saber-hacer” arquitectura. En 1901 se funda la Escuela de Arquitectura en la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires. Esta situación permite diferenciar a la arquitectura de la ingeniería. Los fundadores de la escuela son profesionales reconocidos por su adhesión al eclecticismo y adhieren a la propuesta de recuperación de los estilos históricos, instituyendo un modelo que abarca enseñanza, teoría y práctica y que conforma una comunidad científica en torno a un determinado saber.

En este giro de nuestra reflexión creemos importante caracterizar qué implica el eclecticismo al que hacemos referencia. El eclecticismo como teoría y método, legitima la recuperación de todos los estilos del pasado, vinculados a los más diversos géneros históricos. En nuestro medio, agrupa numerosas escuelas y propuestas, (neocolonial, neoclasicista, neogótico y hasta modernistas cómo el Art Noveau o el Art Decó). Dentro de este abanico se asume como estilo para la arquitectura pública y la arquitectura privada de las elites y es el que representa el sentido simbólico de nuestra constitución como nación, materializando gran parte de nuestro patrimonio arquitectónico, si no la mayor.

Retomando nuestra reflexión sobre la Argentina y como ya mencionamos el eclecticismo es determinante durante la etapa fundacional de la Arquitectura en nuestro país pues permite organizar y legitimar el campo disciplinar y el profesional. Sin embargo, este período de ciencia normal en términos de K, rápidamente va a cambiar. A partir de 1910 asistimos a un época que podemos caracterizar como:

1. Intentos de resolver los enigmas que surgen, producto de una nueva realidad que se impone a medida que el país cambia, con las teorías en vigencia, bajo el paraguas del eclecticismo. Sucede que en algunos casos las respuestas que desde la disciplina se esperan no resuelven nuevos problemas y los enigmas se convierten en anomalías.

2. Polémicas, enfrentamientos y debates en torno a diferentes teorías en pugna (arquitectura vs. ingeniería; arte y ciencia; nacionalismo, neocolonialismo, Art Decó o Art Noveau, etcétera).

3. Finalmente, la crisis ante una nueva realidad que se consolida, y con ella la imperiosa necesidad de reconocer transformaciones radicales que el paradigma vigente no puede resolver. Surgen diferentes escuelas que luchan por imponer su visión del mundo y de la realidad y donde no es posible identificar una comunidad científica homogénea.

Esta urdimbre de temas que signan los debates del período mencionado tiene lugar primero en Europa y se instalan en Buenos Aires por dos cuestiones: por la cantidad y variedad de revistas especializadas de la época que difunden los temas del debate, y porque nuestros arquitectos realizan sus estudios en Europa, o ya formados en la Escuela de Arquitectura de la UBA completan sus estudios en ese continente. A diferencia del contexto europeo, no existe hasta la década de los 20 una oposición crítica al eclecticismo apoyada por una vanguardia que constituya el origen de la arquitectura moderna. Poco a poco y por “razones extracientíficas” en términos de Kuhn, como la llegada de los sectores medios al poder, la instalación de empresas europeas y americanas que traen nuevas tecnologías de la construcción, etc., comienzan a ponerse en crisis las teorías vigentes ante la imposibilidad de resolver las anomalías que estos cambios generan.

A partir de 1916 se comienza a construir otra Argentina con el gobierno de Hipólito Yrigoyen primero y el de Juan Domingo Perón después. Implica el abandono del proyecto de la generación del 80 y el ascenso de los sectores medios al poder. Su gobierno vive el impacto que supone un nuevo reordenamiento económico y político internacional. Nuevos temas disciplinares surgen fuertemente imbricados en los problemas sociales, urbanísticos y simbólicos de esta nueva sociedad conflictiva, dinámica y en medio de un proceso de crecimiento. El tema de la vivienda popular, de resolución masiva o de gran número surge, al igual que en los países industrializados, como un fenómeno típicamente moderno. El país asume otro modelo, suma ahora una incipiente industrialización por sustitución de importaciones; una inmigración proveniente de la Europa en crisis y un aumento de la densidad demográfica de sus ciudades más importantes. El giro tecnológico en general impulsa el desarrollo de la industria, define un tejido social más urbano, vinculado a un modelo de sociedad industrial y de servicios. Este proceso de cambio continúa y se acentúa durante las décadas siguientes. En los 40, y con la llegada del peronismo al poder, se consolida un tejido social urbano más heterogéneo de sectores obreros y medios como “sociedad de masas”, ampliando el abanico de problemas que la disciplina debe enfrentar.

Volviendo a centrarnos en el campo disciplinar, a comienzos de 1930 el debate se polariza frente a las constantes anomalías que el eclecticismo no puede resolver. Por un lado, por fuera del estilo adoptado y muy sumariamente explicado, aquellos que sostienen una arquitectura anclada en la historia y la tradición (eclecticismo) y, por otro, aquellos que sostienen un cambio a partir de la innovación tecnológica y funcional (MM).

El MM en nuestro país va a estar influenciado centralmente por la propuesta teórica del Bauhaus, la ideas de Le Corbusier y en menor medida por otros representantes europeos de la época. Sumariamente podemos decir que propone una teoría que deja de lado la referencia formal de la arquitectura histórica, se focaliza en la búsqueda de un nuevo lenguaje expresivo acorde con las nuevas tecnologías de construcción que dan por resultado una estética nueva basada en la geometría y que se expresa bajo la consigna “la forma sigue a la función”, por la búsqueda de la racionalización del proceso de “diseño y proyecto” (que deja de lado el método compositivo por elección de diversos estilos), aborda el tema de la ciudad como parte del espacio disciplinar y práctica profesional (urbanismo) y define un fuerte compromiso social de la disciplina con esta nueva realidad social.

La progresiva consolidación del ideario del MM va ganando espacio en la arquitectura oficial y privada a finales de los 30 y durante la década siguiente, y se consolida en los 50. La década peronista (1945-1955) es aún de tensiones entre distintas teorías que afectan al campo disciplinar, pero es la que posibilita la transición hacia un período de ciencia normal que se inicia a fines de los 50.

A lo largo de esos años se produce una apropiación de los postulados del MM a partir de una nueva generación de arquitectos, formados en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Buenos Aires (UBA)5. A pesar de ello, aún el MM debe pugnar por imponerse sobre otras teorías6. Coincide este momento con la creación de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la UBA (FAU-UBA) en 1947, iniciativa que reúne un viejo anhelo de los miembros de la comunidad y una política de Estado. Esta situación indica un punto de inflexión en el campo disciplinar y nos abre la puerta a una serie de interrogantes que sintetizaremos al final. Esta iniciativa se extiende a la enseñanza universitaria de todo el país.

En coincidencia con el derrocamiento del gobierno justicialista por el golpe militar de 1955, asumen en la FAU-UBA (quienes por discrepancias ideológicas con el peronismo se habían autoexcluido) arquitectos en su mayoría enrolados en el Movimiento Moderno (Prebisch, Acosta, Bereterbide, etc.), representantes de la primera vanguardia nacional, reconocidos por su trayectoria profesional a partir de sus obras desde finales del 30 hasta ese momento. Es entonces cuando MM se consolida como un cambio de paradigma en el ámbito académico, en términos de Kuhn. Cabe destacar que al mismo tiempo entra en crisis, en la teoría y en la práctica, en los países centrales de la cultura occidental.7

En el recorrido reflexivo propuesto, resulta claro que el MM en la Argentina asume características propias en cuanto a su desarrollo y consolidación, resultado de nuestra historia como país, a pesar de su condición de pertenencia a la cultura occidental. El impacto de la Revolución Industrial en estas tierras sólo puede ser considerado a partir de finales del siglo XIX, cuando ya el debate sobre lo clásico que plantea Leonardo Benévolo fue dejado de lado en Europa y el debate sobre el estado del arte arquitectónico se encuentra en crisis y con una serie de teorías en pugna.

El MM como paradigma se consolida en la enseñanza después de décadas de una producción profesional basta y contundente. Es decir se instala abarcando enseñanza, teoría y práctica -o en términos de Kuhn como una revolución científica- cuando el ideario del MM ya ha tenido una presencia a través de obras públicas y privadas, concursos ganados y construidos, que son testimonios materiales de una realización bajo sus “métodos y visión del mundo”. Surge entonces una pregunta: ¿por qué un “paradigma” de amplia aceptación en el ámbito profesional es al mismo tiempo tan resistido en el ámbito académico -que es origen de ese saber disciplinar y le otorga legitimidad a dicha práctica-?

Cabe comentar que esta preeminencia del campo profesional sobre el académico es un evento que se manifiesta de distintas formas en diferentes países. Por ejemplo, en un país que es referente intelectual para la comunidad en Argentina, como Francia, se reproduce la misma situación que en el nuestro. Por el contrario, en otro país de referencia como Alemania, la experiencia de la Bauhaus impone rápidamente el ideario del MM en el ámbito académico, mucho antes que éste se consolide en el campo profesional (y será interrumpido por la llegada al poder del nazismo). En nuestro territorio latinoamericano, las experiencias transitadas en países como Uruguay y Brasil se sitúan más cerca de la nuestra.

Después de todo lo expuesto, entendemos que la propuesta de Kuhn en su libro ERC se revela como insuficiente para comprender la compleja trama de variables, actores y relaciones que interactúan en la conformación e institucionalización del MM, como un nuevo paradigma, en nuestro país. En este sentido, resulta interesante sumar la visión de Pierre Bourdieu, sobre la cual escriben Gaeta, Gentile y Lucero en su libro, este autor:

...“ llama la atención sobre la condición paradójica de la ciencia, que surge del hecho de ser una realidad social e históricamente condicionada, como cualquier actividad humana, cuyo producto, no obstante, es transhistórico y universal”; [...] “para entender la estructura y funcionamiento de la labor científica se requiere emprender un análisis de las condiciones de producción del conocimiento social” [...]; “el universo puro de la ciencia más pura es un campo social como otros, con sus relaciones de fuerza, sus monopolios, sus luchas y sus estrategias, sus intereses y ganancias, pero donde todas estas invariancias revisten formas específicas”... (Gaeta, et al. 2003 c:12)”.

 

Impactos del cambio de paradigma. Institucionalización de la arquitectura en la Universidad de Buenos Aires

En este apartado intentaremos focalizar en el espacio disciplinar, a partir de indagar sobre los conflictos que se generan en el proceso de legitimación institucional del cambio de paradigma en la carrera de arquitectura, en el contexto de la Universidad de Buenos Aires, recurriendo a Pierre Bourdieu (B).

Antes de profundizar sobre nuestro objetivo particular, explicaremos brevemente la propuesta de B en aquellos aspectos que consideramos pertinentes para nuestro análisis. Contemporáneo de Kuhn (K), ya en 1975 explicita la noción de “campo científico” en un intento por demarcar posiciones en relación a la forma de analizar los procesos que se articulan en torno a la ciencia. En escritos posteriores profundiza su reflexión teórica en relación a este concepto, reconociendo el aporte de la obra teórica de K. Establece con él la analogía de pensar que el conocimiento científico está condicionado por factores históricos y sociológicos. Se diferencia cuando explica que la ciencia es un campo particular, susceptible de ser analizado como cualquier campo, pero que en relación a las luchas por el poder que allí se desarrollan adquiere características determinadas y por lo tanto requiere de una reflexión particular. Implica un análisis de la ciencia que no se centra en el individuo aislado y tampoco en una relación “paradigma-comunidad de científicos” (K), sino en comprender el campo científico como una constelación de relaciones objetivas.

En términos generales, la teoría de B articula tres conceptos centrales: “campo de poder, capital y habitus”. Estos conceptos en relación con la actividad científica tienen un desarrollo particular. Resumidamente podemos explicar que el “campo científico”, como todo campo de poder es una configuración de relaciones objetivas que expresa dos dimensiones, una subjetiva través del habitus, que son las habilidades o prácticas diferenciales adquiridas por los agentes que participan del campo y otra objetiva determinada por la configuración del campo y el equilibrio de fuerzas en un momento dado, producto de su historia y de las luchas pasadas. Define un conjunto de reglas propias de funcionamiento, el nomos científico. No es un universo estrictamente autónomo pues no obedece sólo a sus propias leyes internas, es un escenario de luchas desigualmente divididas, entre aquellos que tienen una posición dominante producto del reconocimiento que le otorgan sus propios pares (por sus aportes científicos, logros, conductas, trayectorias profesionales) y quienes no la tienen. Los que dominan el campo ocupan posiciones de poder simbólico (cargos directivos en las universidades, asociaciones profesionales, etc.), imponen su modo de hacer ciencia, los modelos, la bibliografía, los instrumentos, etc., su visión del mundo sobre la realidad, definen los problemas importantes para la disciplina, lo pensable y lo impensable, etc., y luchan por conservar esa posición. Los dominados, aquellos situados por fuera de las características mencionadas, son en general los recién llegados y son quienes reconocen la autoridad sobre las formas legítimamente instituidas de actuar y hablar, la “tradición disciplinar”, pero buscan modificar el orden establecido. En este sentido, un cambio de paradigma en el campo supone instituir algún tipo de continuidad con la “tradición” establecida, es decir, para Bourdieu un revolucionario en el campo disciplinar es alguien que tiene un gran conocimiento de la “tradición” de esa disciplina, estableciendo un puente entre las viejas ideas y las nuevas.8

A su vez, por sus propias reglas de funcionamiento (nomos científico) los científicos solo pueden ser reconocidos y evaluados por sus propios pares, situación que supone una cierta autonomía respecto del contexto social9. En este punto sin embargo, debemos tener en cuenta las características propias de cada disciplina. Las disciplinas naturales por sus condiciones de producción (lenguaje matemático, instrumentos teóricos, etc.) podemos caracterizarlas como más autónomas del contexto social. Por el contrario en aquellas disciplinas signadas por una relación más dependiente con la sociedad, (la historia, la sociología o en nuestro caso la arquitectura y el urbanismo), esa posición resulta más difícil de sostener. Por lo tanto existe ya una diferencia dentro del campo científico en términos generales, entre aquellas disciplinas que son por sus condiciones de producción más autónomas y otras heterónomas.

Podemos definir el campo disciplinar como un campo con su correspondiente propensión a estrategias de conservación o subversión. Se define por lo que está en juego, por su illusio (intereses específicos), por su nomos (leyes particulares) que convoca a los agentes a participar en la búsqueda de lo que Bourdieu llama “capital científico”, vinculado en una primera instancia a cuestiones de prestigio y reconocimiento de orden simbólico por los logros dentro del campo disciplinar. Su monopolio establece una autoridad que se caracteriza de dos formas: aquel capital acumulado en relación con el prestigio intelectual y el reconocimiento profesional denominado estrictamente “capital científico” y aquel que está más vinculado al poder institucional dentro del campo. Este último se vincula con las instituciones también reconocidas como agentes del campo y podemos identificarlo como capital político o como “capital temporal”. Se obtiene mediante actividades académicas y de conducción (dirección de instituciones, institutos, pertenencia a comités, etc.), es decir, por el desarrollo de actividades complementarias a la enseñanza e investigación en un sentido estricto, y tiende a funcionar como un capital burocrático. La articulación de estas dos formas de capital define una lucha y competencia, cuyo objeto específico es el monopolio por la autoridad definida como capacidad técnica y como poder social, o si se prefiere, por el monopolio de la competencia científica, en el sentido de tener autoridad para hablar y actuar legítimamente.

En relación al campo disciplinar, la noción de habitus científico adquiere suma importancia. Las habilidades adquiridas que determinan las prácticas del campo permiten la incorporación de un “oficio”, -asimilable al del artista por ser un saber-hacer pero cuya diferencia supone la incorporación de esquemas teóricos y el manejo de un determinado instrumental específico-, en la medida que vuelve posible la elección de los objetos a tratar, la comprensión de los problemas que la disciplina considera y la evaluación de las soluciones posibles. Son entonces esquemas generadores de percepción, de apreciación y de acción producto de una formación disciplinar, cuyas características dependen del campo disciplinar específico y también de las condiciones sociales del agente.

Situados así, como ya mencionamos anteriormente, entre los años 1930 y 1948 se produce una adhesión de los conceptos teóricos del MM por parte de una generación de arquitectos, formados en la tradición ecléctica de la Escuela de Arquitectura de la UBA. Si en los comienzos de esos años su accionar está más vinculado a la defensa teórica de postulados del MM y a la crítica del orden establecido, a partir de finales de los 30 comienzan a instalarse en el campo con una producción de obras importantes tanto públicas como privadas que se presentan como más adecuadas a las transformaciones del país y que les va otorgando cierto prestigio y reconocimiento entre los estudiantes y profesionales jóvenes.

El MM como paradigma se consolida en la Argentina abarcando enseñanza, teoría y práctica recién a partir del cambio en las condiciones del campo disciplinar de la arquitectura. La creación de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo sobre la base de la vieja escuela de la UBA crea las condiciones necesarias, actuando como una bisagra importante en este proceso, pues es la instancia de legitimación institucional e instituyente de los modos de producción del conocimiento.

Focalizando sobre la creación de la FAU podemos decir que su origen se debe a una confluencia de situaciones que se dan por fuera del campo científico de la UBA10. Esta situación va a exponer un contexto de tensión de la comunidad científica en general de nuestro país y de la UBA en particular con el gobierno peronista, que será de constante enfrentamiento, hasta su derrocamiento por el golpe militar del año 55 y que entendemos es una de las condiciones que afecta la posibilidad de que el MM se establezca en el ámbito académico.

La historia de la Universidad de Buenos Aires, como la de la universidad pública argentina en general, es resultado de una estrecha interacción entre el estado nacional, las orientaciones científicas-pedagógicas de los agentes del campo universitario y las demandas de la sociedad. Vinculada a políticas de estado (de diferente signo) y por lazos económicos, estas cuestiones articulan una compleja trama de relaciones y posiciones hacia el interior del campo que interactúan “con y en” la definición de las estrategias institucionales de la producción del conocimiento y su legitimación, estableciendo una autonomía relativa por su dependencia con ellas.

Definidas sumariamente las características del campo universitario que representa la UBA, debemos explicar brevemente, en relación con ella, la política universitaria del gobierno peronista. Su objetivo se centra en una producción de conocimientos que debe responder a una política de estado cuyo propósito es dar respuesta a los cambios que impone la consolidación del proceso de industrialización y una sociedad de masas en nuestro país. Para cumplir con sus objetivos formula metas y cambios en las formas de gobierno y administración de las casas de estudio, que dan por resultado una confrontación entre la comunidad de profesores, investigadores y alumnos de la UBA con el estado nacional.

En este sentido, la FAU llega al campo científico-universitario UBA11 en situación de desventaja y no desde una posición dominante en términos estrictamente científicos. Su institucionalización es producto de una decisión de orden político. Además, por ser un “saber-hacer” que para diferenciarse de la ingeniería en sus comienzos acentúa su pertenencia a la esfera del arte (dejando de lado las posibles articulaciones con la ciencia y la tecnología como áreas con las cuales también interactúa), en realidad padece la categorización que establece la UBA como institución tradicional, donde los saberes que devienen de las ciencias naturales ocupan una situación de privilegio.

En este contexto, la FAU reproduce la estructura institucional del campo universitario del cual es parte: autoridades afines al gobierno, un cuerpo directivo opositor y una comunidad de profesores y alumnos enfrentada. Sin embargo y a pesar de estas tensiones, la primera Facultad de Arquitectura y Urbanismo en el país comienza a funcionar con el ciclo lectivo de 1948. Dada la conflictividad del campo fue imposible llevar adelante un cambio disciplinar y de habitus en el ámbito académico como ya se manifiesta con contundencia en la actividad profesional. El nuevo plan de estudios (métodos, bibliografía, problemáticas, etc.) puesto en vigencia en 194812 es resultado de una transacción política de carácter ecléctico y cuya mayor virtud reside en su carácter provisorio.

En este escenario comienza una lucha al interior del campo disciplinar por ocupar posiciones institucionales (cargos docentes por concurso) por parte de arquitectos vinculados al MM, dando paso –a diferencia de la etapa fundacional– a una fractura en la cohesión del campo en términos generales, al cuestionar el habitus académico y poner en duda la tradición disciplinar; el nomos y la illusio fundacionales dejan de mostrarse eficaces a la hora de mantener unidad dentro de la comunidad, principalmente entre los nuevos profesores y alumnos. El cuestionamiento a la ley fundamental (nomos), vuelve a poner en escena el debate hasta fines de la década de los 5013.

En coincidencia con el derrocamiento del gobierno justicialista, asumen como autoridades en la FAU-UBA arquitectos adherentes al Movimiento Moderno de la primera vanguardia nacional, reconocidos por su trayectoria y aportes al campo, por su participación en asociaciones profesionales, por sus obras construidas y escritos teóricos publicados. Éstos encuentran un plantel docente de adherentes a la misma concepción teórica que ha recorrido el camino institucional y legitimado su posición dentro del campo universitario, escenario que les permite definir “qué y cómo” se debe enseñar arquitectura y urbanismo en el contexto de una institución, en condiciones de legitimar un cambio de paradigma que unifique enseñanza y práctica profesional.

En términos de B, el campo disciplinar solo puede legitimar el paradigma del MM cuando las condiciones del campo cambian, cuando un conjunto de agentes reconocidos por sus pares y sus aportes al campo logra su inserción en el ámbito académico e institucional y legitimidad en lo social. Es decir, cuando acceden a una posición dominante dentro del campo obtienen la “autoridad para hablar y actuar legítimamente”, imponen su modo de hacer ciencia, “su visión del mundo sobre la realidad”. Son arquitectos formados en la tradición de la Escuela de Arquitectura y producen la ruptura del orden establecido en acuerdo con la idea de Bourdieu de que un auténtico revolucionario en materia científica es alguien que tiene un gran dominio de la tradición. Pero también son la generación que asiste a los cambios profundos del país y a las nuevas demandas que se le presentan a la disciplina en el marco de una sociedad de masas que el MM, en tanto nuevo paradigma, parece asumir como problema a resolver y soluciones a dar, en mejores condiciones que el paradigma anterior.

Para finalizar este apartado queremos señalar que, de acuerdo con nuestro objetivo, hemos enunciado ya una condición singular pues nos situamos en relación con nuestro país y la FAU en la UBA. Decisión que implica definiciones y características particulares en relación con la producción del conocimiento en general y en particular con la arquitectura como disciplina. En este sentido, el desarrollo teórico de Bourdieu sobre la ciencia y en particular su noción de campo científico, nos permite comprender el espacio institucional de la FAU-UBA en relación a la producción y legitimación del conocimiento, como un escenario de relaciones sociales raramente idílicas, que regula prácticas e instituye identidad disciplinar, en el marco de las luchas de poder, rivalidades e intereses que caracterizan a este campo. Su análisis pone en evidencia que, a pesar de la autonomía históricamente consolidada, este campo no es independiente de las relaciones de dominación que caracterizan al mundo social en su conjunto, y mantiene estrechos vínculos con el campo político y económico. No puede ser solo comprendida como un espacio homogéneo de una comunidad de científicos cuyo objetivo es la búsqueda desinteresada de verdades universales, a pesar de la cantidad de logros científicos obtenidos. Como última consideración, cabe destacar que el completo establecimiento del MM como nuevo paradigma sólo es posible cuando éste se legitima en el marco institucional de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo en la Universidad de Buenos Aires.

 

Enseñanza del diseño en la FAU

En nuestro país, los más remotos antecedentes de enseñanza en el campo de la arquitectura son la Escuela de Dibujo de 1799 y la Escuela de Matemáticas, abierta después de la Revolución de Mayo, ambas en Buenos Aires. Creada la Universidad de Buenos Aires en 1821 abre un Departamento de Ciencias Exactas donde se forman profesionales de la ingeniería y arquitectura con un fuerte perfil pragmático. Constituida la Argentina como estado soberano, la UBA pasa a ser nacional en 1881 y el Departamento se transforma en Facultad de Ciencias Exactas, se encomienda al arq. Alejandro Christophersen la formación de la Escuela de Arquitectura en 1901, quien lo hace siguiendo la propuesta académica de la École de Beaux Arts francesa.

Como explicamos oportunamente, la escuela es la institución encargada de validar la formación de los arquitectos, quienes a partir de 1903 deben poseer título habilitante para poder ejercer la profesión. Impregnada de las teorías del eclecticismo, la escuela forma artistas sensibles para diferenciarse claramente de los ingenieros, educados en la técnica y el cálculo. Serán estos profesionales los encargados de materializar los proyectos arquitectónicos y urbanos de la generación del 80.

Casi medio siglo después, en 1947, en un país atravesado por otras lógicas políticas, la escuela adquiere estatus de facultad, al crearse bajo el primer gobierno peronista la Facultad de Arquitectura y Urbanismo (FAU-UBA), como fue señalado anteriormente. Es en esta nueva institución donde comienzan a penetrar las ideas del MM, que sólo se establecen como paradigma dominante después de más de diez años.

Al desarrollar en este trabajo las particularidades que tiene el establecimiento del paradigma del Movimiento Moderno en la arquitectura en nuestro país, se señala el desajuste temporal de todo el proceso con respecto a lo que sucede en los países “centrales”. También se remarca cómo, al interior de la vida académica, esta nueva cosmovisión tarda en ser aceptada con respecto a lo que sucede en la actividad profesional.

Con todo, este proceso es extraordinariamente breve comparado con el europeo. La etapa fundacional del campo disciplinar transcurre entre fines del siglo XIX y comienzos del XX y se realiza, como se ha dicho, a partir del eclecticismo en tanto que la hegemonía del MM se da con plenitud en la vida de los claustros y la profesión hacia 1955-1960, alcanzando así un período que calificamos, siguiendo a Kuhn, de ciencia normal. Dentro de nuestro universo de intereses resulta particularmente atractivo rastrear este proceso de transformación a través de las maneras de enseñar la disciplina, en las estrategias didácticas que se adoptan, etc. Estos temas corresponden, como es natural, a otras tantas visiones de lo que es la arquitectura, a los diversos intereses y actores en juego, a los sucesos de la constitución del campo, etcétera.

Explicamos con oportunidad que cuando se crea la Escuela de Arquitectura en 1901, la batalla a librar es la conformación del campo disciplinar, diferenciando a la arquitectura de la ingeniería. El plan de estudios, basado en el modelo de enseñanza de la Escuela de Bellas Artes de París, buscó el perfil de un arquitecto artista, refinado y con “buen gusto”, que se separara claramente del ingeniero. De acuerdo con este objetivo, en 1912 se contrata a Renè Karman, graduado en la Ècole y Prix de Rome, para llevar adelante la reforma del plan de estudios de 1915. Establece que las materias artísticas “Arquitectura y Composición” se impartan a partir de la constitución de atelieres, con un profesor maître d’atelier y aprobación mediante participación en concursos anuales.14 Sin embargo, la elección del modelo Beaux Arts no puede sólo explicarse a partir de la pretendida formación artística para definir el campo de la práctica profesional del arquitecto. Así como la École des Beaux Arts se crea bajo el reinado de Luis XIV, y forma a los artistas necesarios para la construcción y equipamiento de Versailles15, la Escuela de Arquitectura, con el mismo plan de estudios, prepara a los arquitectos que habrán de materializar el proyecto edilicio y urbano de la generación del 80. Al respecto, Liernur dice:

“La adopción de las normas de la Academia de Bellas Artes de París como el núcleo principal en torno al cual se constituyó esa Arquitectura como institución, no se produjo de manera ‘natural’, sino como consecuencia de ensayos, dudas y disputas, y en la medida en que tales normas se demostraron como el instrumento más apto para resolver la multitud de problemas técnicos, económicos, sociales, estéticos y culturales que acarreaba el proceso de modernización a la élite hegemónica” (Cravino, 2012:).

Retomando lo expuesto hasta este momento, siendo el eclecticismo el corpus teórico disciplinar dominante en este período fundacional del campo, no existen anomalías en cuanto a que son coherentes el modelo de enseñanza-aprendizaje adoptado y la teoría que comparte la comunidad. La cosmovisión de la arquitectura ecléctica implica que los estilos del pasado son un menú del cual se puede escoger según las necesidades del programa, un repertorio expresivo al cual se habrá de recurrir para resolver la estética edilicia. En los atelieres de la escuela, que reproducen prácticas de aprendizaje de los oficios, del “saber-hacer”, lo que se espera del alumno es que aprenda a componer, a partir del mismo repertorio, un objeto estético con una visión personal de un determinado tema de arquitectura.

Como ya señalamos, transcurrida la primera década del siglo XX, el país comienza una etapa progresiva de cambios sociales y económicos, producto de la industrialización y entrada en la escena política de la clase media, primero, y los trabajadores después16. Este proceso se acentúa en las décadas siguientes y es contemporáneo a la llegada de las primeras ideas del MM, que se ven como especialmente adecuadas para encontrar soluciones a los nuevos problemas devenidos de los cambios mencionados. Las nuevas ideas, al interior del campo disciplinar, colisionan con las teorías dominantes, generándose diversas disputas por el establecimiento de un nuevo paradigma. Este período de crisis concluye con la revolución científica que da paso al establecimiento del paradigma del MM, hacia mediados de los 50, produciéndose su total preeminencia en los 60, con su legitimación en el ámbito académico.

El terreno propicio en esas primeras décadas del siglo XX está abonado por la aparición de anomalías, ya que la formación de los arquitectos comienza a resultar deficiente. Aquél arquitecto artista, modelado según los criterios Beaux Arts, no cuenta con las herramientas que le permitan afrontar nuevos programas arquitectónicos, nuevas tecnologías disponibles, etc., acorde con los nuevos tiempos. El mismo Christophersen -que definiera el perfil de la Escuela de Arquitectura en su nacimiento- en 1930 va a reconocer la necesidad de una formación que esté a la altura de las necesidades de la “vida moderna”, permitiendo al arquitecto resolver con economía y solidez los nuevos problemas que se presentan y que eran impensables en el pasado.

Sin embargo, y como ya dijimos, recién en 1947 con la transformación institucional de la escuela como Facultad de Arquitectura y Urbanismo17, las ideas del MM realmente comienzan a penetrar en la academia: los miembros del centro de estudiantes ya en 1946 comienzan a publicar en la Revista de Arquitectura una serie de artículos sobre “Teoría y Organización del Bauhaus”.

En la medida que se sustancian los respectivos concursos, entran en la escena de la FAU jóvenes arquitectos al frente de los talleres de diseño, fervientes defensores de las nuevas teorías. Esto determina el progresivo desplazamiento del eclecticismo de la formación universitaria que será definitivo cuando se implante el nuevo paradigma, hacia fines de los 50. Si bien se puede suponer que al establecimiento de esta nueva visión del mundo que significa el MM, le debe corresponder una revolución equivalente en las prácticas educativas, ciertas estrategias didácticas en lo que refiere al modelo de “taller”, se van a conservar. Nos aventuramos a decir que todavía hoy perduran, y señalamos algunas cuestiones centrales que creemos verifican esta hipótesis:

1) El aprendizaje por emulación al maestro (le maître d’atelier) y el discípulo visto casi como un producto del maestro. De esto deviene la importancia que se otorga al titular del taller en donde se cursa la materia arquitectura.18

2) La estrategia central para el aprendizaje en los talleres sigue siendo la simulación de la práctica profesional, a partir de la producción de proyectos en un grado creciente de envergadura.

3) La simulación se realiza dejando de lado muchos datos de la realidad, como los referidos al emplazamiento, las condiciones de la normativa y, especialmente, los problemas constructivos.

De manera paradojal, hoy sigue teniendo vigencia este pensamiento de Viollet Le Duc, que Benévolo cita, quien critica la enseñanza en la Ècole en 1861:

“En nuestros tiempos el futuro arquitecto es un joven [...] al que se obliga, durante seis a ocho años, a realizar proyectos de edificios que, en la mayoría de los casos, tienen sólo una lejana relación con las necesidades y las costumbres de nuestro tiempo, sin exigirle nunca que estos proyectos sean realizables, sin impartirle un conocimiento, ni siquiera superficial, de los materiales de que disponemos y de su empleo, sin que se lo instruya sobre las formas de construcción adoptadas en todas las épocas conocidas, sin recibir la mínima noción sobre la dirección y administración de las obras” (Benévolo, 1997).

Esta aseveración debe complementarse con el extraordinario y sostenido proceso de masificación en la educación superior que se inicia en la década justicialista y se acentúa en las últimas décadas. Fenómeno al que ni la UBA ni la FADU son ajenas19. Si en 1950 los 600 alumnos de primer año de la FAU obligan a desdoblar los cursos, perdiéndose la posibilidad de compartir en un sólo ámbito todos los niveles del taller ¿qué mirada debemos desplegar sobre las condiciones actuales, donde una sola cátedra de arquitectura, de las más numerosas, puede llegar a tener más de mil estudiantes en sus cinco niveles? La matriz del atelier-taller, a cargo de un maître d’atelier, que imparte un “saber-hacer” disciplinar a una élite pequeña de estudiantes, virtualmente estalla frente a esas condiciones.

Cabe preguntarse qué es lo que determina la persistencia de una estrategia didáctica que presenta tales “anomalías”, aun habiendo cambiado de manera radical las condiciones que le dieron origen. Como señalamos en otros puntos de este trabajo sería imposible explicar esta persistencia frente a la ruptura provocada por la “revolución científica”, que implica el establecimiento del paradigma del MM, si sólo lo miráramos desde una perspectiva khuniana.

Reconociendo que Kuhn ha puesto el acento en las rupturas y revoluciones científicas, su visión de los factores y actores intervinientes en los procesos de cambio es limitada, por lo que resulta pertinente complementar la visión de Kuhn con las categorías propuestas por Bourdieu , quien señala que lo que crea la tensión esencial de la ciencia no es la disputa entre conservadores y revolucionarios, entre revolución y tradición, sino que la revolución implique a la tradición. Sostiene que las revoluciones deben arraigarse en el paradigma y que el revolucionario en el campo científico es quien posee necesariamente un capital, un gran dominio de los recursos colectivos acumulados y que, a partir de ahí, conserva necesariamente lo que supera.

Cravino en su libro acerca de la enseñanza de la arquitectura señala que la falta de discusión del perfil profesional y su sustitución por una idealización -arquitecto-gran-proyectista- determina que los contenidos a impartir en el currículo estén legitimados a partir de un conjunto de tradiciones, o por cuestiones que intuitivamente se consideran necesarias. Subyace en esto la concepción del modelo fundacional del arquitecto-artista, cuya legitimación poco crítica impide toda discusión de fondo.

¿Podría el concepto de habitus en Bourdieu acercarnos una razón posible que explique esta ausencia de debate crítico? A través del habitus, concebido como la serie de esquemas de pensamiento, de percepción y de acción para actuar en un campo, B pone, al principio de las prácticas científicas, no una conciencia conocedora que actúa de acuerdo con las normas explícitas de la lógica y del método experimental (nomos), sino un “oficio” es decir, un sentido práctico de los problemas que se van a tratar, unas maneras adecuadas de abordarlos, etc. ¿Podría considerarse que la persistencia del esquema del taller-atelier estuviera posibilitada por ese “arte de experto” del que habla B y que didácticamente se comunica mediante el ejemplo y no a través de preceptos? ¿No es acaso la transmisión de un “saber-hacer” del experto al aprendiz, esa teoría realizada incorporada, el recurso por excelencia para la enseñanza en los talleres?

Lo cierto es que hoy entrado el siglo XXI, en la superficie de la producción de los talleres de arquitectura en la FADU encontramos proyectos provistos de los “gestos” formales, espaciales y expresivos que son esperables, de acuerdo con los dictados de las vanguardias arquitectónicas de los países centrales. Sin embargo, en profundidad subyacen tramas que cruzan matrices de enseñanza de larga tradición que deben ser revisadas, como también contenidos curriculares y dispositivos didácticos que necesariamente deben ser puestos a análisis de cara a las actuales condiciones de enseñanza en la universidad pública y a las presentes demandas de la sociedad .

 

Conclusión

Aún manteniendo al margen la discusión que puede surgir acerca de si la arquitectura puede ser considerada o no una ciencia, la reflexión epistemológica propuesta a partir de la articulación del pensamiento de Kuhn expresado en su libro ERC, y el desarrollo teórico de Pierre Bourdieu en torno a las nociones de campo de poder, habitus y campo científico, nos permite abordar un campo disciplinar esquivo como lo es el de la arquitectura. Esta situación habilita una mirada sobre un período determinado de la disciplina, de profundos cambios, que aún hoy son puestos en cuestión y es útil para entender cómo se genera, instituye y aplica el conocimiento disciplinar.

En ese sentido, entendemos que la perspectiva de Kuhn es necesaria para definir no sólo la revolución científica que significó el establecimiento del paradigma del Movimiento Moderno en arquitectura, sino el período de ciencia normal que vivió la disciplina desde el Renacimiento hasta mediados del siglo XVIII.

Al intentar explicar la consolidación del Movimiento Moderno como un nuevo paradigma en Argentina y en especial en el campo académico -proceso que asumimos en términos generales similar, aunque no igual a otros países de Latinoamérica por las determinaciones históricas y culturales de la región- , la mirada de Kuhn resultó insuficiente. Surgieron una serie de interrogantes que a través de las categorías que propone Bourdieu pudimos responder. Es decir, para entender que en nuestro país la consolidación del MM coincide con la creación de la actual Facultad de Arquitectura y Urbanismo (hoy también de Diseño) en la Universidad de Buenos Aires y como resultado de considerar las diferencias y particularidades que se dan en nuestro contexto socio-histórico, así como por el resultado de las luchas que se despliegan en el campo disciplinar, triunfando las nuevas ideas recién a mediados de los 50, -cuando el paradigma del MM comienza a ser cuestionado en los países centrales-. A su vez, ésta mirada nos permite comprender como el campo disciplinar de la arquitectura en la Argentina está atravesado por cuestiones políticas, deducir cómo se dan las luchas de poder al interior de la comunidad de arquitectos y cómo se manifiestan en el contexto del campo científico universitario que representa la Universidad de Buenos Aires, en el proceso de institucionalización disciplinar. Referenciado a Eduardo Remedi Allione, pensar cómo:

“La reconstrucción de procesos institucionales obliga a leer la vida institucional en paralelo a la historia local mostrando proyectos e ideales originados en una sociedad que convoca a los individuos a adherirse a ellos” (Remedi Allione, 2004).

También cuando se consideró el impacto del establecimiento del paradigma del Movimiento Moderno en el campo específico de la enseñanza de la disciplina, asistimos a una situación similar a la del proceso de su advenimiento e institucionalización. La explicación kuhniana de período de ciencia normal fue satisfactoria para entender qué sucedió en el interior de la institución educativa (Escuela de Arquitectura), desde antes de su creación hasta las primeras décadas siguientes. Inclusive para permitirnos explicar el momento de crisis previo y la revolución científica del MM, con las consecuentes rupturas en los modelos didácticos, curriculares, etc. Pero, para ajustar la mirada, se debió recurrir nuevamente a Bourdieu e integrar sus conceptos para reflexionar sobre cambios y permanencias en las tradiciones de la enseñanza del “oficio” de arquitecto.

Además, al revisarse a lo largo del período el impacto que esos cambios tuvieron en las estrategias didácticas adoptadas para la enseñanza de la disciplina, surge el interrogante acerca de las persistencias de las tradiciones en el dispositivo por excelencia para la enseñanza del proyecto, que es el taller.


NOTAS:
1 En este sentido, ver Doberti, Roberto. La cuarta posición, en Espacio Doberti, http://giordanodedoberti.com.ar/blog/la-cuarta-posicion-por-roberto-doberti/. Como también las Jornadas de Epistemología del Diseño, en epistemologiafadu.blogspot.com.ar/. Consultado el 28/2/14.
2 Explica Kuhn. ...”Las revoluciones científicas se consideran aquí como aquellos episodios de desarrollo no acumulativo en que un antiguo paradigma es reemplazado, completamente o en parte, por otro nuevo e incompatible”...
3 Benévolo, Leonardo. Este arquitecto e historiador italiano, nacido en 1923, escribe la Historia entre 1957 y 1959, siendo su primera edición italiana de 1960, por lo tanto, su obra es contemporánea a la de Kuhn.
4 Es necesario hacer una distinción. Dentro de la perspectiva kuhniana, la comunidad científica que pertenece a los universos de las ciencias formales y naturales puede, naturalmente, plantearse a sí misma el tipo de problema a abordar dentro de la perspectiva que el paradigma dominante ofrece en el momento. No es ese precisamente el caso de la arquitectura. En general, a lo largo de su historia, y excluyendo pocos casos de desarrollos puramente teóricos, alguno de los miembros, instituciones o grupos de la sociedad a la que el mismo arquitecto pertenece, es quien propone o requiere los problemas a considerar.
5 “Sin embargo será en esa escuela, tomada por el modelo francés, donde se forme toda una generación, en la segunda mitad de la década del 30, que realmente dará comienzo a la historia de la arquitectura moderna en nuestro medio. (Agostini, Aslán Sánchez Elía, Vivanco, M.R.Álvarez, A.Williams, Kurchan, Caminos, Ferrari Hardoy) [...] van a introducirse otras propuestas pedagógicas, ya en 1946, el Centro de Estudiantes había comenzado a publicar, en la Revista de Arquitectura, una serie de artículos sobre “Teoría y Organización del Bauhaus” (Cravino, 2012).
6 “La obra pública bajo el signo del neoclasicismo, el pintoresquismo y el neocolonial de la edilicia pública menor y finalmente el californiano de los chalecitos de los barrios peronistas. El tema de la vivienda popular puso en evidencia uno de los tantos desencuentros entre los intelectuales y el gobierno justicialista, ya que todo lo debatido, todo lo producido en el plano teórico, todo lo revisado críticamente de la experiencia del período de la entreguerras europeas, proceso llevado a cabo durante la década de los 30 y parte de la de los 40 –de lo cual las revistas dan cuenta– no fue prácticamente considerado a la hora de resolver el problema a través de los planes estatales, en especial el Plan Eva Perón” (Cirvini, 2004).
7 Esto podría, perfectamente, tomarse como punto de partida para poner en cuestión la idea kuhniana de que un paradigma construye una nueva visión sobre el mundo compartida por una comunidad científica. El mismo Kuhn, en su obra posterior a la ERC revé su concepto de comunidad científica, de quiénes y cuántos son sus integrantes... etc.
8 A diferencia de Kuhn en su concepto de inconmensurabilidad entre paradigmas.
9 Queremos hacer notar con respecto a esta situación que de hecho esta idea ya había sido anticipada por Kuhn, cuando expresa :...“ los practicantes de una ciencia madura constituyen una subcultura especial dentro de la cual sus miembros son público exclusivo para los trabajos de cada uno de ellos y de la misma manera jueces” ...
10 En archivos consultados en la SCA y como describe Ramón Gutiérrez en su libro ...“la creación de la FAU surge a propuesta de los miembros directivos de la SCA ante las consideraciones planteadas por el presidente Perón, en relación a los problemas urbanísticos y temas a solventar como la vivienda popular, que la sociedad demanda. Situación que revela la importancia que la SCA como agente institucional tuvo (y tiene) en la constitución del campo disciplinar de la Arquitectura. Este proyecto es un viejo anhelo de la institución en confluencia con los profesores de la Escuela (los cuales eran miembros de la SCA). De hecho, el proyecto que se presenta es elaborado por la SCA en conjunto con profesores de la Escuela y como resultado de la gestión, luego algunos miembros son designados en el Consejo Directivo y otros en el Instituto Superior de Urbanismo”... (Gutiérrez, 1993).
11 Es por ello que el debate de la Ley en el Congreso para su aprobación genera una oposición muy fuerte por aquellos miembros del Congreso que participan del campo universitario de la UBA. La aprobación se consigue por el apoyo del gobierno y sus legisladores que son mayoría.
12 Plan de Carrera de seis años, organizado en tres Ciclos: Básico, Medio y Superior.
13 Un evento importante para el campo disciplinar es el Plan de Estudios del Ministerio de Instrucción Pública de 1953, basado en la teoría del MM que propone la Escuela Bauhaus, porque es la primera estructura curricular ya sin rastros alguno del “Beaux Arts”, pero que será resistida en aquellas instituciones enfrentadas con el gobierno. Recién después del golpe militar del 55 se institucionaliza y permite consolidar el ideario del MM en el ámbito académico del país.
14 El sistema de enseñanza de la École, que nuestra escuela reproduce, tiene en el “concurso” y en el “taller” (atelier) sus dos pilares. Los alumnos deben presentarse a un mínimo de dos concursos por año que, a partir del siglo XVIII, tienen como premio final una estadía de varios años en Roma. (Le Prix de Rome). Obtener galardones en los concursos es algo asociado con frecuencia a la elección de un buen taller, cuya fama proviene, además, del patrón que lo conduce. En ese sentido, los talleres dirigidos por vencedores del Prix de Rome son los que concitan más solicitudes de admisión. El atelier define un sistema de trabajo, de raigambre gremial, relacionado con la institución (La École), pero independiente de él. La relevancia de este sistema de talleres se pone de manifiesto al comprobar que el papel de la École en la formación de los arquitectos se limita a impartir unos someros conocimientos teóricos de “sciences” e “histoire”, aparte de los temas de los concursos. Donde realmente se aprende a ser arquitecto es en el atelier, allí el alumno canaliza el aprendizaje a través de la colaboración y el trabajo en equipo, puestos al servicio del desarrollo de los proyectos. No es difícil crear un taller libre, basta simplemente con que así lo quiera una veintena de alumnos, que deben ponerse de acuerdo en la elección de un maestro. La organización interna es de una acentuada jerarquización y su referente inmediato es el “massier” (Del francés masse: masa, montón, multitud. Elegido entre los miembros de la primera clase (alumnos que ya han adquirido ciertos fundamentos científicos y artísticos y que se dedican enteramente a la composición), el massier, que debe tener dotes de mando y ser un buen orador, es el máximo responsable del manejo del taller, lo que significa administrar el dinero obtenido por la masse, que se autofinancia, y actuar como intermediario o representante del grupo en las relaciones con el exterior. El maestro, en principio, es ajeno a esta dinámica interna, limitándose a corregir los proyectos en curso cuando pasa por el taller, lo que ocurre dos o tres veces por semana. Entre los miembros de un mismo taller rige un espíritu de complicidad y camaradería, que suele mantenerse después en el ámbito profesional.

En: Prieto González José. Aprendiendo a ser arquitectos. Creación y desarrollo de la Escuela de Arquitectura de Madrid, (1844-1914). Biblioteca de Historia del Arte. Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 2004.

15 En 1648, un grupo de jóvenes artistas [...] formó un gremio y estableció en París la primera institución francesa de Bellas Artes. Considerada revolucionaria para su tiempo, la nueva escuela se modeló sobre las instituciones italianas existentes, y se llamó Acadèmie Royale de Peinture et de Sculpture. [...]La Acadèmie se componía de dos secciones: La Academia de Pintura y Escultura, y la Academia de Arquitectura. [...] durante el reinado de Luis XIV (1643-1715), con el propósito de proveer entrenamiento clásico a los jóvenes artistas franceses, y, en los últimos tiempos, para equipar con sus trabajos la nueva y espaciosa residencia de Luis XIV en Versailles. En http://www.culture.gouv.fr/ENSBA/founding.html, consultado el 3/5/13.
16 Nos referimos, por supuesto a los procesos que se desarrollan durante la presidencia de Hipólito Yrigoyen (1916/1922 y 1928/1930) y Juan Domingo Perón (1946/1955) ya citados.
17 La Facultad de Arquitectura y Urbanismo se crea en 1947, por la ley 13045, y comienza a funcionar el 1 de enero de 1948.
18 Así como Justo Solsona se formó como docente en la cátedra de Wladimiro Acosta, Rafael Viñoly fue alumno primero y luego socio de Solsona. Miguel Ángel Roca estudió en EEUU con Louis Kahn, etc.
19 Según los censos realizados periódicamente por la UBA, la cantidad total de alumnos creció de 58,684 en 1958 a 293,358 en 2004, (499.89% en 56 años). En tanto, los alumnos que cursan el CBC, pasaron de 43,932 en 1988, a 78,681 en 2004, (79.09% en sólo 16 años). En: http://www.uba.ar/institucional/uba/datos.php. Consultado el 26/8/13.

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