90 Aniversario de la autonomía de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí

Fernando Serrano Migallón
Subsecretario de Educación Superior de la Secretaría de Educación Pública, México.



Conferencia en la ceremonia por el 90 Aniversario de la autonomía de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, enero de 2013.

Estimados amigas y amigos:

La educación es la esperanza de la sociedad, la columna vertebral de la acción y del tejido social. El proceso educativo es, desde tiempos inmemoriales, el que ha conducido al desarrollo de la sociedad. Un pensamiento racional establece el marco y permite el ejercicio de los valores éticos, culturales y sociales.

Durante largo tiempo la transmisión del conocimiento estuvo sujeta a la tutela de la iglesia y a la vida conventual. Tendrían que surgir las universidades, y con ellas las posibilidad de un conocimiento no vinculado a dogmas y conceptos, sino al ejercicio del raciocinio.

El conocimiento se desligó, entonces, de rectorías externas a su propia dinámica, a axiomas ideológicos o religiosos, y con ello se dio quizá, el mayor paso en la historia del pensamiento.

La tutela dogmática religiosa tuvo que ceder y el saber rompió sus ataduras, la realidad se impuso al dogma. El Renacimiento, la Reforma luterana, el Siglo de las Luces, el descubrimiento de un nuevo mundo, la Revolución Industrial, la francesa… son unos de los incontables pasos que nos llevaron a transformar la superstición en ciencia.

Tendría que conquistarse el concepto de autonomía en las universidades para que éstas adquirieran la verdadera posibilidad de conducirse y conducir la enseñanza y la investigación al margen de influencias ajenas a los principios de la razón.

Si el filósofo dice que la libertad no hace felices a los hombres, sino que los hace personas, para las universidades la autonomía, ofrece la posibilidad de un acercamiento permanente, constante y paulatino a la verdad. La autonomía hace de las universidades la dueña de su propio destino y del de su entorno. La universidad tiene la capacidad, quizá como ningún otro producto humano, de ser sujeto y objeto de la sociedad y de sí misma.

Fue en 1875 durante la presidencia de Sebastián Lerdo de Tejada cuando surge, desde las filas estudiantiles, el primer intento en nuestro país de autonomía universitaria, con la llamada Universidad Libre. La propuesta surgida, fundamentalmente en la Escuela de medicina, trajo conflictos y enfrentamientos entre el gobierno y las casas de estudio.

Todo esto llevaría a Justo Sierra a señalar en 1881 que “hasta ahora el Estado ha ejercido la patria potestad sobre la instrucción superior, su poder llega al extremo de imponer textos contrariando la opinión de los profesores; la evolución consiste en dar un primer paso“ En varias ocasiones Sierra propuso un ideario universitario que se encaminaba a la defensa de la autonomía, pero no fue hasta 1910, ya en la alborada de la Revolución Mexicana, que se plasmó en un proyecto concreto. “Para realizar -nos dice- los elevados fines de la nueva institución del Estado, pero con elementos tales que le permitan desenvolver por sí misma sus funciones, dotándola de considerable autonomía”.

Durante esos años se debatiría el sentido de esa autonomía. Las ideas francesas, inglesas y norteamericanas sobre cómo se debería dar ese proceso fueron ampliamente discutidas. En América Latina se daba el mismo debate. La educación se tenía que poner al día en nuestro continente. Hace tres años celebramos, como parte del centenario de la Revolución Mexicana, el primer siglo de la fundación de la Universidad Nacional de México, creada el 26 de mayo de 1910. Sería, sin embargo, hasta finalizar la década de los veinte que se empezaría hablar de la autonomía, la que se concretaría en 1929.

Seis años antes, la Universidad de San Luis Potosí se declararía autónoma. Fue la primera en conseguirlo en todo el país. Los potosinos deben sentirse orgullosos de haber sido los primeros en impulsar esa condición, pues la autonomía garantiza el libre ejercicio de la crítica, de la investigación y de la docencia. Con el tiempo las diferentes universidades públicas irían sumándose a esa búsqueda.

Como los historiadores han señalado, la autonomía no nace como un concepto acabado ni tiene una sola interpretación; su configuración es producto de situaciones y proyectos particulares en las diferentes universidades que la logran. Se fija el periodo que va entre 1918 y 1929 como el de la reforma universitaria en América Latina, proceso en el que México siempre estuvo a la vanguardia. Búsquedas similares en las universidades de Montserrat en Córdoba, Argentina, San Marcos en Perú y en La Habana, Cuba, y -por supuesto- en ésta de San Luis Potosí.

La Universidad Autónoma de San Luis Potosí está entre las mejores del país. Ha obtenido ocho veces consecutivas el Reconocimiento Nacional de Calidad SEP, esto entre otras muchas distinciones. Su planta de profesores es excelente y productiva. Sus estudiantes interesados y animosos. Conjuga una condición, si no ideal, sí notable como universidad. Lo ideal no existe, siempre tenemos que estarlo buscando y perseguirlo con ahínco y trabajo.

A la docencia universitaria y la investigación hay que garantizarle la libertad máxima. Sólo en ella y con ella se pueden desarrollar a plenitud. Todo el apoyo que se le dé estará bien empleado. Con la afirmación y defensa de la autonomía como cualidad y condición de nuestras casas de estudio la Secretaría de Educación Pública refrenda su voluntad de promover la educación de alto nivel, de prestar oído a la crítica y de difundir la cultura entre todos los mexicanos.

El significado de la palabra autonomía describe precisamente un espacio de libertad, en el que ningún tipo de injerencia limite al profesor en su enseñanza, al investigador en su búsqueda y al alumno en su aprendizaje. Eso no significa, obviamente, aislamiento, en todo caso provoca todo lo contrario: vinculación con la sociedad e interés en lo colectivo.

Hay quien ha visto, no sin razón, en las universidades un comportamiento a escala de la sociedad: en la medida en que las instituciones de docencia son ejemplo de libertad y armonía, lo serán las sociedades a las que sirven.

Y en ellas se cumplen muchos de los preceptos y anhelos de la época moderna.

La expresión “autonomía universitaria” tiene un aspecto y un impacto emotivo, pero su realidad está ligada a connotaciones complejas y de relevante importancia en el orden jurídico, administrativo y económico. Tiene tres aspectos: el de su propio gobierno, el académico y el financiero. El primer punto permite que la universidad legisle sobre sus propios asuntos, se organice como le parezca mejor y elija a sus autoridades.

La parte académica de la autonomía universitaria implica que ella puede nombrar y remover su personal académico, seleccionar a los alumnos, elaborar sus planes de estudio, pero sobre todo garantiza la libertad de cátedra y de investigación. El aspecto financiero permite la libre disposición de su patrimonio y la elaboración y el control de su propio presupuesto.

El contenido de la autonomía universitaria se llena de nuevas implicaciones y acumula nuevos y fecundos contenidos. Ninguna definición podrá dar nunca toda la amplitud de ella, del contenido emocional y simbólico que tiene. Hoy la autonomía y libertad de la educación superior, gobierne quien gobierne, es un hecho, la universidad se gobierna a sí misma en sus propios términos. Y que las autonomías -ahora ya en plural- garantizan diversidad y pluralidad.

Esa pluralidad es saludable para la sociedad en la misma medida en que se proyecta fuera de las aulas y extiende una benéfica sombra sobre toda la sociedad. Los potosinos se deberían sentir orgullosos de ese logro. En realidad nos sentimos orgullosos todos los mexicanos.

Pues es un patrimonio de la Nación. Noventa años no dejan duda: la Universidad Autónoma de San Luis Potosí es un ejemplo para todo el país, y como dice su rector, un logro que hay que celebrar. Felicitaciones a esta casa y a todos sus integrantes.

Muchas gracias.

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