La universidad como espacio de formación profesional y constructora de identidades

Zaira Navarrete Cazales
Programa de Doctorado en Ciencias del Departamento de Investigaciones Educativas del Centro de Investigaciones y de Estudios Avanzados DIE-Cinvestav IPN.
Correo electrónico: znavarretec@gmail.com

SECCIÓN: DOSSIER



Resumen


En este texto tratamos de mostrar el papel de la universidad como dadora de formación profesional y a la vez posibilitadora de identidades profesionales. En tal sentido en el primer apartado hacemos un sucinto recorrido teórico por los términos universidad, formación e identidad. En el segundo apartado, utilizamos a la metodología comparada como estrategia de búsqueda de algunas investigaciones que han tenido como objeto de estudio el tema de la formación e identidad en el marco de la universidad, es decir, daremos cuenta de los trabajos que abordan el tema de la formación e identidad profesionales universitarias, no de la identidad y/o formación personal, nacional, étnica, de género, institucional, organizacional, inter alia. En el tercer apartado concluimos que toda identidad en tanto que profesional es producto de una formación establecida y posibilitada en la universidad.

Palabras Clave


Universidad, formación, identidad profesional, educación comparada

I. Universidad, formación e identidad. Tres conceptos en interjuego.


El objetivo de este apartado es exponer una breve trayectoria sobre las definiciones de los conceptos universidad, formación e identidad. Consideramos que existe un vínculo ineludible entre estos términos en el sentido de que la universidad otorga formación profesional a sus estudiantes y a la vez estos estudiantes adquieren una identidad profesional particular que los posibilita como lo que son, en esta tesitura sostenemos que la universidad es constructora de identidades profesionales.

Universidad

Como es sabido, el significado del término universidad alude a la institución de enseñanza superior que comprende diversas facultades, colegios, institutos, departamentos, centros de investigación, escuelas profesionales, etcétera, y que otorga los grados académicos correspondientes (RAE, 2001). La palabra universidad deriva de la etimología latina universĭtas, -ātis, y éste del latín universitas magistrorum et scholarium, que sugiere una comunidad de profesores y académicos (Colish, 1997). A principios de la Edad Media las comunidades universitarias eran gremios medievales que ofrecían saber y educación por medio de los monasterios y catedrales como Bolonia, París, Salerno. Los príncipes y obispos eran los encargados de otorgarles sus derechos colectivos legales. Posteriormente, en los siglos XII y XIII la universita estudiare (perteneciente al pueblo) formaba médicos y notarios, la universita magister (perteneciente a la iglesia) formaba en teología y primeras letras.

En el caso de México la primera universidad como tal fue la Real Universidad de México (posteriormente Pontificia) fundada en 1551 por orden de Carlos V bajo el auspicio de la Corona. La cédula real estableció que la institución mexicana adoptaría los estatutos de la Universidad de Salamanca, lo que significaba, entre otros privilegios, el de gobernarse bajo el método de claustros. Los estudios en la universidad estaban organizados por facultades, a imagen y semejanza de las universidades de Europa, la institución novohispana incluyó cinco facultades: la Facultad menor o de Artes y las cuatro facultades mayores de Medicina, Derecho Civil o Leyes, Derecho Eclesiástico o Cánones y Teología, además de algunas cátedras sueltas como Gramática y Retórica. Como era usual, las cátedras de cada facultad se diferenciaban por su jerarquía (prima o vísperas) y por el tiempo de adjudicación (propiedad o temporal). Confería la universidad grados menores (bachiller y licenciado) y mayores (maestro y doctor). En la Nueva España, la formación universitaria posibilitaba el acceso a cargos eclesiásticos; en menor medida, por sus dimensiones, a la burocracia del virreinato, y asimismo a la propia estructura universitaria (cf. Rodríguez, 2008; Marsiske, 2006; González, 2001).

Desde estos tiempos históricos, la sociedad ha confiado y respaldado a las universidades1 como las instituciones formadoras de profesionistas y éstas ha contribuido a la sociedad a través de la creación de nuevas carreras universitarias, la eliminación o reemplazo de algunas otras, las actualizaciones curriculares, etcétera, todo ello en pro de los requerimientos y necesidades glocales2 y temporales de la sociedad en la que se encuentra inmersa y que la posibilita como tal. En esta tesitura, la universidad es garante de reconocimiento, es quien certifica a los profesionistas que servirán y ocuparán cargos en la sociedad. Oficialmente, la universidad ocupa un lugar predominante en el esquema educativo de cada nación.

Por ejemplo, el Sistema Educativo Mexicano tiene su mandato en el marco jurídico nacional relativo a la educación, el cual está integrado por la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y por la Ley General de Educación. En la primera, especialmente el Artículo 3°, dispone la obligación que tiene el Estado de brindar educación básica, laica y gratuita a la población en igualdad de oportunidades, así como promover la enseñanza de los niveles educativos superiores. Establece que para dar curso a dicho precepto, el Estado debe prever los diferentes organismos, instituciones, servicios, niveles de enseñanza y contenidos educativos, mediante los cuales pueda atender todas las necesidades educativas del país (INEE, 2007). En la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, en su artículo 3º se señala que:

Las universidades y las demás instituciones de educación superior a las que la ley otorgue autonomía, tendrán la facultad y la responsabilidad de gobernarse a sí mismas; realizarán sus fines de educar, investigar y difundir la cultura de acuerdo con los principios de este artículo, respetando la libertad de cátedra e investigación y de libre examen y discusión de las ideas; determinarán sus planes y programas; fijarán los términos de ingreso, promoción y permanencia de su personal académico; y administrarán su patrimonio […] (Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, Art. 3º, Fracción VII).

Según la clasificación de la Secretaría de Educación Pública (SEP), la educación superior comprende tres niveles: Técnico superior, licenciatura y posgrado. Durante el periodo escolar 2011-2012 la matrícula estudiantil de estos tres niveles fue de 3 282 836 alumnos, el 3.9% correspondiente al nivel técnico superior, el 88.9% correspondiente al nivel licenciatura universitaria, tecnológica y normal y el 7.2% al posgrado (SEP, 2012). La universidad forma parte del sistema de educación superior y éste está integrado, según la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES), por centros, colegios, escuelas, institutos y universidades cuyo régimen puede ser público o particular. En cuanto al tipo de sostenimiento la SEP reporta que el 37.1% de la matrícula de educación superior corresponde al sostenimiento autónomo, el 17.8% al estatal, el 13.4% al sostenimiento federal y el 31.7% corresponde a las instituciones particulares (SEP, 2012).

De esta breve presentación concluimos que es incuestionable el papel que desempeña la universidad en la sociedad actual como una institución formadora de profesionistas (que oferta educación en diversas modalidades educativas). Consideramos importante señalar que si bien la universidad es un espacio de formación profesional, reconocemos que no es el único espacio que otorga o da formación, ésta puede darse/obtenerse en cualquier espacio social no necesariamente escolar-formal sino también en los espacios informales o no formales como en la familia, talleres, charlas, interne, web, por mencionar algunos y a diferentes edades biológicas a lo largo de la vida, en las que se aprende y se forma (UNESCO, 2010). En este sentido, consideramos pertinente desarrollar el concepto formación.

Formación

Es por demás conocido que el significado original de la palabra formación proviene del vocablo latino formatio y su asociación con el verbo formar. Etimológicamente, el significado de “forma” se refiere a la figura, contorno, configuración exterior o estructura visible de un cuerpo, y el significado de la palabra “formación” se refiere, tanto a la acción a través o en virtud de la cual, a partir de una materia base, o a partir de un cuerpo informe, indefinido o sin una forma precisa, se alcanza o se logra una configuración, la que es apropiada o adecuada de acuerdo con la naturaleza del objeto y al proceso que se sigue para el efecto de formación, como al resultado, producto o efecto de dicha acción, que sería la configuración o estructura alcanzada o lograda de algo que queda de esta manera definido, configurado, estructurado, diferenciado e identificado (Brugger, 2000).

En esta definición bruggeriana, se puede observar que uno de los primeros significados, el etimológico, de la palabra formación es el relacionado a la forma exterior, a lo natural, a lo físico. Consideramos que la palabra formación puede aludir a por lo menos tres órdenes de significación o de uso: 1) a la constitución material-física, 2) al conjunto ordenado de objetos o sujetos y 3) al desarrollo intelectual-profesional.

  1. La formación natural, referida a lo material-físico: es la manera de estar configurado o dispuesto, alude al aspecto exterior de algo, o a la creación o constitución de una cosa que no existía antes, por ejemplo a un conjunto de rocas o masas minerales que presentan caracteres geológicos y paleontológicos semejantes.
  2. La formación de conjuntos, representada por un conjunto ordenado de objetos o sujetos, por ejemplo la reunión ordenada de un cuerpo de tropas o de barcos de guerra (formación militar) o al conjunto de sujetos con cierta tendencia formacionalizante tal como sucede con los grupos de personal que participan de alguna afiliación política, religiosa, filosófica, institucional (formación política).
  3. La formación aludida a lo intelectual-profesional de una persona: puede hacer referencia, por una parte, a la autoformación o al autodidactismo o, por otra, a la formación institucional intencionada tal como la que se da en la escuela y se certifica por medio de un título técnico o profesional. De esta manera, la noción de formación suele ser asociada a la capacitación, sobre todo a nivel profesional.

Ante la multiplicidad de significados de un mismo término, la noción de “formación” puede ser utilizada por diversas disciplinas de distintas manera, por ejemplo, en el caso de disciplinas como la geología o física pertenecientes a las ciencias naturales, formación pudiera aludir a la formación natural-externa de las cosas como las formaciones rocosas, formaciones coloidales, formaciones de masas de aire. En el caso de disciplinas como la filosofía, psicología, pedagogía, pertenecientes a las ciencias humanas, el uso del término formación tiende a apuntar a las características sociales-internas del sujeto, formación de sujetos críticos, pensantes, educativos.

El significado del concepto formación que asumimos, alude a la construcción permanente, continua de algo o alguien. En el caso particular del sujeto, éste está formándose a cada instante y durante toda su vida, y esta formación, permanente e incompleta puede darse en diversos espacios de participación del sujeto como el familiar, escolar, laboral, de recreación, etcétera, por lo que la formación resulta ser contingente, a menos que sea intencionada y con objetivos de aprendizaje específicos, pero aún así está siempre presente la contingencia de que el sujeto pueda formarse con otros conocimientos además de los específicos, planteados y planeados en una situación dada. Cada sujeto se forma, según su contexto, sus modos de aprender, sus potencialidades, su curiosidad epistémica. En este sentido, cada sujeto es tarea de su propia realización-formación en un contexto dado.

Diversos teóricos, de distintas procedencia disciplinaria, han dilucidado sobre la cuestión de la formación, sin embargo, son los filósofos quienes más se ocuparon del tema. Por ejemplo, los griegos, desde los sofistas pasando por Sócrates, Platón y Aristóteles, se preocuparon por la formación del “hombre” en diversos temas como la felicidad, el espíritu, la religión, matemáticas, filosofía, ciudadanía, lógica, ética, política, entre otros, esta preocupación fue práctica. Es decir, se ocuparon de la “buena” formación del hombre pero no de una dilucidación conceptual del término formación. Por ejemplo, Aristóteles (1995), menciona que la formación se piensa ontológicamente, desde la base de un proceso natural o técnico. No es hasta el siglo XVIII que con autores alemanes como Herder, Goethe, Humboldt3 se empieza a reflexionar rigurosamente sobre la formación (Bildung) ya como concepto, en otras palabras, se empieza a producir una elaboración conceptual sobre el tema de la formación. Herder, Goethe, Humboldt usan y atribuyen al término el sentido de orientación hacia la realización humana y el logro de la autonomía espiritual, de una configuración armoniosa, estética, de una personalidad coherente, utilizando como medios el cultivo del ingenio y del buen gusto, el refinamiento de las formas expresivas (Göttler, 1962:47).

Finalmente es con Hans-Georg Gadamer (1900-2002), con quien el término formación se conceptualiza y es utilizado hasta nuestros días de formas más o menos parecidas. Formación es un concepto genuinamente histórico, y precisamente de este carácter histórico de la “conservación” es de lo que se trata en la comprensión de las ciencias del espíritu. El hombre siempre está en el camino de la formación pues su mundo está conformado por el lenguaje y costumbres. El retorno a sí, producto de la asimilación de todo lo anterior, constituye la esencia de la formación (Gadamer, 1993:40-43).

En resumen, al término “formación” en la filosofía griega se le daba un primer uso referido a la forma natural, física, externa de dicha palabra (durante la Edad Media se le otorgaba un sentido más religioso). Con el Idealismo y el Clasicismo alemán cambia la concepción de la palabra formación, cambia el contenido y, después de abandonar el aspecto físico de la formación, esta palabra empieza a ser vinculada a la cultura y, el nuevo ideal de una formación del hombre se vio como el “ascenso a la humanidad”.4 Así, el sistema de relaciones que en torno a un concepto se construye y cobra sentido sólo es posible dentro de una configuración social específica, en el que está siendo producido, significado, apropiado y utilizado.

Identidad

El tema de la identidad es un punto de anudamiento tanto de reflexiones, posiciones teóricas como de diferentes usos y re-de-construcciones conceptuales. Por ejemplo, el significante identidad, en la filosofía clásica, tenía un único significado: el de su raíz etimológica identitas, es decir, “igual a uno mismo”. Identidad era considerada como la relación que cada entidad mantenía sólo consigo misma; la identidad estaba basada en elementos universalmente compartidos. En esa tradición filosófica se consideraba que definir las señas de identidad les permitiría llegar a saber “lo que somos” (Platón, 2000) Aristóteles, 1969). Nietzsche (1984, 1988) fue uno de los principales filósofos que dirigió su pensamiento a la destrucción de la metafísica del ser, de las identidades universales. Heidegger (2004) se preguntaba cómo el ser humano puede ser igual a sí mismo, cuando éste es cambiante, está siendo constantemente. En este sentido, el término identidad se coloca en una posición aporética, en tanto su significado primario, original (el de uno a uno, que se usaba para dar cuenta de las características propias de algo o alguien), ya no corresponde únicamente a ese significado. De ahí la aporía del término identidad, con una dificultad lógica, insuperable de razonamiento, como algo de lo que no se puede hablar en términos definidos, de una vez y para siempre, pero es necesario hablar de él. Es decir, se trata de un concepto que es necesario para hablar de algo que caracteriza temporal o históricamente a un sujeto, a una comunidad o a un campo disciplinario, pero a la vez es imposible de representación precisa y definitiva. La identidad es algo irrepresentable, sólo se puede hablar de ella pero jamás representarla en términos tangibles, definitivos, exhaustivos ni categóricos (Navarrete, 2008).

La aporía del término identidad es algo parecido a lo que Hall (1996) denomina identidad bajo borramiento; Laclau (1993), identidad discursiva o posiciones discursivas del sujeto; Ricoeur (2006), identidad narrativa; Dubet (1989), mutación del término; Bhabha (1996), identidad desde la diferencia... Una vez aclarados algunos tratamientos ontológicos del término identidad, y desde una lectura derrideana, podemos decir que este término no sólo es polisémico, sino que puede saltar de un dominio lingüístico a otro explotando en todas direcciones, esto es, diseminándose. Identidad se ha y sigue utilizándose en diversas investigaciones; por ejemplo: identidades de los sujetos -individuales y colectivos-, de las instituciones, de las profesiones, inter alia; se ha estudiado desde diferentes disciplinas como la filosofía, sociología, pedagogía, antropología, psicología, etcétera, y desde diversas posturas teóricas, analíticas y metodológicas, como puede ser la esencialista o fundamentalista (que conciben la identidad como un punto predeterminado a dónde llegar, como un telos) o la antiesencialistas o de la complejidad (configuración discursiva, histórica, dinámica). En este sentido, sostenemos que los significados de la noción identidad se diseminan, esparcen, dispersan, iteran y estructuran, según sean sus formas de usos teóricos y empíricos, de cada investigación o reflexión teórica particular.

Resumiendo, la construcción de las identidades profesionales sólo es posible en el marco de algunos de los niveles educativos enmarcados dentro de los que se denomina educación superior (universidad, tecnológicos) pues es en estos espacios en donde se prepara, se da formación profesional a los estudiantes. Conviene señalar que no es que en los distintos niveles educativos como preescolar, primaria, secundaria no se generen o posibiliten identidades, sí se posibilitan pero no identidades profesionales, esto es propio del nivel educativo de la educación superior. En este primer apartado a través de un desarrollo teórico conceptual tratamos de mostrar el vínculo, el interjuego ineludible de tres conceptos (universidad, formación e identidad): la universidad como la institución formadora de profesionistas que adquieren una identidad profesional particular según su contexto de arrojamiento diría Heidegger (2004). En tal sentido, en el siguiente apartado mostraremos algunas investigaciones que dan cuentan de los procesos de construcción identitaria en el marco específico de la universidad.

II. Estudios sobre identidad y formación universitaria en diversos campos profesionales


El objetivo de este apartado es mostrar algunos estudios realizados durante la última década,5 sobre el tema de la formación e identidad profesionales posibilitadas en la universidad. En esta tesitura, revisaremos resultados de investigaciones finalizadas, en proceso de conclusión, así como reportes de experiencias educativas. Queremos enfatizar que en este apartado daremos cuenta únicamente de los trabajos que abordan el tema de la formación e identidad profesionales universitarias, no de la identidad y/o formación personal, nacional, étnica, de género, institucional, organizacional, normalista, tecnológica, inter alia.

Hacemos uso de los métodos comparados ya que la comparación siempre ha tenido un lugar predominante en la teoría social (cf. Durkheim, 1987; Weber, 1983; inter alia), siguiendo a Burke (1997:34), mediante el uso de esta estrategia podemos comprender la significación de una determinada ausencia, así por ejemplo pudimos agrupar, categorizar a los trabajos seleccionados en este apartado que tienen en común el tipo de nivel educativo que fungió como referente empírico: el universitario. Los investigadores tomaron como casos particulares de indagación a los estudiantes de carreras como historia, pedagogía, sociología, psicología, ingeniería civil y “carreras emergentes”; dichas pesquisas fueron realizadas por Chávez (2005a; 2005b; 2006), Ávila y Cortés (2007), Navarrete (2007a; 2007b; 2007c; 2008; 2010), Marín (2008), Machuca (2008; 2009), Rojas (2009), Arciniega y Williams (2011) y, Rodríguez y Seda (2013). Los trabajos que presentamos son sólo una muestra de investigaciones realizadas por muchos otros especialistas que por supuesto no agotan los abordajes estudiados.

En el texto “Identidad, valores y ética en la formación de los historiadores de la Universidad Autónoma de Nuevo León”, Chávez (2005a) tuvo como objetivo identificar los valores profesionales de los jóvenes y explicar la forma en la que conjugan sus expectativas juveniles, sociales, profesionales y escolares, y cómo todo ello contribuye a la formación de una determinada identidad. A partir de autores como Béjar y Capello, 1990 y; Hall, 1996, la autora considera que identidad tiene significado en tanto que permite a las personas poseer una determinada integridad en sus múltiples relaciones con los demás. En su dimensión social, es un campo estructurado dentro de la mente humana y un elemento importante de los procesos subjetivos y psicológicos de la sociedad. Las identidades son marbetes, nombres y categorías a través de las cuales las personas se dirigen unas a otras y a ellas mismas; se originan en significados institucionalizados construidos socialmente y objetivados. Chávez (2005b y 2006) muestra el tratamiento y la descripción de los datos que resultaron en el Colegio de Historia y comenta algunas ideas expresadas en el grupo de discusión, por ejemplo, con respecto a los dilemas morales, éstas son breves narraciones referidas a situaciones que encierran un conflicto de valores.

En 2008 Marín presenta la investigación: “Los estudiantes de ingeniería civil: identidad y representaciones sociales” cuyo propósito fue estudiar rasgos significativos de la identidad profesional mostrados por los estudiantes de los últimos semestres de la carrera de ingeniería civil de la Facultad de Ingeniería de la UNAM. A lo largo de los capítulos se caracteriza a los estudiantes universitarios en el contexto actual global de crisis y cambio y se les tipifica generacionalmente como jóvenes con el propósito de ubicar la naturaleza de su proceso formativo universitario, donde confluyen distintas culturas: la experiencia juvenil, la académica y la institucional; posteriormente contextualiza y ubica el estudio de la identidad profesional, vía las representaciones sociales que los alumnos tienen acerca de su profesión, su formación universitaria y su ejercicio profesional. Con base en autores como Aguado y Portal (1992) sostiene que hablar de la identidad es un problema teórico complejo y la concibe como un proceso de identificaciones históricamente apropiadas que le confieren sentido a un grupo social y le dan estructura significativa para asumirse como unidad. La autora también retoma a autores como Giménez (2004); Zavalloni (1993); Doise (1996), al hablar de la identidad profesional, la autora hace referencia a las autopercepciones del sujeto en un contexto colectivo, que se forman a través de las experiencias que tienen con el ambiente formativo y de ejercicio profesional, y de las interpretaciones que hace de él, las que están fuertemente influidas por las valoraciones que recibe de otras personas significativas: representaciones mutuas con los profesores, expectativas de los otros alumnos.

Por otra parte, en la investigación: “Construcción de una identidad profesional. Los Pedagogos de la Universidad Nacional Autónoma de México y de la Universidad Veracruzana”,Navarrete (2008) da cuenta de algunos elementos referenciales a considerar en la constitución de la identidad profesional del pedagogo. Retoma el concepto hallsiano de identidad, la cual puede entenderse como los puntos de fijación temporal de las posiciones de un sujeto..., como puntos de encuentro, de sutura entre los discursos y las prácticas que intentan interpelar, que nos hablan o ubican como sujetos sociales de discursos particulares (Hall, 2000). En este sentido, los cuestionamientos que guiaron el trabajo fueron sobre el carácter ontológico del pedagogo. Navarrete (2007a, 2007b, 2007c) sostiene que el pedagogo ha ido construyendo su identidad profesional durante dos momentos de su formación: universitario y posuniversitario, incluyendo el preuniversitario. Estos momentos son ante todo trayectos-tránsitos generadores de experiencias que imprimen sentidos y direcciones a la formación del pedagogo, en cuanto sujeto profesional, y hacen posible su configuración identitaria a partir del contexto educativo-institucional de formación y fuera de éste. Navarrete (2009, 2010) sostiene que hablar de la identidad implica conocer la forma en que cada sujeto individual o colectivo se constituye como tal en su vivir, en su hacer y pensar diario, se subjetiviza. Y esa forma tiene que ver con las representaciones -sociales- que el sujeto haga de sí mismo y del contexto o contextos donde se desarrolla (social, física, emocional e intelectualmente, etcétera), con los cuales mantiene una relación de mutua influencia a partir de las diferentes posiciones sociales que adopte dicho sujeto.

En el texto “Pedagogía, pedagogía normalista y pedagogía universitaria: conceptos y categorizaciones nodales en el campo del conocimiento educativo. Articulaciones en la construcción de la identidad del pedagogo”, Rojas (2009) retoma algunas precisiones sobre la noción de identidad (Navarrete, 2007b) que habrán de auxiliarla en el análisis de las categorizaciones, como pedagogía, pedagogía normalista y pedagogía universitaria, que le posibiliten abordar la de formación universitaria en educación. Todo ello para dar cuenta de si la identidad del pedagogo es o no un problema de orden epistemológico.

En el trabajo: “La identidad profesional de los sociólogos”, Machuca (2008) da a conocer el proceso de construcción de la identidad profesional que tienen los licenciados en sociología de reciente egreso de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, pertenecientes a las generaciones 1996 a 2000. Destaca la intención de reconstruir las trayectorias familiares, escolares y laborales, relativas a su identidad profesional. A partir de autores como Dubar (2002:11); Fuentes (1998:77); Navarrete (2008:159) parte del presupuesto de que la identidad social no es una esencia o un atributo inherente al individuo (postura esencialista o nominalista) ni tampoco un aspecto dado de manera externa el cual se herede o se estipule según las normas sociales preestablecidas (pertenencia generada por el contexto a priori), sino que se concibe como un proceso en permanente construcción que requiere, tanto de la autopercepción, como de la opinión que la otredad tenga sobre el Yo social, a lo largo de los ejes de análisis biográfico y relacional. En este sentido, es una forma de configuración historizada y en permanente tensión entre la contingencia y la necesidad. Una de las conclusiones es que la construcción de la identidad profesional de los sociólogos es resultante de la toma de conciencia del individuo sobre su ser y sobre su quehacer social, a partir de los agentes de interacción como referentes del sí mismo, para este caso, sus padres, profesores, compañeros de escuela, empleadores y compañeros de trabajo. Machuca (2009) concibe la identidad profesional como una esfera constitutiva de la socialización, principalmente en los contextos estructurados de la familia, la escuela y el trabajo. La autora da cuenta de algunos momentos de construcción de la identidad profesional como son planes de estudio, servicio social, mundo cotidiano, mercado de trabajo.

Arciniega y Williams (2011) en su texto “Construcción narrativa de la identidad en un contexto áulico universitario” presentan los resultados iniciales de una investigación sociocultural de carácter cualitativo, sobre los usos de la narrativa en la producción e interpretación de relatos escritos por estudiantes de la carrera de psicología de la FES-Iztacala, quienes a lo largo de un semestre se dieron a la tarea de construirlos para dar cuenta de su identidad universitaria. La interpretación de los relatos centra su atención en la relación que guarda la construcción de las identidades universitarias con sus contextos socioculturales. Los autores consideran que la identidad no es producto de un proceso naturalmente determinado, sino que se construye narrativamente de manera activa, intersubjetiva, distribuida y dialógica (Bruner, 1996; Wertsch, 1985).

En otro tenor, Ávila y Cortés (2007) en su escrito “Surgimiento de nuevas identidades profesionales notas para el análisis” abordan las condiciones a partir de las cuales surgen las profesiones emergentes y a partir de qué elementos se puede analizar la conformación de la identidad (Iñiguez, 2001; Jenkins, 2000; Castoriadis y 1992, 2002) profesional de los sujetos que se forman en estos campos. Proponen como esquema metodológico el examen del proceso de escolarización del campo profesional, a través del análisis de historias de vida de los actores participantes. Los autores concluyen que en la actualidad están emergiendo una serie de campos profesionales, donde desempeñan un papel relevante las transformaciones que se han dado a partir de la constitución de un contexto social complejo, que da lugar a una serie de condiciones inéditas generadoras de rasgos identitarios.

El estudio de Rodríguez y Seda (2013) denominado: “El papel de la participación de estudiantes de Psicología en escenarios de práctica en el desarrollo de su identidad profesional”, las autoras analizaron los significados que 34 estudiantes de primero a sexto semestre de la carrera de Psicología elaboraron sobre esta disciplina, a partir de su asistencia a diversos contextos profesionales: laboratorios de investigación, centros de atención psicológica e instituciones educativas y de salud, como parte de su participación en el programa extracurricular titulado “Escenarios formativos”, realizado en la Facultad de Psicología de la UNAM entre 2010 y 2011. Consideran que la identidad profesional, de acuerdo con Dubar (2002), designa modelos culturales o formas socialmente reconocidas de identificarse en el ámbito laboral. La identidad profesional, vista como la conciencia y significación valorativa que tiene el individuo de su pertenencia a un grupo, implica un conjunto de repertorios culturales interiorizados, (Wenger, 2001). Las autoras asumen la identidad profesional como una experiencia negociada, en tanto que la construcción de lo que significa ser psicólogo se definiría por las formas en que participan los profesionales, o en este caso, los alumnos. La identidad profesional, como construcción subjetiva, incorpora el compromiso personal, las creencias y los valores asociados a la profesión y definidos culturalmente (Lasky, 2005). El análisis de auto-reportes reveló diversos significados sobre la disciplina y atributos deseables en un psicólogo, en relación con el ethos profesional subyacente en los espacios científico y profesional.

A partir de la descripción de estas investigaciones, que tuvieron como objetivo conocer los procesos de construcción identitaria de algunos profesionistas, podemos observar que todas ellas, de alguna manera, reconocen el carácter plural de las identidades, y en este sentido reconocen y dan cuenta también de los procesos particulares que están presentes en las construcciones identitarias universitarias, es decir, en dichas construcciones no sólo está presente como referente identitario lo institucional profesional que cada universidad y/o carrera ofrecen como medio de constitución-formación, sino que además está presente también una historia de vida y trayecto personal, que intervienen en la conformación del sujeto profesional.

III. Conclusiones


En este artículo realizamos un incipiente recorrido teórico por tres términos (universidad, formación e identidad) que se entretejen, se articulan y nos posibilitaron mostrar algunos ejemplos de investigaciones en las que están presentes de diversas maneras estos tres componentes, de esta manera sostuvimos el argumento enunciado en el título de este artículo: la universidad es un espacio de formación profesional y también constructora de identidades. En algunos trabajos revisados en el segundo apartado, se priorizó hablar de la carrera objeto de investigación, en otros de la identidad, en otros de los procesos de formación de los estudiantes universitarios y en otras más de la universidad estudiada, pero en todos ellos estuvieron presentes estos tres términos: la universidad como el lugar que posibilita algún tipo especifico de formación profesional, que a su vez dota al sujeto de una identidad profesional.

A lo largo del texto dejamos entrever que el término identidad en relación con la formación profesional, en la década estudiada, ha sido abordado, trabajado, discutido, desde diversos modos: por autores emplazados desde diferentes posturas onto-epistemológicas y/o políticas, que buscan dar cuenta de los procesos de constitución de las identidades, y al hacerlo, reconocen el carácter plural, no suturable, precario, abierto y flexible, de este proceso y de la subjetividad que resulta. Encontramos también autores, los menos, que permanecen aún en la búsqueda incesante de esa identidad metafísica, última, final, determinada, que pueda expresar definitivamente quiénes somos. En las investigaciones reportadas en este texto detectamos diferentes niveles de profundidad y abordaje. En algunos trabajos se realizaron narraciones sobre el proceso de construcción identitaria estudiantil o profesional, otras más buscaron comprender cómo, por qué, en qué y desde dónde se han ido formando tales identidades. Todos y cada uno de los documentos reportados se posicionan metodológicamente como cualitativos y/o cuantitativos, sin embargo no siempre mencionan el enfoque y las herramientas de las que se valieron para realizar sus pesquisas.

Mirar comparativamente (sin intención de ver qué es mejor o peor) posibilita reprimir y relativizar todas las esencialidades y las formas de la naturaleza con las que la antigua sociedad se había determinado a sí misma y a su mundo, en tal sentido, Luhmann (1999) menciona que no sólo lo comparado tiene que ser diferenciado, sino incluso, el punto de vista de la comparación debe ser escogido de tal manera que la igualdad de lo comparado, por consiguiente lo parecido, debe ser garantizado a pesar de la diferencia (función y equivalencias funcionales). En lo diferente debe existir lo común en algún lugar, esto conduce a estímulos en la reflexión, sobre todo cuando se está acostumbrado a intentar una más alta abstracción y finalmente al reconocimiento de la contingencia ineludible del punto de vista de la comparación.

NOTAS
1 Me refiero a las universidades como formadoras de profesionistas porque es el tema que me ocupa es este texto, pero cabe mencionar que en la estructura del sistema educativo mexicano actual, el nivel superior (licenciatura) lo constituye la formación normal, universitaria y tecnológica en sus diversas modalidades.
2 Glocalización es un término utilizado por Roland Robertson para designar: “la celebración y legitimación universales de la supuesta singularidad de cada individuo, comunidad y nación” (Cf. Meyer y Ramírez, 2002: 105). Lo anterior con el fin de comprender las maneras en las que lo global y lo local interactúan para producir una “cultura global”, glocal (Robertson, 1992).
3 Conviene señalar que entre Kant y Hegel se lleva a término esta acuñación herderiana de nuestro concepto. Kant no emplea todavía la palabra formación en este tipo de contextos. Habla de la «cultura» de la capacidad (o de la «disposición natural»), que como tal es un acto de la libertad del sujeto que actúa. Así, entre las obligaciones para con uno mismo, menciona la de no dejar oxidar los propios talentos, y no emplea aquí la palabra formación. Hegel en cambio habla ya de «formarse» y «formación», precisamente cuando recoge la idea kantiana de las obligaciones para consigo mismo (Gadamer, 1993:39).
4 Conviene señalar que es entre Kant y Hegel se lleva a término esta acuñación herderiana de nuestro concepto. Kant no emplea todavía la palabra formación en este tipo de contextos. Habla de la “cultura”de la capacidad (o de la “disposición natural”), que como tal es un acto de la libertad del sujeto que actúa (Gadamer, 1993:39).
5 La información contenida en este rubro forma parte de una investigación más amplia desarrollada en el marco de los Estados de Conocimiento 2002-2012 del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (Cf. Navarrete, 2013).


REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS:
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