Universidad pública y experiencia estudiantil: de los estudios de caso a las agendas políticas de la educación superior.

Sandra Carli
Doctora en Educación, Universidad de Buenos Aires, Facultad de Ciencias Sociales, Instituto de Investigaciones Gino Germani, Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Argentina. smcarli@gmail.com
SECCIÓN: DOSSIER



Resumen


Me propongo en este artículo presentar los resultados de una investigación sobre la experiencia estudiantil centrada en la reconstrucción de las itinerarios biográficos de los estudiantes a partir de relatos sobre la vida universitaria en facultades de ciencias sociales y humanidades de la Universidad de Buenos Aires desde mediados de la década del 90 del siglo XX y los primeros años del siglo XXI. Desde una perspectiva que dialoga con los estudios sobre el movimiento estudiantil, pero también con los estudios sobre las dinámicas de las instituciones universitarias, se detiene en particular en la experiencia individual y colectiva de los estudiantes y en su reflexividad retrospectiva sobre el transito por las instituciones, buscando sugerir nuevos temas y problemas para las agendas de la educación superior.



Palabras Clave:

estudiantes, universidades públicas, experiencia de los estudiantes, conocimiento, política.

Abstract

In this article I propose to present the results of an investigation about the student experience, focused on the reconstruction of the biographical itineraries of students from their life stories about college life in the Faculties of Social Sciences and Humanities at the University of Buenos Aires from mid ‘90s of the twentieth century to early twenty-first century. From a perspective that dialogs with the studies about the student movement, but also with studies on the dynamics of universities institutions, this work focus particularly in the individual and collective experience of the students and their retrospective refection on their transit throughout institutions , aiming to suggest new topics for the agenda of higher education.

Keywords:

Students, public university, experience, knowledge, policy.


Presentación


Las indagaciones sobre estudiantes universitarios se inscriben en dos vertientes, la primera dedicada al estudio de los movimientos estudiantiles y participación política, y la segunda centrada en el análisis de las dinámicas institucionales en sus diversas dimensiones.

En América Latina contamos con una larga tradición de investigaciones sobre el movimiento estudiantil. Si bien los conflictos entre estudiantes y autoridades fueron constantes durante los siglos de dominio español, los primeros treinta años del siglo XX han sido una etapa de movimientos estudiantiles en muchas universidades latinoamericanas, bajo el influjo del movimiento de la Reforma Universitaria en Córdoba de 1918 (Marsiske, 1999). Las crónicas sobre aquel movimiento son numerosas, pero se afirma que la reforma universitaria representó algo más que un episodio estudiantil, siendo en su origen una intención de cambio social que excedió la modificación del orden de las casas de estudio, adquiriendo características particulares en cada país según el grado de desarrollo económico, social y político de las sociedades latinoamericanas (Portantiero, 1978). En el caso argentino, la reforma fue “una realización típicamente universitaria” (opcit: 14), en el sentido de que no derivó en la creación de partidos políticos, como en el caso de Perú, y sí en un movimiento y en un pensamiento reformista que perduraría hasta los años 60.

Estudios recientes califican al reformismo como un verdadero movimiento social que trascendió los límites del grupo etario que lo protagonizaba, asociándose a las demandas de otros sectores sociales, un catalizador del activismo y de la participación de núcleos relevantes de intelectuales argentinos y un punto de referencia ineludible para estudiantes de otros países de América Latina (Tcach, 2013). Otros destacan que la explosión del malestar estudiantil en una universidad pequeña como la de Córdoba y su extensión sobre el resto, tradujo el clima de insatisfacción por el estado de la cultura y del sistema educativo argentino, siendo percibidos los estudiantes como agentes que iban a permitir un proceso de renovación sustancial de ese clima cultural (Buchbinder, 2008).

Si la reforma del 18 motivó la producción de numerosos estudios, el despliegue histórico de una masiva participación política estudiantil entre los años 60 y 70, en lo que Hobsbawm llamaría los años dorados del siglo XX signados por la explosión y radicalización juvenil, generarían nuevas indagaciones durante esos años pero en particular a partir de los años 80. La relación estudiantes-política, en escenarios de América Latina caracterizados por conflictos entre estado, sociedad civil y fuerzas armadas y por la confrontación entre educación pública y educación privada en el campo de la formación universitaria, adquirió una particular relevancia como objeto de estudio, en el contexto de los procesos de transición a la democracia.

En los últimos años se ha producido una nueva revitalización de los estudios sobre los movimientos estudiantiles, ante la expansión y diversificación de los sistemas de educación superior y la masificación de la matrícula estudiantil en América Latina. Portantiero señalaría en 1978 que el comportamiento político potencial del estudiante comenzaba a derivar de los desajustes entre la creciente masificación de la enseñanza superior y las dificultades del sistema para dar a los egresados una vía de ascenso social (1978: 14). La politización comenzaba a estar asociada a las transformaciones de la relación entre universidad y sociedad en el ciclo global, cuyas manifestaciones comenzaban recién a avizorarse; hacia fines del siglo XX se tornaría evidente que en su declive comenzaban a intervenir también los cambios culturales de la experiencia juvenil. La emergencia en la última década de manifestaciones estudiantiles críticas a distintas medidas restrictivas de gobiernos de corte neoliberal, conduciría a nuevas indagaciones sobre el papel de los jóvenes, pero también sobre las modalidades y experiencias políticas de los agrupamientos estudiantiles en distintos países (Buchbinder, Califa y Millan, 2010; OSAL, 2012; Vommaro, 2013; entre otros).

Mientras los estudios sobre el movimiento estudiantil siguen indagando el papel de los jóvenes como sujetos políticos, portavoces de discursos críticos con diversos contenidos, estilos de participación y modalidades organizativas, han crecido en América Latina los estudios centrados en los estudiantes en tanto sujeto institucional, que ofrecen nuevas perspectivas para comprender las particularidades que asume el tránsito por la universidad, ahondando en la cultura juvenil, las culturas institucionales, las disciplinas y carreras, las etapas de la vida universitaria. Krotsch señalaría en el año 2002 que una investigación centrada exclusivamente en el papel de los movimientos estudiantiles resultaba insuficiente por la fuerte crisis de representación que los afectaba y que era necesario explorar las nuevas características de la población estudiantil, vinculadas con la presencia de distintos sectores sociales en la universidad y la existencia de una nueva cultura juvenil. Se preguntaba “¿qué significa ser hoy estudiantes? en un contexto en el que la universidad se ha masificado y complejizado en términos de sectores y niveles de decisión en todas la región” (Krotsch, 2002: p21). Dubet (2005) plantearía algo similar para el caso francés: la masificación de la educación superior y la diversificación de la oferta universitaria habían traído como fenómeno en los últimos 30 años la existencia de distintos públicos estudiantiles, dando cuenta de la desaparición de la figura del heredero, cristalizada en el clásico estudio de Bourdieu y Passeron de los años 60, de la ausencia de un tipo ideal contemporáneo y de la necesidad de atender las “maneras de ser estudiante”.

En países como México las investigaciones desde perspectivas atentas a las prácticas sociales, académicas y de consumos culturales de los jóvenes, han sido tempranas (De Garay, 2001, 2004; Weiss, 2012); en la Argentina, en cambio, son más recientes, algunas vinculadas con la sociología de la juventud y otras con análisis institucionales centrados en las problemáticas de la iniciación de la vida universitaria y de la alfabetización académica (Chiroleu, 1998; Carlino, 2005; Ezcurra, 2007, 2011; Gluz, 2011; Andrade, 2011, Abdala, y otros, 2011).

La investigación que presentaré tuvo origen en la necesidad de comprender los nuevos rasgos de la experiencia estudiantil a fines del siglo XX, en una particular coyuntura de crisis social y política en la Argentina, que impactó de manera particular sobre la vida institucional de las universidades públicas. En este sentido supuso un diálogo tanto con las indagaciones sobre los movimientos estudiantiles y la participación política de los jóvenes como con aquellas dedicada al estudio de los procesos institucionales (Remedi, 2004). La pregunta por la experiencia, como categoría más amplia, permitió explorar las tensiones existentes en la universidad pública en la convulsionada democracia argentina de fin de milenio, desde una perspectiva de tiempo presente, entendido como una combinación y yuxtaposición de signos, símbolos y afectos de distintas temporalidades (Ludmer, 2002).

 

La pregunta por la experiencia estudiantil

 

En el marco de una línea de investigación abierta en el año 2006 en el Área Educación y Sociedad del Instituto de Investigaciones Gino Germani, comenzamos a desarrollar estudios sobre la universidad pública desde la perspectiva de la experiencia estudiantil en determinadas instituciones, recuperando las narrativas de los jóvenes. Esos estudios tuvieron como punto de partida la situación de crisis de la universidad pública en el escenario nacional de fines del siglo XX y el interés por explorar las formas y alcances de la vida estudiantil, que combinaba entonces el impacto de la polarización social, la crisis política y las restricciones presupuestarias impuestas a las instituciones educativas; pero también la metamorfosis de la cultura juvenil, vinculada con las transformaciones culturales contemporáneas. El acercamiento a los estudios sobre educación superior desde la pregunta por la experiencia universitaria permitió un abordaje atento a las dimensiones subjetivas, sociales y políticas de la vida estudiantil e impuso un acercamiento a la historia y a las culturas institucionales de las facultades. En la indagación personal que llevé adelante, centrada en las Facultades de Filosofía y Letras y de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, en lo que llamé el período de crisis (que se extendió desde mediados de la década del 90 hasta los primeros años del siglo XXI), el objetivo fue plantear una diversidad de perspectivas analíticas que permitiera captar la complejidad de la experiencia estudiantil (Carli, 2006ª; 2006b; 2008; 2009; 2012). En otros trabajos del mismo equipo se priorizaron ciertos tópicos: los vínculos entre estudiantes y regulaciones de la sexualidad en las Facultades de Exactas y de Psicología, también de la Universidad de Buenos Aires (Blanco, 2012) y los vínculos entre estudiantes y figuras de autoridad, en distintas carreras de la Universidad Nacional de Rosario (Pierella, 2012).

Las investigaciones sobre los estudiantes como actor o sujeto institucional han focalizado en los puntos de inflexión de la vida universitaria, en los vínculos con el conocimiento y en las prácticas estudiantiles. Se ha aludido al desarrollo por parte de los estudiantes de estrategias instrumentales (Dubet, 2005), de “etnométodos” locales (Coulon, 2008), de atajos en el vínculo con el conocimiento (Ortega, 2008). En la investigación que llevé adelante, que como señalé antes se centró en la experiencia estudiantil en distintas carreras de las facultades de Filosofía y Letras y de Ciencias Sociales, utilicé la expresión tácticas, siguiendo a De Certeau (1996), para plantear como hipótesis que la universidad había perdido en el período de crisis su sentido estratégico y se habían multiplicado las operaciones artesanales de los estudiantes para permanecer en ella. Se trató entonces de reconocer y analizar esas “trayectorias indeterminadas” de los estudiantes en las facultades sometiéndolas a historización. En alguna medida la crisis del ethos ilustrado, el nuevo estatuto del conocimiento en el mundo global y las dinámicas de la vida juvenil en distintos planos (social, cultural, laboral) reclamaban una mirada detenida en los modos de transitar la universidad o en las formas de apropiación de la misma.

La pregunta por los rasgos y alcances de la experiencia universitaria se realizó desde un enfoque biográfico (Arfuch, 2002). A partir de entrevistas individuales y colectivas a estudiantes próximos a graduarse se pudo ahondar en los itinerarios biográficos, en las miradas retrospectivas sobre la experiencia universitaria y en los balances críticos sobre la universidad pública en un momento de cierre de un ciclo histórico de la universidad pública y a la vez de transición. La noción de experiencia (Jay, 2009) resultó una categoría teórica fértil para abordar desde un enfoque histórico-cultural el derrotero de la vida universitaria en un tiempo-espacio determinado. Con diversos énfasis en el pragmatismo (actividad del sujeto), la historia cultural marxista (contextos materiales) y el feminismo posestructuralista (narración), la noción de experiencia posibilitó abrir un espectro complejo de dimensiones de análisis y reconstruir las prácticas de los estudiantes en la vida cotidiana, prestando particular atención al análisis de los contextos institucionales en que esas prácticas se desplegaban. Los relatos de vida, que pueden ser también pensados como “relatos de prácticas”, se orientaron “hacia la descripción de experiencias de vida en primera persona y de contextos en los que esas experiencias se han desarrollado” (Bertaux, 2005: 21). .

Una narrativa histórica sobre el tiempo transcurrido en la universidad pública entre fines del siglo XX y los inicios del nuevo siglo, fue tomando forma a partir de los relatos de los estudiantes. Las historias de vida permitieron ahondar en los itinerarios formativos que se desplegaron desde el ingreso hasta la proximidad de la graduación, e identificar circunstancias históricas, hitos biográficos y procesos institucionales. La comprensión e interpretación de las experiencias evocadas en los relatos requirió detenerse en aspectos particulares de la historia institucional de la Universidad de Buenos Aires, en la crónica de la vida cotidiana en las facultades y en los acontecimientos sociales, culturales y políticos. Los estudiantes entrevistados cursaron carreras de la Facultades de Filosofía y Letras y de Ciencias Sociales de la UBA, que a partir de la década del 90 sufrieron la ampliación de sus matrículas, el congelamiento de sus presupuestos y una fuerte reconfiguración de sus campos de conocimiento. El período de crisis estuvo signado a la vez por clausuras, destiempos y transiciones, y las experiencias de los estudiantes atravesada por la ambivalencia, la inestabilidad y la incertidumbre.

La llegada a la universidad, que en el caso de la UBA supone el cursado del Ciclo Básico Común, conformado por una serie de materias de formación general y otras específicas de las carreras elegidas, que se cursan durante un año, constituyó una experiencia iniciática en los relatos de los estudiantes. Tanto desde el punto de vista académico, como social y cultural, el tránsito por ese primer año universitario -que tiene una autonomía como ciclo formativo respecto de las facultades y carreras- está vinculado con el sistema de ingreso irrestricto que rige en la Universidad de Buenos Aires con esta modalidad y con otras modalidades en distintas universidades públicas de la Argentina desde la recuperación de la democracia en 1983. Desde la perspectiva de los estudiantes ese primer año representó el pasaje de la escuela secundaria como experiencia marcada por la homogeneidad social y por cierto orden endogámico desde el punto de vista institucional, a la universidad como lugar de una experiencia social más plural y de exogamia estatal, signada por la masividad. Si la tradición de apertura de la universidad pública, asentada en la idea de igualdad de oportunidades y ligada con cierta impronta plebeya, fue reivindicada por los estudiantes, reconocieron al mismo tiempo la debilidad de los rituales y soportes institucionales para sostenerla. Los estudiantes ingresaron a un mundo institucional desarrollando tácticas de colaboración entre pares para moverse y adaptarse a un mundo percibido en ocasiones como hostil, en el que pesaron las competencias adquiridas en las escuelas secundarias, más libradas a la adaptación individual que a la direccionalidad institucional. Por otra parte, y desde el punto de vista de la alfabetización académica, el papel habilitante o no en el vínculo con el conocimiento de los profesores y la construcción por parte de los estudiantes de un método o mecanismo para el estudio, como verdadero artefacto dirigido a la apropiación de las clases, a las prácticas de lectura o a la resolución de las evaluaciones, resultó crucial en el transito exitoso por ese año inaugural de la vida universitaria.

La experiencia estudiantil en la Universidad de Buenos Aires emergió en los relatos como una experiencia urbana, en tanto supuso en su transcurso el desplazamiento cotidiano y el conocimiento de la ciudad y sus alrededores. El dato que indica que casi más de la mitad de los estudiantes procedían de la provincia de Buenos Aires, puso en un lugar central los itinerarios urbanos y suburbanos. El estudio colectivo o las actividades culturales y políticas de los estudiantes propiciaron el viaje y los desplazamientos cotidianos, dando lugar a aprendizajes sociales, pero también evidenciaron el malestar por los transportes públicos o por los recurrentes cortes de calles en un período en el que se multiplicaron las movilizaciones sociales por reclamos de diverso tipo. Las facultades, ubicadas en distintos puntos de la ciudad y con más de una sede en uno de los casos, tenían entonces serias dificultades edilicias en cuanto a su capacidad de albergar matrículas en crecimiento exponencial y de mantenimiento por la reducción de los presupuestos, y al mismo tiempo una estética expresiva marcada por el activismo político estudiantil. El contacto con las mismas, dio lugar a percepciones y usos cotidianos disímiles por parte de los estudiantes. Las demandas de algunos grupos por un uso no solo académico, sino también social y festivo de las facultades, marcó una época signada en la cultura juvenil por la cultura de la noche. El relato de un día en la vida cotidiana de los estudiantes reveló el tiempo flotante y la experiencia del vagabundeo de algunos, así como también las largas jornadas de otros, que combinaron estudio, trabajo y militancia, adquiriendo relevancia las diferencias sociofamiliares y de género en la vida estudiantil, así como las diferencias etáreas y las distintas responsabilidades familiares.

Las experiencias de conocimiento de los estudiantes se produjeron en escenarios de masividad, en una cultura material que combinó la fabricación industrial y artesanal de los materiales de estudio (los llamados “apuntes”) a través de la generalización de las máquinas fotocopiadoras, el uso de las incipientes nuevas tecnologías y un débil recurso a las bibliotecas. Los locales de apuntes se multiplicaron dentro y fuera de las facultades. Las carreras de humanidades y ciencias sociales sufrieron una importante reconfiguración de sus planes de estudios en plena etapa de globalización académica. Si bien con notables diferencias según las disciplinas, el contacto diario con el conocimiento universitario se produjo a través de las prácticas de lectura, individuales y colectivas, con sus componentes técnicos, pragmáticos y sensibles, y en la trama de los vínculos intersubjetivos entre pares y entre profesores y estudiantes. Las apreciaciones sobre las clases teóricas, como dispositivo clásico de transmisión de la cátedra, que pervive en estas facultades aunque sujeto a revisión crítica, oscilaron entre el reconocimiento de las “lecciones de maestros”, sea por la capacidad del relato oral, por el dominio erudito de un campo de conocimiento o por la interpelación cognitiva del estudiante por parte del profesor, y la desacralización, como práctica considerada anacrónica o por la falta de talento del mismo.

La experiencia estudiantil se caracterizó por la importancia de la sociabilidad de pares que tomó forma en los primeros años a partir de acontecimientos azarosos pero también de la continuidad de lazos creados en la escuela secundaria, estrechamente ligada a las dinámicas asociativas de la vida universitaria, con componentes lúdicos y utilitarios, y desplegada en distintos espacios (las propias facultades, los bares y parques cercanos a las facultades, casas, entre otros). Si bien la universidad pública como espacio de sociabilidad estudiantil constituye un fenómeno que puede considerarse como transhistórico, los relatos de los estudiantes indicaron el carácter crucial de los lazos entre pares como sostén en tiempos de notable desestabilización institucional. Mientras los estudios sociológicos e históricos han ahondado en las formas de la sociabilidad, permitiéndonos problematizar la sociabilidad estudiantil en algunas escenas de la vida universitaria (la conversación en los bares, las reuniones para estudiar en las casas, las fiestas en las facultades), las indagaciones filosóficas han permitido pensar en la creación de las figuras de la amistad. La universidad fue un espacio para la configuración de lazos de amistad, en los que intervinieron en forma singular fronteras sociales e identificaciones políticas: la experiencia universitaria se reveló crucial, sea para reafirmar las amistades preuniversitarias o para confirmar nuevas vinculadas con el nuevo mundo simbólico compartido.

El tránsito de los estudiantes por la universidad estuvo atravesado por los acontecimientos de los años 2001/2002, activando en los relatos una memoria de la crisis con sus manifestaciones en la vida familiar y con sus dinámicas particulares en las instituciones, una crisis cuyas huellas seguían permeando un presente histórico que comenzaba a ser objeto de nuevas reconfiguraciones a partir de las políticas del nuevo gobierno. Recordada por ser catalizadora de situaciones familiares o personales, por sus efectos directos en el cursado de las carreras o por la participación en movilizaciones públicas, la crisis del año 2001 detonó nuevas interpretaciones y visiones de los estudiantes sobre la presencia de los sectores sociales en la universidad (de sectores medios y de sectores populares) y en particular sobre el estatuto de la clase media. La lenta salida de la crisis propició un vuelco del movimiento estudiantil sobre aspectos político-académicos en culturas institucionales que no quedaron indemnes después de la crisis.

El horizonte de la graduación permitió una mirada retrospectiva del conjunto de la experiencia universitaria, planteándose en los primeros años de la vida la universidad como un lugar en el que transcurrió un tiempo vital, iniciático, para convertirse en los últimos en un lugar de paso, más extraño y menos cercano. Se habían abierto distintos caminos en los itinerarios de los estudiantes: la incursión en distintos trabajos, en muchos casos a partir de pasantías laborales en convenio con las propias facultades, provocaron en casos específicos el alargamiento de las carreras bajo la promesa de una futura estabilidad laboral; en otros, la presentación a becas de investigación y el horizonte de una carrera académica se perfilaba como opción, acelerando los tiempos de graduación y fomentando el contacto con los profesores. Si la universidad fue al principio un conjunto de espacios de experiencias, a medida que el alargamiento de las carreras provocó un desfase respecto de la regularidad común se convirtió en un espacio de tránsito, usado desde el interés o necesidad individual y despojado de afectividad; los grupos otrora percibidos como homogéneos se tornaron heterogéneos, dando lugar a balances críticos. Los actos de graduación pusieron en escena a través de portavoces estudiantes las creencias construidas en un tiempo de crisis sobre el valor político de la universidad pública. La mirada global sobre la experiencia universitaria inconclusa por parte de los estudiantes fue objeto de sentimientos de ambivalencia, notoriamente valorada o desmitificada, identificada en todos los casos como inaugural de otro ciclo personal.

En suma, la necesidad de llevar adelante indagaciones situadas, como la que presentamos sintéticamente, en sistemas universitarios con gran heterogeneidad interna; el mayor interés por los relatos o narrativas de los estudiantes, ligado con el impacto del giro biográfico en las ciencias sociales; la necesidad de desandar una lectura exclusivamente centrada en el movimiento estudiantil o de retomarla desde nuevas perspectivas; la inquietud por fenómenos como el abandono o el fracaso educativo; la mirada sobre la cultura juvenil y sus marcas sobre la vida institucional; permiten esbozar la apertura en la Argentina de un nuevo campo de investigaciones sobre los estudiantes universitarios. Investigaciones que pueden proveer nuevos insumos para el diseño y revisión de las políticas universitarias, pero también para el análisis crítico de los estilos institucionales de distintas universidades y facultades. Las universidades públicas en la Argentina, autónomas y cogobernadas, son hoy instituciones con una notable complejidad y llevan adelante una multiplicidad de tareas formativas y de otro tipo, muchas veces invisibilizadas. La investigación sobre los itinerarios estudiantiles constituye, en este sentido, una vía de indagación privilegiada.

De los estudios de caso a las agendas de la educación superior

 

Explorar la experiencia de los estudiantes universitarios a través de narrativas biográficas conduce invariablemente a una indagación de las instituciones universitarias. Lo que irrumpe en los relatos, de manera velada o directa, es la universidad, con sus fronteras difusas, como construcción compleja atravesada por modelos e imaginarios de distintos ciclos históricos y por particularidades institucionales propias de las facultades, en este caso, de humanidades y ciencias sociales. Los estudiantes, a la vez que constituidos por las instituciones de educación superior, son testigos históricos de las mismas, y en este sentido, ofrecen una mirada generacional sobre la universidad. Si bien es posible pensar en la existencia de una “forma universitaria” (Douailler, 2011) se trata de ahondar en los rasgos comunes y particulares de la experiencia transitada, siendo los estudiantes portavoces y actores en la configuración y reconfiguración de esas formas universitarias.

La universidad pública en la Argentina constituye un objeto de estudio singular, en tanto su derrotero histórico revela la articulación de elementos y significados de distintas épocas. En su larga historia se reconocen distintas tensiones: entre tendencias modernizadoras y conservadoras desde el punto de vista institucional; entre principios meritocráticos y principios igualitaristas en las culturas institucionales; entre demandas sociales y producción de conocimiento académico según parámetros internacionales; entre políticas de estado y autonomía universitaria. Como señala Chauí (2003), si la universidad era inseparable de la idea de democracia y de democratización del saber, se dirime hoy entre ser pensada como una organización social en la que prime el sentido instrumental o como una institución social que aspira a la universalidad. De allí que el debate sobre la misma siga teniendo una fertilidad notable, en tanto la universidad pública como tradición institucional y como cuerpo vivo, encarna los desafíos y dilemas de garantizar de la mejor manera el derecho a la educación superior.

La crisis institucional que se produjo en las universidades a fines del siglo XX estuvo vinculada con la pérdida de prioridad del bien público universitario en las políticas públicas (Boaventura de Souza Santos, 2007). Sin embargo, su renovada presencia en el sistema universitario argentino, con la combinación de gratuidad, cogobierno y apertura en el acceso, revela una nueva ampliación de lo público en pleno siglo XXI. El sistema universitario nacional en la Argentina está conformado hoy por 47 universidades nacionales, de las cuales 10 han sido creadas en los últimos años.

Los relatos de la vida universitaria en facultades de una megauniversidad como la Universidad de Buenos Aires, en la investigación de caso que presentamos, permitieron ahondar en algunos temas relevantes para la agenda de la educación superior en la Argentina, en un contexto de globalización académica, de tendencias a la mercantilización del conocimiento universitario y de debate internacional sobre el financiamiento de las instituciones públicas, pero a la vez de creación de nuevas universidades estatales, de demandas estudiantiles y de ampliación del derecho a la educación superior en el país.

Entre esos temas cabe mencionar, en primer lugar, lo que se ha dado en llamar la tradición plebeya del sistema universitario argentino. Si bien algunos autores señalan la existencia de componentes míticos e ideales en esa tradición asociada al principio de igualdad de oportunidades, se trata en todo caso de repensar sus alcances prestando atención a los fenómenos vinculados con el abandono de los estudios en los primeros años y con la graduación, de tal manera revisar los efectos sociales invisibles de las culturas institucionales.

En segundo lugar, un tema crucial es la inserción de macrouniversidades (como la Universidad de Buenos Aires) en grandes ciudades, estando ausente en muchos casos una agenda de trabajo entre autoridades políticas locales y autoridades universitarias acerca de los problemas y las demandas vinculadas con la circulación urbana de una masa significativa de estudiantes y profesores, pero también demandas edilicias, académicas y formativas, no restringidas a la resolución de urgencias como la existencia de locales que den respuestas al constante crecimiento de la cantidad de estudiantes. Sea bajo la forma histórica del campus o ciudad universitaria o de la presencia de facultades dispersos en el territorio urbano, la relación universidad-ciudad constituye un tópico clave considerando la combinación del exponencial aumento de la población estudiantil y del crecimiento de las ciudades como tendencia global.

En tercer lugar, otro tema central lo constituye la problemática de la democratización del acceso al conocimiento, considerando las modalidades y estilos canónicos y nuevos de los profesores, las características diferenciales de las facultades y carreras y las tendencias vinculadas con la digitalización del conocimiento y el acceso abierto, pero también la situación de los patrimonios bibliográficos universitarios como bienes a disposición o no de nuevas generaciones de estudiantes.

Por último, un tema central es el impacto recurrente de las coyunturas de crisis económicas y políticas sobre las instituciones universitarias públicas, que le imprimen una inestabilidad notable. Se trata nuevamente de valorar en este sentido el papel de los movimientos estudiantiles, aún en el marco de una mayor heterogeneidad de experiencias y percepciones juveniles acerca de la participación política, como un actor relevante en los debates de la opinión pública, en la reconfiguración de las políticas universitarias y en la interpretación de los fenómenos de la desigualdad social en las instituciones. Pero también supone afirmar el compromiso ineludible del estado de garantizar condiciones para que la formación universitaria cuente con una fortaleza y estabilidad institucional, que permita sortear los efectos negativos del carácter cíclico y crítico de las economías nacionales sujetas a las dinámicas del capitalismo financiero internacional.



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