Tras las huellas de la participación política. Un estudio sobre la experiencia reciente de estudiantes universitarios

• Antonio Camou •• Marcelo Prati ••• Sebastián Varela
SECCIÓN: DOSSIER
• Doctor en Ciencias Sociales, con especialización en Ciencia Política (FLACSO México). Departamento de Sociología, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad Nacional de La Plata (UNLP). Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales (UNLP-CONICET). antoniocamou@yahoo.com.ar
•• Doctor en Ciencias Sociales (FLACSO Argentina). Departamento de Sociología, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad Nacional de La Plata (UNLP). Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales (UNLP-CONICET). marcelo.prati@speedy.com.ar
••• Doctor en Ciencias Sociales (Universidad de Buenos Aires). Departamento de Sociología, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad Nacional de La Plata (UNLP). Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales (UNLP-CONICET). varela.sebastian@gmail.com



Resumen


En el presente trabajo se busca indagar en torno a la experiencia política de los estudiantes de la Universidad Nacional de La Plata, tanto en el plano de la política universitaria como de la política nacional. Mediante una investigación por encuestas, se analizan tres dimensiones de dicha experiencia: a) las creencias, conocimientos o información sobre la institucionalidad política, b) las actitudes hacia la participación, y c) las prácticas participativas, tanto en el espacio universitario (agrupaciones estudiantiles y asambleas) como fuera del mismo. Se postula la existencia de tres brechas que atraviesan la experiencia de participación política de los estudiantes: la primera se da entre el compromiso político personal y las prácticas efectivas; la segunda entre la intensidad de la participación y la ocupación de espacios institucionales de gobierno en la universidad y la tercera entre las adscripciones de los estudiantes cuando se ubican en el campo político nacional y el sentido de su voto cuando sufragan en el nivel universitario.

 

Palabras Clave: estudiantes, estudiantes universitarios, experiencia de los estudiantes, experiencia política, participación política, movimientos estudiantiles, Universidad Nacional de La Plata.

 

 

Abstract

 

This paper seeks to inquire about the political experience of students at the National University of La Plata, both in terms of university policy and national politics. Through a survey research, three dimensions of this experience are discussed: a) the beliefs, knowledge or information about political institutions, b) attitudes towards participation, and c) participatory practices, both in the university area (student groups and assemblies) and outside it. The existence of three gaps in the experience of student political involvement is postulated: the first is between the personal political commitment and effective practices; the second between the intensity of participation and the occupation of institutional governance spaces at the university; and the third between ascriptions of students when placed in the national political field and the direction of their vote when they ballot at the university level.

 

Keywords: university students, political experience, political participation, student movement, National University of La Plata

 

1. Presentación

 

Hace poco más de una década, Pedro Krotsch señalaba la relativa ausencia de investigaciones sistemáticas sobre los estudiantes universitarios en el marco de un creciente campo de estudios sobre la educación superior en América Latina, con particular referencia al caso argentino. Esa carencia se hacía todavía más notoria al constatar los profundos cambios de horizonte histórico en que se desarrollaron experiencias como la Reforma Universitaria de Córdoba en 1918 o la radicalización política estudiantil de los jóvenes latinoamericanos durante las décadas de los años sesenta y setenta, frente a los nuevos escenarios (nacionales, regionales, globales) conjugados en tiempo presente. “Lo que parece hoy irrebatible –nos decía– es que las condiciones sociales, la universidad, la subjetividad y las orientaciones y la cultura de los jóvenes se han modificado”, y lanzaba un desafío que encerraba las claves de un cautivante programa de investigación:

¿Qué tiene que ver el estudiante de hoy con aquél de los sesenta? Creo que el estudiante de hoy está fuertemente implicado en la cultura de los jóvenes al mismo tiempo que menos adherido a la cultura de la institución universitaria, pues la institución educativa en crisis ha perdido la capacidad de transformar normas y valores en subjetividad. Ha perdido su capacidad socializadora, de construir hegemonía y distancia con el entorno. Al mismo tiempo que junto al debilitamiento de la universidad como espacio de conservación de la cultura de élite, se fortalece la denominada cultura popular de masas, de la cual los sectores juveniles son la espina dorsal, “un estado ejemplar” para la sociedad (Krotsch, 2002).

Inspirado en estas reflexiones, este trabajo forma parte de un proyecto de investigación de más largo aliento que analiza el papel de los estudiantes en el marco de una nueva configuración universitaria en la Argentina actual. El proyecto explora los alcances de una hipótesis básica: la experiencia política de los estudiantes universitarios es fruto de un complejo proceso de socialización en el que se vinculan las trayectorias personales de los jóvenes con diferentes campos de la vida social, y en el que se destacan –en un plano principal- las dinámicas específicas de la política institucional de las casas de estudio y las lógicas propias del ámbito disciplinar, y en un plano secundario, el papel jugado por la política partidaria y socio-territorial. En otros términos, los derroteros de la política de partidos son siempre mediados por las lógicas específicas del mundo universitario, lo cual remarca la “relativa autonomía” en que se mueve la vida política estudiantil en el marco de la universidad. De manera más específica, en estas notas analizamos la experiencia política de los estudiantes de la Universidad Nacional de La Plata, tanto en el plano de la política universitaria como de la política nacional. Mediante una investigación por encuestas, se analizan tres dimensiones de dicha experiencia: a) las creencias, conocimientos o información sobre la institucionalidad política, b) las actitudes hacia la participación y c) las prácticas participativas, tanto en el espacio universitario (agrupaciones estudiantiles y asambleas) como fuera del mismo. Se postula la existencia de tres “brechas” que atraviesan la experiencia de participación política de los estudiantes: la primera se da entre el compromiso político personal y las prácticas efectivas; la segunda entre la intensidad de la participación y la ocupación de espacios institucionales de gobierno en la universidad; y la tercera entre las adscripciones de los estudiantes cuando se ubican en el campo político nacional y el sentido de su voto cuando sufragan en el nivel universitario.

 

2. Explorando la experiencia política estudiantil

 

La noción de “experiencia” arrastra una larga deriva de entonaciones filosóficas, teóricas o vivenciales, moduladas tanto desde el discurso letrado como desde los más transitados pliegues del lenguaje cotidiano (Sazbón, 1996; Jay, 2009). En un primer acercamiento, podríamos decir que se halla “en el punto nodal de la intersección entre el lenguaje público y la subjetividad privada, entre los rasgos comunes expresables y el carácter inefable de la interioridad individual” (Jay, 2009: 20). En los últimos años, las investigaciones de Sandra Carli (2012 y 2014) han utilizado este sugerente cristal analítico para “explorar los modos en que los estudiantes transitan la vida universitaria” en las instituciones argentinas, buscando producir “un relato histórico atento a la sensibilidad de lo cotidiano y a los modos de apropiación de las instituciones, a los contextos materiales de lo vivido y al lenguaje de la narración retrospectiva” (2012: 27). Aunque la utilización de encuestas puede parecer a primera vista un instrumento menos apto para este tipo de indagaciones, entendemos que su aplicación para el estudio de procesos de “participación política” abre un interesante espacio de análisis y reflexión.

En el marco de una institucionalidad democrática se entiende habitualmente por “participación política” un conjunto de prácticas por las cuales un actor toma parte “activa, voluntaria y personalmente” en un proceso público de toma de decisiones (Sartori, 2009: 35). La referencia al carácter “voluntario” de la participación es importante para distinguirla de las formas coercitivas de encuadramiento y movilización “desde arriba”, típicas de los sistemas autoritarios (Sani, 1998: 1137).

Como lo han puntualizado distintos autores, la participación puede ser entendida como un continuo de situaciones, cuyas fronteras nunca pueden ser delimitadas con absoluta nitidez, con diferentes escalas o niveles de involucramiento (O’Donnell, 1972; Zimmerman, 1992; Delfino & Zubieta, 2010). Limitándonos a las formas institucionales o convencionales de la acción política, y tomando libremente el criterio clasificatorio ofrecido por Giacomo Sani, podríamos distinguir tres niveles1. En un primer nivel, podría hablarse de una participación “pasiva” (mínima, limitada o básica); se trata de “comportamientos esencialmente receptivos”, tales como la presencia en reuniones, la exposición voluntaria a mensajes políticos o la concurrencia a actos comiciales de carácter obligatorio. La segunda forma puede indicarse como participación “activa”, en la que se desarrollan de manera relativamente estable “dentro o fuera de una organización política” una serie de “actividades” de apoyo, como “cuando se hace obra de proselitismo, cuando se hacen compromisos para trabajar en la campaña electoral, cuando se difunde la prensa del partido, cuando se participa en manifestaciones de protesta, etc.” Finalmente, nos encontraríamos con una participación “militante” allí donde se forja un compromiso estable de asumir responsabilidades de representación, delegación o dirigencia (Sani, 1998: 1137). Para nuestros fines, el “votante”, el “adherente” y el “militante” de una agrupación política estudiantil pueden ilustrar cabalmente cada uno de estos niveles.

En las democracias modernas, y en cualquier organización con cierto grado de complejidad de funciones y amplitud de miembros, el vínculo que une a ambos extremos del continuo de participación política es el lazo de “representación”. Literalmente “re-presentar” significa “presentar de nuevo y, por extensión, hacer presente algo o alguien que no está presente” (Sartori, 1992: 225). El término hace referencia a un universo bastante vago y diverso de prácticas pero en un esfuerzo de síntesis podríamos distinguir al menos dos sentidos principales. De lado de la vita activa, la representación se refiere a un tipo de acción, según la cual “representar es actuar según determinados cánones de comportamiento en referencia a cuestiones que conciernen a otra persona”; de manera más específica, la “representación política” consiste en “un proceso de elección de los gobernantes y de control sobre su obra a través de elecciones competitivas”. Del lado de la vita contemplativa, en un sentido epistémico, cognitivo o estético, la representación supone alguna forma de reproducción simbólica de propiedades o peculiaridades existenciales; dicho de otro modo: “Representar es poseer ciertas características que reflejan o evocan las de los sujetos u objetos representados” (Cotta, 1998: 1384-1390).

Norbert Lechner ha trazado una sugerente vinculación entre ambas significaciones al indagar los problemas de la construcción simbólica de la representación política; en particular, al discutir el problema arendtiano acerca de si la política “debe y puede” representar lo social. Como ha señalado el autor germano-chileno, “hoy en día se ha abandonado una concepción reduccionista de la representación: no tomamos la representación por una copia fiel de una realidad social supuestamente natural-objetiva. Lo social no es un dato dado, sino construido”, y aunque esa “construcción social (discursiva) de la realidad se encuentra… condicionada por las condiciones materiales”, es preciso entender la representación como “construcción simbólica e imaginaria de la realidad social” (Lechner, 1992: 135/6).

De manera análoga se ha expresado Murray Edelman, al sostener que “los observadores y lo que observan se construyen recíprocamente”, que “los desarrollos políticos son entidades ambiguas que significan lo que los observadores interesados construyen, y… que los roles y autoconceptos de los observadores mismos son también construcciones, creadas por lo menos en parte por sus observaciones interpretadas”. En esta perspectiva, un problema social, un enemigo político o un líder es “tanto una ‘entidad’ como un ‘significante’ con una gama de significados que varía de modos que… (sólo) podemos comprender parcialmente”. Así, los actores de la vida política también son construcciones simbólicas; en parte porque “sus acciones y su lenguaje crean su subjetividad, su sentido de quiénes son”, pero en parte también porque “las personas que participan en la política son símbolos o posturas morales y se convierten en modelos de rol, puntos de referencia o símbolos de amenaza o maldad” (Edelman, 1991: 8).

A partir de estas consideraciones podemos retomar la problemática de la representación en la actualidad, para examinar su “metamorfosis” (Manin, 1992) o indagar en un “malestar” (Mustapic, 2008) que en muchas ocasiones es tematizado como una verdadera crisis. Como lo ha resumido una especialista argentina, la cuestión puede ser abordada desde dos perspectivas diferentes pero complementarias.

Desde una primera mirada, centrada en el vínculo “partido-ciudadanos”, la representación es entendida a partir de su “capacidad para expresar los rasgos de la sociedad en la que se despliega… El malestar sobreviene aquí con la ruptura de ese vínculo y se traduce en la dificultad de los partidos políticos para agregar y articular los intereses sociales”. En este caso, se asume que si la relación partido-ciudadanos es “construida adecuadamente los partidos políticos habrán de responder a las demandas de su electorado a través de políticas públicas consistentes”. Por tal razón, los problemas de representación se resolverían al promover reformas orientadas esencialmente al “acercamiento entre representantes y representados” (Mustapic, 2008: 4). En términos de Sartori, esta visión pone el acento en la dimensión de la “representatividad”, es decir, en la idea según la cual “nos sentimos representados por quien ‘pertenece’ a nuestra misma matriz de ‘extracción’ porque presumimos que aquella persona nos ‘personifica’”, y por tanto, el problema de la representación consistiría en “encontrar una persona que nos sustituya personificándonos” (Sartori, 1992: 234).

Para una perspectiva centrada en la relación “partido-gobierno”, en cambio, el eje de atención está puesto en el “desempeño en el cargo de quienes han sido investidos de la representación… y comporta un problema de ejercicio del poder de decisión”. En este caso, argumenta Mustapic, el malestar emerge “cuando las decisiones que adoptan los representantes en el marco de ese ejercicio gestionan deficientemente los intereses sociales que les han sido confiados”. Así, esta mirada comienza por poner en cuestión aquello que la primera daba por sentado: “la disposición y la capacidad de los representantes para ocuparse en forma competente de los intereses de quienes los han votado” (2008: 4). En palabras de Sartori, nos encontramos aquí con un problema de “responsabilidad”, tanto en el sentido que el representante debe “responder” al titular de la relación, como que debe “alcanzar un nivel adecuado de prestación en términos de capacidad y eficiencia” (Sartori, 1992: 234).

Ahora bien, frente al tópico de la “crisis” de representación la noción de “metamorfosis” introducida por Manin (1992) tiene un par de ventajas. Por un lado, le devuelve su plena substancia histórica a la problemática de la representación, y al hacerlo deja de poner en un lugar absoluto, incluso al punto de idealizarla, una forma concreta de estructura de representación –por caso, la “democracia de partidos”–, contra la que debería compararse el malestar actual con el lazo representativo. Por otro lado, al desplazar el sentido puramente negativo encerrado en una noción estrecha de crisis, la reflexión de Manin ayuda a poner atención en las lógicas específicas que estarían gobernando las nuevas formas en las que se ejerce el vínculo de representación. Desde esta perspectiva se nos aparecen distintos núcleos de discusión en torno a la experiencia política estudiantil que nos permiten examinar en qué medida y bajo qué sentidos, es posible hablar de una “brecha de representación” entre lo que se dice y lo que se hace, entre lo que se imagina y lo que se vivencia, entre lo que se expresa y lo que se vota.

 

3. Experiencia política de los estudiantes de la UNLP, un panorama

 

En esta sección presentaremos una caracterización general de las principales dimensiones de la experiencia política de los estudiantes de la UNLP relevadas en la encuesta2. Como preámbulo, presentamos algunos rasgos generales de los estudiantes encuestados:3

- 82% son oriundos de la provincia de Buenos Aires (42% de la propia ciudad de La Plata, 8% del Gran Buenos Aires -GBA-, y 32% del resto de la provincia), 16% del resto de las provincias argentinas, y 2% extranjeros.

- 58% son mujeres.

- 57% egresó de colegios secundarios públicos, mientras que el restante 43% egresó de colegios privados (35% de privados religiosos y 8% de privados laicos).

- 61% no trabaja (son estudiantes full time).

- El 61% tiene padres sin estudios universitarios completos, el 22% tiene a uno de sus padres con estudios universitarios finalizados, y el 17% restante tiene ambos padres con estudios universitarios completos. Asimismo, el 52% de los alumnos tiene padres que nunca asistieron a la universidad.

- En las dimensiones aquí consideradas hay semejanzas con la Universidad de Buenos Aires (UBA), excepto en lo referido a trayectorias de estudios secundarias (en la UBA el sector privado tiene mayor peso) y a la situación ocupacional (en la UBA sólo el 37% de los estudiantes es full time).4

Centramos ahora la atención en la caracterización de la experiencia política de los estudiantes en dos niveles, el de la política universitaria y el de la política nacional, a partir de tres ejes organizadores: las creencias o conocimiento de los estudiantes, sus actitudes y sus prácticas. En la medida en que resulten comparables, pondremos en relación estos datos relevados en 2011 y 2012 en la UNLP, con los obtenidos en una encuesta pionera realizada una década antes en la principal universidad de la Argentina, la Universidad de Buenos Aires, en el marco de una investigación dirigida por Francisco Naishtat y Mario Toer (Naishtat y Toer, 2005).

El conocimiento acerca de temas de política universitaria aumenta a medida que las cuestiones están más cerca de la cotidianidad de la vida estudiantil, tendencia que se observaba también en la encuesta de la UBA: el 12% de los estudiantes sabe quién es el presidente o rector de la universidad (29% en la UBA), el 24% sabe cuál es el máximo órgano de gobierno de su Facultad, el 45% conoce el nombre del decano de la misma (37% en la UBA) y el 84% conoce el nombre de la agrupación estudiantil que conduce su centro de estudiantes (67% en la UBA) (Gráfico 1).5

Gráfico 1. Nivel de conocimiento institucional (%).

En relación con las actitudes hacia la política universitaria, podemos observar matices diferentes según se pregunte por la “apreciación afectiva” más inmediata o por la “consideración más normativa” en cuanto a su importancia: mientras el 47% manifiesta indiferencia hacia la misma y sólo un 35% interés (las actitudes más extremas son minoritarias, con cierto predominio de las negativas), el 66% le asigna mucha o mediana importancia (Gráficos 2 y 3). Esta actitud normativa se manifiesta también en la opinión sobre el voto en la universidad: el 65% considera que debería ser obligatorio, y el 82% afirma que votaría incluso si fuese optativo6 (Gráfico 4).

Gráfico 2. ¿Qué actitud te despierta la política universitaria? (%).

Gráfico 3. ¿Qué importancia tiene para vos la participación en la política universitaria? (%).

Gráfico 4. Opiniones sobre el voto para elecciones de claustros universitarios (%).

Como complemento de la actitud hacia la política universitaria, se recabó la opinión sobre dos temas especialmente relevantes para la identidad de los movimientos estudiantiles latinoamericanos en general y argentino en particular: el arancelamiento o la gratuidad de los estudios, y el carácter irrestricto o selectivo del ingreso a la universidad. Tanto la gratuidad como el ingreso irrestricto han sido banderas del movimiento estudiantil argentino, asociadas al conjunto de reclamos de mayor protagonismo iniciados con la reforma universitaria de 1918, y son hoy rasgos generales característicos de nuestro sistema universitario, más allá de situaciones especiales.7 Entre nuestros encuestados de la UNLP, el 97% se inclina por la enseñanza universitaria gratuita, y el 70% por el ingreso irrestricto (Gráfico 5); en esto se marcan ciertas distancias con los encuestados de la UBA en 2002, con el 83% a favor de la gratuidad, pero sólo un 50% a favor del ingreso irrestricto.

Gráfico 5. Opiniones sobre la gratuidad y el ingreso a la universidad.

En relación con las prácticas de participación política en la universidad, la proporción de quienes participan en agrupaciones estudiantiles, o en asambleas o reuniones políticas, es pequeña: el 10% participa con regularidad o “de vez en cuando” en agrupaciones, y el 19% en asambleas (Gráfico 6). La encuesta de la UBA antes citada consigna cifras similares: 11.1% y 15.5% respectivamente.

Gráfico 6. Participación en agrupaciones y asambleas universitarias (%).

Pasando de la política universitaria a la política nacional, en el plano cognitivo podemos señalar que casi dos tercios de los estudiantes afirman informarse habitualmente sobre temas políticos (Gráfico 7), siendo sus principales fuentes de información diversos medios de comunicación así como la propia familia (Tabla 1).

Gráfico 7. ¿Te informas habitualmente sobre temas políticos?

 

Tabla 1. ¿Te informas habitualmente sobre temas políticos?

Televisión

66.4%

Familia

51.2%

Diarios/revistas

50.2%

Internet

46.6%

Radio

30.6%

Amigos

27.3%

Compañeros de estudio

20.0%

Compañeros de trabajo

7.3%

Total

299.7%

Nota: pregunta de respuesta múltiple. En el plano de las actitudes hemos identificado tres grupos: actitudes hacia la “participación” política, hacia las “instituciones” y hacia la “situación del país”. En relación con la participación, prevalece una actitud representativa o delegativa (en oposición a la participación directa): votar (con un 749%) es el comportamiento más señalado como característico de un ciudadano, frente a la participación en organizaciones sociales (20.4%) o políticas (6.8%) (Tabla 2); de manera congruente, votar para elegir representantes es la opción preferida (con un 59%) como modo de cambio, frente a la participación en movimientos de protesta (25%), pero también frente al escepticismo (16%) (Gráfico 8). Esta actitud hacia la participación política nacional es similar a la actitud antes comentada hacia la política universitaria.
Tabla 2. ¿Cuáles de las siguientes cosas crees que una persona
no puede dejar de hacer si quiere ser considerado ciudadano?

Votar

74.9%

Obedecer las leyes siempre

61.5%

Pagar impuestos

51.5%

Ayudar a los compatriotas que están peor que uno

40.2%

Participar en organizaciones sociales

20.4%

Elegir productos medioambientalmente responsables

16.0%

Participar en organizaciones políticas

6.8%

Total

271.2%

Gráfico 8. ¿Qué pensás que es más efectivo para que puedas influir en cambiar las cosas? (%).
Respecto de las instituciones, en un contexto de evaluación crítica del conjunto del entramado institucional, predomina una actitud más favorable hacia las instituciones estatales, esto es, poderes del Estado y administración pública (excepto policía8), frente a las instituciones privadas o de la sociedad civil, tales como medios de comunicación, empresas, partidos políticos sindicatos o iglesia (Tabla 3). Coherentemente, preguntados acerca del Estado o el mercado como mejor modo de resolver los problemas de la sociedad, más del 90% de quienes respondieron la pregunta se ubican en la mitad pro Estado9 (Gráfico 9). En este punto cabe resaltar un contraste con los resultados obtenidos por Mario Toer (1997) en una encuesta realizada entre estudiantes de la Universidad de Buenos Aires, en donde la confianza hacia las instituciones mostraba un signo inverso: para el año 1995 hallaba una baja confianza general en las instituciones públicas: los poderes del estado, la TV pública, la policía y las instituciones de representación como los partidos y las centrales sindicales; y por otro lado, el auge del sector privado: principalmente las empresas privadas extranjeras, la TV privada, y la iglesia católica. Parecería que el “clima de época”, antes y ahora, influye fuertemente sobre las opiniones de los estudiantes en su conjunto.
Tabla 3. Para cada uno de los grupos o instituciones mencionadas en la lista.
¿Cuánta confianza tenés? (medias).

Confianza en el congreso nacional

2.35

Confianza en el poder judicial

2.28

Confianza en el gobierno

2.26

Confianza en la administración pública

2.20

Confianza en los medios de comunicación

2.15

Confianza en las empresas privadas

2.01

Confianza en los partidos políticos

1.97

Confianza en los sindicatos

1.93

Confianza en la iglesia

1.86

Confianza en la policía

1.86

Se utilizó una escala de confianza con los siguientes valores: 1 “ninguna”, 2 “poca”, 3 “algo”, 4 “mucha”.
Gráfico 9. Actitud “pro Estado” o “pro mercado” (frecuencias).
En cuanto a la actitud hacia la situación actual (2011-2012) del país,10 las opiniones son ambivalentes: si bien predominan quienes piensan que el país está progresando, con un 44%, el 36% piensa que está estancado y el 20% en retroceso (Gráfico 10); el grado de satisfacción es mayor con la democracia que con la economía, pero en ambos casos la opción “no muy satisfecho” es la más elegida (Gráfico 11). Específicamente sobre la gestión de gobierno de la presidenta, también existe una actitud ambivalente: el 59% aprueba algunas medidas y desaprueba otras, en tanto dentro del 40% restante predomina la desaprobación frente a la aprobación, con un 27% frente a un 14% (Gráfico 12). Y acerca del problema más importante del país, frente a un menú de opciones, ninguna supera el 25%, ocupando los primeros cuatro lugares (casi dos tercios de las respuestas) la corrupción (22.8%),11 la inseguridad (15.9%), la falta de valores (14.5%) y la pobreza (12.1%) (Tabla 4).
Gráfico 10. ¿Vos dirías que este país…?
Gráfico 11. ¿Cuál es tu grado de satisfacción con el funcionamiento… (%).
Gráfico 12. ¿Cuál es tu opinión sobre la gestión del gobierno que encabeza Cristina Fernández de Kirchner? (%).
Tabla 4. ¿Cuál es el problema más importante del país? (%).

la corrupción

22.8

la inseguridad

15.9

la falta de valores

14.5

la pobreza

12.1

la baja calidad institucional

9.3

el desempleo

8.1

la inflación

4.6

las violaciones a los derechos humanos

3.9

otro

8.7

Total

100.0

Respecto de las prácticas participativas en general, ocurre algo similar con lo observado en el plano de la política universitaria: frente a la pregunta por un menú de grupos o asociaciones, el 61.6% declara no participar en ninguna, ocupando los primeros puestos la participación en organizaciones deportivas (15.3%) o culturales o artísticas (10%), en tanto sólo un 4.9% afirma participar en partidos políticos, y algo más, un 8.6%, en organizaciones barriales o comunitarias. (Tabla 5)
Tabla 5. ¿En cuál de las siguientes organizaciones/grupos/asociaciones participás? (%).

Deportiva

15.3

Cultural o artística

10.0

Organización social (barrial o comunitaria)

8.6

Religiosa

5.8

Partido político

4.9

Ecologista

3.5

Sindicato/gremio etc.

1.3

Derechos humanos

2.1

Ninguna

61.6

Total

113.1

Nota: Pregunta de respuesta múltiple.
Para finalizar, cabe enfatizar que hemos presentado una caracterización panorámica de la experiencia política de los estudiantes de la UNLP en su conjunto, pero la universidad, como su propio nombre lo indica, es un ámbito de unificación de múltiples tipos y formas de conocimiento, lo que se refleja en diversidades en todos los actores que participan en ella, también en los estudiantes. Si bien una presentación detallada de esta diversidad rebasa los alcances de este trabajo, mencionamos algunos ejemplos. Mientras que, como señalamos más arriba en relación con la actitud hacia la política universitaria, el 47% manifiesta indiferencia y el 35% interés, las cifras correspondientes para la carrera de contador público son 71% y 25% (la relación se acentúa), en tanto para trabajo social son 15% y 64% (la relación se revierte); o si consideramos la proporción de estudiantes que afirman participar en agrupaciones políticas estudiantiles, mientras que el promedio es del 10%, en trabajo social asciende a 26% y entre quienes estudian para contador público desciende al 2%.12

4. Brechas en la participación política

En esta sección intentaremos profundizar el análisis de los resultados de la encuesta a partir de tres cuestiones en las que identificamos “brechas” o desfases en la experiencia de participación política de los estudiantes de la UNLP: una referida al compromiso político personal, que involucra la relación entre creencias (conocimiento, información), actitudes y prácticas efectivas; otra de carácter político institucional, entre la intensidad de la participación y la ocupación de espacios institucionales de gobierno en la universidad; y finalmente una brecha político-ideológica entre adscripciones de los estudiantes cuando se ubican en el campo político nacional y el sentido de su voto cuando sufragan en el nivel universitario.
Los datos presentados más arriba muestran una cierta brecha o discordancia entre actitud y participación. Por un lado, en el plano de la actitud normativa, casi dos tercios de los encuestados le otorgan mucha o mediana importancia a la política universitaria y afirma que el voto en las elecciones de claustros universitarios debería ser obligatorio, y más del 80% afirma que votaría en caso de que el voto fuese optativo.13 Pero por el otro, sólo un 10% afirma participar (regularmente un 2% y de vez en cuando un 8%) en agrupaciones políticas estudiantiles, y un poco más, un 19%, en reuniones o asambleas (regularmente un 4% y de vez en cuando un 15%). Cabe, no obstante, señalar otras respuestas que matizan esta brecha: en el plano de la actitud más afectiva, sólo el 35% afirma que la política universitaria le despierta interés, en tanto el 47% se inclina por la indiferencia (actitud más en sintonía con la práctica).
Complementariamente, resulta relevante prestar atención a la relación entre conocimiento y participación (si bien no es posible referirse a una brecha en este caso). Existe una asociación entre nivel de información de los estudiantes14 y participación en agrupaciones estudiantiles y en asambleas (Gráfico 13).
Gráfico 13. Nivel de información según participación en agrupaciones y asambleas (medias).
Esta asociación entre nivel de información y participación observada entre los estudiantes de la UNLP en 2011/2012, es una regularidad empírica también consignada en la citada investigación de Naishtat y Toer para los estudiantes de la UBA en 2002. Dada esta asociación, los autores se plantean la cuestión de la dirección de la relación: “se puede considerar la información como un presupuesto y/o incentivo para la participación, y se la puede pensar asimismo como un resultado de la participación” (Naishtat y Toer, 2005: 95). Y optan por la segunda, esto es, que la participación genera información, a partir de un argumento según el cual, en ausencia de un equivalente a los medios de comunicación (periódicos, TV) relativamente “neutros” (dado el carácter inevitablemente parcial de la información provista por la propaganda de las agrupaciones), el estudiante que aspira a estar informado en materia de política universitaria debe realizar un esfuerzo especial. Si bien nuestros datos no nos permiten apoyar una explicación en particular para la regularidad encontrada, la interpretación brindada por los autores citados resulta consistente con el bajo grado de participación manifestado por los estudiantes tanto en la encuesta de la UBA como en la de la UNLP.
La segunda brecha apunta a un contraste entre la escasa proporción de estudiantes que declaran tener participación política universitaria, y el importante espacio reservado al claustro estudiantil en los órganos colegiados de gobierno en las universidades públicas argentinas. En el caso específico de la UNLP, la representación estudiantil alcanza a aproximadamente un tercio de los miembros de los consejos directivos de las facultades (hubo una leve variación con la reforma del estatuto en 2008)15. Este fuerte peso de los representantes estudiantiles contrasta con el ya citado 2% que participa regularmente en agrupaciones (o el 10% si se considera la participación ocasional), y con el 4% (o 19%) que participa en asambleas, pero resulta coherente con el peso al que aspiran nuestros encuestados: preguntados por la composición de un órgano colegiado ideal, proponen una representación alta para los estudiantes (33%), similar a la de los profesores (32%) (Gráfico 14).
Gráfico 14. Proporción de la representación por claustros (%).
Para presentar la tercera brecha, la brecha político-ideológica entre política universitaria y política nacional, resultan necesarias algunas referencias contextuales. En la Argentina, en las elecciones para los centros de estudiantes y para los representantes estudiantiles en los órganos colegiados de gobierno de las universidades públicas, los estudiantes se organizan en agrupaciones político-estudiantiles que pueden reflejar alineamientos más o menos explícitos con fuerzas políticas nacionales (como el peronismo, el radicalismo o partidos de izquierda, parlamentaria o no), o referenciarse en movimientos políticos de anclaje territorial no organizados como partidos (por ejemplo, el Frente Popular Darío Santillán, con fuerte presencia en la UNLP), o bien puede tratarse de agrupaciones independientes con alcance restringido a una única facultad en una universidad.
Los resultados de la encuesta nos permiten afirmar la existencia de una brecha entre la opción político-ideológica realizada por los estudiantes en el voto en las elecciones presidenciales nacionales y el voto en las elecciones para centros de estudiantes. Se observa que los estudiantes de la UNLP votan mayoritariamente por las mismas fuerzas políticas nacionales que el conjunto de la población: más del 88% vota por el Frente para la Victoria (peronismo en el gobierno) o por la oposición de centro (radicalismo y otros), en tanto sólo algo más del 11% vota por la oposición de izquierda (Frente de Izquierda y de los Trabajadores, de orientación trotskista, y Proyecto Sur, izquierda nacionalista); pero en el ámbito universitario se inclinan marcadamente por agrupaciones estudiantiles de izquierda, con un 45.5%, en tanto el peronismo universitario (incluyendo agrupaciones con simpatías más o menos estrechas con el gobierno) obtiene un 30.1%, y el radicalismo universitario (en este caso la Franja Morada, brazo universitario del partido radical) un 24.4% (Tabla 6).
Tabla 6. Relación entre voto nacional y voto universitario (%).

 

Voto nacional

Total

Peronismo
gobernante
(FPV)

Oposición de
centro
(FAP, UCR, CC)

Oposición de
izquierda
(FIT, Proy Sur)

Izquierda universitaria

41.9%

42.4%

71.4%

45.5%

Radicalismo universitario

16.9%

38.0%

5.2%

24.4%

Peronismo universitario

41.2%

19.6%

23.4%

30.1%

Total

46.6%
100.0%

41.8%
100.0%

11.6%
100.0%

100%
100.0%

Mirados los datos desde otro ángulo, se podría afirmar que la oposición de izquierda a nivel nacional, con pocos votos entre los estudiantes universitarios en términos absolutos, es especialmente eficiente en su inserción universitaria, dado que el 71.4% de sus votantes votan por agrupaciones estudiantiles de izquierda, perdiendo sólo un 23.4% en manos del peronismo universitario, y muy poco en manos del radicalismo universitario (5.2%). Por el contrario, el Frente para la Victoria sólo retiene un 41.2% de sus votantes en la universidad, y la oposición de centro un 38%, perdiendo respectivamente un 41.9 y un 42.4% de los votos en manos de la izquierda universitaria. A partir de ambas lecturas podemos afirmar la existencia de una autonomía relativa entre la política universitaria y la política nacional, en donde la anomalía está dada por la fuerte inserción de la izquierda en las agrupaciones políticas universitarias, plasmada en la conducción de centros a nivel de facultades y de federaciones a nivel de universidades, y su baja representatividad electoral a nivel nacional, ámbito en el que los estudiantes se comportan de manera muy similar al conjunto de la población. Un dato adicional que refuerza la anomalía, está dado por la autoidentificación ideológica de los estudiantes, en donde predomina ampliamente la opción de centro (con una tenue inclinación hacia la centro-izquierda: la media es 4.53): al solicitárseles que se ubiquen en una escala de 0 a 10 de izquierda a derecha, la opción más elegida fue al central (la 5) con un 41.3% y si consideramos en conjunto las tres categorías centrales (4, 5 y 6), allí se ubica el 58.1% de los estudiantes16. (Gráfico 15)
Gráfico 15. En una escala dónde “0” es la “izquierda” y “10” la “derecha”, ¿dónde te ubicarías? (frecuencias).
Resulta relevante contextualizar este fuerte peso de la izquierda universitaria en la conducción de centros y federaciones en la actualidad, que no se da sólo en la UNLP. A partir de la restauración democrática en 1983, la Franja Morada (expresión universitaria del Partido Radical) tuvo un peso predominante en el movimiento estudiantil argentino en su conjunto (también en la UNLP), acompañando al gobierno en manos del radicalismo hasta 1989, y en oposición al gobierno peronista luego de esa fecha. Pero tras la devastadora crisis económica y política del 2001, que ocasionó la caída del presidente de entonces (perteneciente al Partido Radical), diversas agrupaciones estudiantiles de izquierda ganaron la conducción de un número importante de centros (facultades) y federaciones (universidades) en varias grandes universidades nacionales, como la UNLP, y también la mayor de todas, la Universidad de Buenos Aires17.

5. Reflexiones finales

El análisis sobre los sentidos de la participación política universitaria permite ensayar en estas notas finales una reflexión de índole más general. Como es sabido, la relación que las instituciones de educación superior han venido construyendo con la política argentina tiene una historia larga y compleja. Como en su momento lo resumiera con gran agudeza Pedro Krotsch, al ensayar un balance sobre los cambios universitarios a la salida de la década de los 90:
Lo primero que la universidad pública tiene que generar hoy es una corriente de opinión fuerte capaz de corregir las falencias de la última reforma, sobre todo en lo referido a la verdadera democratización de las estructuras académicas y en el vínculo entre la sociedad y el desarrollo científico... entre todas estas asignaturas pendientes, “la más grave es la de la partidización de la universidad”. Es imprescindible… “despartidizar para politizar” en el mejor de los sentidos, es decir, en el sentido de lograr una preocupación fuerte por los intereses de la polis, de la ciudadanía. ‘Una universidad partidizada no genera confianza en la sociedad’” (2002 a. Las comillas son nuestras).

A través de esta mirada, la fuerte presencia de los partidos políticos en la universidad constituye el reverso institucional de la debilidad efectiva de su autonomía institucional. En una historia dilatada y dramática –recordaba Krotsch– “la autonomía relativa de las instituciones en Argentina ha sido siempre muy débil, porque han estado permanentemente atravesadas por el poder, ya sea de los partidos políticos o de la intervención militar directa” (2002).
En este marco de análisis, la caracterización general de la experiencia política de los estudiantes de la UNLP y el análisis específico de ciertas brechas que hemos presentado, nos hablan de cierta “metamorfosis” de la representación política (Manin) que muestra continuidades y rupturas con la política nacional.
Sin duda las universidades públicas argentinas son un ámbito de ebullición política, y el movimiento estudiantil argentino ha continuado muy activo en los años que siguieron a la restauración democrática en 1983, si bien con rasgos muy diferentes a la etapa de radicalización política de los años 60 y 70, previos a la última dictadura militar. Normalizadas las universidades a mediados de los 80, los militantes estudiantiles, organizados en agrupaciones políticas (vinculada o no a fuerzas políticas nacionales), tuvieron un protagonismo destacado en diversas oportunidades, ya sea movilizados por reivindicaciones específicamente universitarias, como la oposición a la Ley de Educación Superior en 1995, los recortes al presupuesto universitario en 1999 y 2000, o las demandas por cambios en la composición del gobierno universitario en las universidades nacionales de Córdoba, La Plata, Rosario y Buenos Aires entre 2005 y 2007 (Buchbinder y Marquina, 2008: 80-84); ya sea movilizados en vinculación con sectores sociales extrauniversitarios, sobre todo durante la fuerte crisis que atravesó la Argentina en 2001 y 2002. En todos estos casos el repertorio de acciones estudiantiles no se limitó al uso de las instancias institucionalizadas de representación, sino que incluyó acciones directas como tomas de facultades y cortes de calles, así como enfrentamientos con la policía y procesos judiciales.
Ahora bien, este activismo nada desdeñable parecería ensamblarse adecuadamente con la relativa autonomía político-ideológica de la universidad relevada en nuestra encuesta, manifiesta en la fuerte instalación de agrupaciones estudiantiles de izquierda masivamente votadas, que no tiene su correlato en el peso nacional de los partidos políticos afines. Pero esta especificidad política de la universidad parece diluirse en otros indicadores: en las elecciones nacionales los estudiantes votan de manera similar al conjunto de la población, su autoidentificación ideológica es predominantemente de centro (con una ligera inclinación hacia el centro-izquierda), y tienen una actitud y un comportamiento similarmente “delegativo” (y no participativo) que el del resto de los ciudadanos; se podría pensar que la ley de hierro de la oligarquía de Michels también los alcanza. O también, cabe preguntarse en qué medida, la discontinuidad en los contenidos (la orientación ideológica) respecto de la política nacional, es también una discontinuidad en las formas de la política, cuando, “por izquierda”, las agrupaciones estudiantiles adoptan formas de acción directa como el corte de calles, característicos de los movimientos territoriales, o cuando “por derecha” deben captar a sus votantes en tanto usuarios de servicios estudiantiles.18
Estas relaciones empíricas, que hemos tratado de tematizar a través del análisis de las brechas, ciertamente demandan profundización teórica. En este sentido, una pregunta pendiente es en qué medida la universidad es un agente socializador de los estudiantes, ya sea mediante el funcionamiento institucional que la caracteriza, ya sea mediante los rasgos comunes y distintivos que adoptan las diversas formas de conocimiento que la atraviesan. Y más específicamente, para poder dar cuenta de las características que distinguen a la política universitaria, resulta relevante preguntarse cómo se conforman las actitudes y prácticas de participación de los estudiantes, y porqué votan como votan19. Queda para futuras investigaciones cualitativas y cuantitativas en esta y otras universidades, corroborar, desmentir o matizar las regularidades empíricas observadas en la UNLP, e indagar los procesos subyacentes que dan cuenta de las mismas.



NOTAS
1 Una profusa y sugerente literatura nos ilustra sobre la necesidad de distinguir formas convencionales y no convencionales de participación política juvenil (entre otros: Balardini, 2000 y 2005; Béndit, 2000; Bonvillani et al., 2008; Chávez, 2009; Picotto y Vommaro, 2010). Aunque de acuerdo con esa distinción, en este trabajo nos concentraremos en los canales institucionalizados de acción política universitaria.
2 Ficha técnica de la encuesta: Trabajo de campo realizado a finales de 2011 y principios de 2012. Población: estudiantes de grado de la UNLP (111 mil 577 alumnos en 2012). Diseño muestral: muestreo estratificado polietápico. Nivel de confianza: 95%. Error muestral: ±2,4%. Tamaño de la muestra: mil 659 casos, se relevó información en 16 de las 17 facultades (con la excepción de Ciencias Médicas, donde no autorizaron el sondeo). Instrumento de recolección: cuestionario anónimo autoadministrado en comisiones de trabajos prácticos, con presencia de un coordinador de campo del equipo de investigación para la resolución de dudas y preguntas de los respondentes.
3 Una versión más extendida de esta caracterización general puede consultarse en Varela y otros, 2012.
4 Se han obtenido datos sobre la UBA de las siguientes fuentes: Naishtat y Toer (2005); Toer (1997); Rivas (2010); y UBA (2011).
5 Todas las tablas y gráficos presentados son de elaboración propia y tienen como unidad de análisis a los estudiantes de la UNLP.
6 En la Argentina las elecciones para centros de estudiantes y para representantes estudiantiles en los órganos de cogobierno universitario se realizan en la gran mayoría de las universidades públicas una vez al año, siendo en general obligatorio para las segundas (así lo es en la UNLP).
7 En 1949, durante el gobierno de Juan Domingo Perón, se dictó un decreto suprimiendo los aranceles universitarios, los cuales fueron restituidos en el marco de gobiernos autoritarios. En la actualidad, si bien la vigente Ley de Educación Superior de 1995 habilita a las universidades públicas a establecer aranceles para los estudios de grado (debiendo destinarse los recursos así obtenidos a ayuda estudiantil), en el marco de su autonomía la amplia mayoría de las instituciones ha mantenido la gratuidad (no así en los estudios de posgrado). En cuanto al ingreso, desde la recuperación democrática en 1983, en las universidades públicas, sobre todo en las más grandes y tradicionales, predomina el ingreso irrestricto (con cursos de nivelación no eliminatorios en muchos casos), con la excepción parcial de las carreras de medicina de varias universidades nacionales, algunas con examen de ingreso, y otras con examen y cupo.
8 La institución policial es la que evidencia el menor nivel de confianza, en concordancia con los reiterados cuestionamientos a sus procedimientos y prácticas, particularmente perceptibles entre los jóvenes.
9 Se realizó la siguiente pregunta: “algunas personas creen que el Estado debe resolver los problemas de la sociedad porque tiene recursos para hacerlo, mientras que otros piensan que el mercado resolverá los problemas de nuestra sociedad porque distribuye los recursos de manera más eficiente. Usando una escala de 1(Estado) a 10 (mercado), ¿Dónde te ubicarías?”.
10 Es importante tener presente que la encuesta se realizó entre fines de 2011 y comienzos de 2012; en octubre de 2011, luego de cuatro años de gobierno, la presidenta fue reelegida por un nuevo período por más del 50% de los votos.
11 Sobre la percepción de estudiantes de la Universidad de Buenos Aires acerca de la difusión y la gravedad de prácticas corruptas, y su impacto sobre la democracia, puede consultarse Sautú y otros (2005), en donde se presentan resultados de una encuesta realizada a 316 estudiantes de 6 facultades.
12 En otros trabajos realizados en el marco del proyecto exploramos las variaciones de la experiencia política de los estudiantes encuestados según carrera o disciplina, y según agrupamientos disciplinarios (duras o blandas, puras o aplicadas) (Prati, 2013).
13 Lo típico en las universidades púbicas argentinas (sobre todo en las más grandes y tradicionales) es que los estudiantes voten una vez al año en dos elecciones que se realizan en forma simultánea, una para elegir representantes del claustro estudiantil ante los órganos colegiados de cogobierno universitario, y otra para elegir las conducciones de los centros de estudiantes (organismos gremiales) por facultad (para las federaciones por universidad la elección es indirecta). De estas dos, sólo las elecciones de claustro son obligatorias (si bien la realización simultánea, pedida por las agrupaciones estudiantiles, garantiza similar masividad en ambas).
14 Para medir el nivel de información se construyó un índice de conocimiento institucional con un rango de puntajes de 0 a 4, en función de las respuestas a cuatro preguntas (ver Gráfico 1) acerca del nombre del rector o presidente de la universidad, del decano de la facultad, del máximo órgano de gobierno de la facultad y de la agrupación que conduce el centro de estudiantes (se asigna un punto al encuestado por cada respuesta correcta).
15 Un acercamiento a la problemática de los cambios recientes en el gobierno universitario en Argentina se encontrará en (Atairo y Camou, 2011).
16 Para los valores agrupados 0-4 (izquierda), 5 (centro) y 6-10 (derecha), el 37% de los estudiantes se considera de izquierda, el 41% de centro, y el 22% de derecha.
17 Dos estudiosos del movimiento estudiantil argentino identifican las siguientes etapas en las últimas décadas: en contraste con la autorganización, la democracia directa y el fuerte compromiso político de los años setenta, en el período que se inicia en 1983, con la hegemonía de la Franja Morada, se instala un “modelo delegativo” caracterizado por el distanciamiento entre la base del alumnado y sus representantes, y el foco en la prestación de servicios a los estudiantes (fotocopias, apuntes, comedores). A partir de la crisis del 2001, de la mano del ascenso de las agrupaciones de izquierda, se produciría una reversión parcial de este modelo, con un mayor peso de las instancias de democracia directa como las asambleas, un mayor involucramiento de las conducciones de los centros en acciones solidarias con sectores obreros populares movilizados, y un activo cuestionamiento a las formas de gobierno universitario vigentes (impulsando básicamente un mayor peso de la representación estudiantil bajo la consigna de la “democratización”). Pero este cambio atañe más a la dirigencia que a las bases; no sin cierta desazón los autores afirman: “La mayoría de las acciones, inclusive muchas de gran importancia, fueron sostenidas por la militancia organizada y el activismo, sin un fuerte arraigo en la base estudiantil” (Bonavena y Millán, 2012: 116). 18 Bonavena y Millán señalan que el antes citado giro a la izquierda del movimiento estudiantil que siguió al repliegue (ciertamente sólo parcial) de la Franja Morada tras la crisis del 2001, intentó revertir esta forma de vínculo utilitario con los estudiantes instalado durante los años 90: “La izquierda buscó orientar su conducción [de las organizaciones estudiantiles] en la vía de profundizar la politización de la vida estudiantil. De los centros de estudiantes con base en la prestación y venta ‘de servicios’ se intentó llegar a los ‘centros de lucha’” (Bonavena y Millán, 2012:113).
19 En una investigación que aborda la experiencia universitaria de estudiantes de la UBA a través de sus relatos y reflexiones, Sandra Carli analiza las formas de la sociabilidad estudiantil desde las perspectivas (no siempre coincidentes) de los militantes y los no militantes, y los nexos entre amistad y política (Carli, 2012: cap. 6). Pensamos que este nivel micro es un ámbito propicio para buscar respuestas a algunas de las preguntas aquí planteadas.


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