Sincronías y asincronías de la universidad en América Latina y el Caribe: 1918, 1949 y 2017, tres desafíos con una misma voz
Sobre el “Manifiesto de la Federación Universitaria de Córdoba” y el “Discurso de bienvenida para las delegaciones al Primer Congreso de Universidades Latinoamericanas"

Analhi Aguirre
Doctora en Teoría Literaria, especialización en género, espacio y psicoanálisis. Universidad Metropolitana-Unidad Iztapalapa. missanalhi@hotmail.com


No se nace joven, hay que adquirir la juventud. Y sin un ideal, no se adquiere

José Ingenieros

A primera vista, el Manifiesto Liminar de la juventud cordobesa es un duro golpe de dominó que inicia la Reforma de 1918. No obstante, si leemos con detenimiento se trata de un verdadero acto de amor hacia los estudiantes. Y es ahí donde, Deodoro Roca lanza, nos lanza –quizás- su sacudimiento más certero: ése que nos hace sentir o, mejor dicho, volver a sentir el vigor, la lucha y la renovación de esos ideales, marcados sincrónicamente por un sistema que no nos deja ser y que nos obliga a estar donde la mayoría nos negamos a situarnos: un acuoso e incómodo espacio de sumisión. La violencia discursiva tiene sus causas y efectos dolorosos donde la libertad siempre se revela como el único fin y, más aún, cuando se trata de autonomía universitaria.

Por eso, Deodoro Roca, escritor del manifiesto, se alza desde Córdoba para anunciar que “estamos pisando sobre una revolución, estamos viviendo una hora americana” (13)1, porque está seguro de que su alegato ya se ha desplazado al futuro y que sus palabras se fortalecen con las relecturas. Todos somos estudiantes y el cuestionamiento de la autoridad que nos detiene, la voluntad de apartarla es unánime, al momento de pensarnos como seres revolucionarios en cualquiera de sus esferas. Como afirma Deodoro, el problema es caer en una mediocridad, hija de la colonia y del poco coraje a defender, a construir perímetros tan nuestros, como la universidad latinoamericana: “Las universidades han sido hasta aquí el refugio secular de los mediocres […] el lugar en donde todas las formas de tiranizar y de insensibilizar hallaron la cátedra que las dictara” (13).

Tal vez el inconveniente permanezca –y el presente de los verbos está justificado, aun hablando de acontecimientos que sucedieron ya hace casi 100 años atrás– porque, en ocasiones retumba nuevamente el eco profundo de José Martí, cuando somos conscientes de que el aldeano vanidoso sigue creyendo que el mundo entero es su aldea. Deodoro Roca se queja de que “Nuestro régimen académico es anacrónico” y la aguda lanza se hunde sobre el orgullo de sentir que somos libres de elegir gobernarnos y tener la habilidad de trizar esa autoridad chata, tirana, desactualizada. Sin embargo, si la consciencia de saber, de hacernos cargo de que el poder de decisión existe y que se erige desvinculado de un “derecho divino del profesorado universitario” (14), estamos en posición de hacer historia de rememorar que los hitos en la educación –toda– merecen congregarnos para quedarnos con ese sustento que logra que crezcamos unidos.

En el “Discurso de bienvenida para las delegaciones al Primer Congreso de Universidades Latinoamericanas”, el Dr. Carlos Martínez Durán describe terrenos universitarios desde el “noble patrocinio de una libertad y autonomía […] fraternidad espiritual […] nuestra y sólo nuestra” (1)2. Es decir, que treinta y un años después, la fundación de la Unión de Universidades de América Latina y el Caribe toma una posta que se torna por instantes de fuego y que, al tomarla, quema.

Renglones arriba abrimos los ojos ante la queja de Deodoro Roca: ese anquilosado anacronismo que nos empuja a ser corrientes, nada heroicos ni iniciadores. Allí, y mirándolo desde este siglo XXI ultra tecnológico, además de mercantilista, aparece en 1949 la voz agitadora de Martínez Durán en la Universidad de San Carlos de Guatemala: “Al mundo nuevo corresponde la Universidad nueva. Es criminal el divorcio entre la educación que se recibe en una época, y la época” (2). El eco de José Martí es otra vez parte de la enunciación que promete hechos: “Educar es depositar […] toda la obra humana” para poner a cada hombre –a cada estudiante– “a nivel de su tiempo” (2). Y como si fuera un diálogo concebible, Deodoro Roca apunta en su manifiesto y desde bocas de una Federación Universitaria cordobesa que grita, tomando la palabra de Nuestra América: “queremos arrancar de raíz en el organismo universitario el arcaico y bárbaro concepto de autoridad”(14), mientras afirma que “la redención espiritual de las juventudes americanas [es] nuestra única recompensa”(15).

La alianza es necesaria. Trabajar por un mismo emblema nos da fuerzas. ¿O acaso aquellos tiempos a principios de siglo, o la posguerra (escenario de fondo de la fundación de la UDUAL) son más ásperos que los de hoy en día? El primer congreso en Guatemala se forjaba como el “punto de partida para nuevas y renovadas etapas en la unidad espiritual de América”, un punto de partida que tiene su antecedente, su artilugio en ese Cordobazo activista y enérgico, inquietante, pero lleno de vigor y sinceridad. Martínez Durán sigue ratificando que la universidad es “enemiga irreconciliable del enquistamiento y de la anquilosis [que] debe gozar de autonomía plena, formal y patrimonial” (5), a la vez que zurce, desde “el justo ideario de la Reforma Universitaria”, algunos de los antecedentes del primer congreso de universidades latinoamericanas: el Congreso Americano en Montevideo (1931), junto con el Congreso Centroamericano de Universidades (1948) con la consecuente fundación de CSUCA.

Deodoro Roca exige derrocar una autoridad asfixiante que se regodea de un “estrecho dogmatismo […], lecciones encerradas en una repetición interminable de viejos textos [que protegen] el espíritu de rutina y sumisión [y que] intentan censurar a la juventud” (17). Párrafos antes, ha dicho que “La autoridad, en un hogar de estudiantes, no se ejercita mandando, sino sugiriendo y amando: Enseñando” (cursivas en el original) (14). Es cabal terminar, como décadas después parafrasea Martínez Durán desde Centroamérica, con un “criterio reaccionario, orgulloso y pedante, que profesor y alumno son dos unidades distintas, en divorcio y sumisión, uno del otro […] sólo concebimos la Universidad como hogar, pleno de vida, amistad y respeto” (6).

Detrás, o acompañando este proceso educativo, se destaca la libertad, pero agazapada, lista para reñir, defender su autonomía. Escuchamos a Deodoro vociferando: “La juventud ya no pide. Exige se le reconozca el derecho a pensar por su propia cuenta. [..] Está cansada de soportar a los tiranos. Si ha sido capaz de realizar una revolución en las conciencias, no puede descocérsele la capacidad de intervenir en el gobierno de su propia casa” (18). Sus palabras irrumpen nuevas, plenas para volver a dejarnos la posta que toda América Latina y el Caribe está preparada, una vez más y sin lugar a dudas, para tomar, junto con la esencial fundación de la UDUAL, que continúa siendo nuestra interventora, nuestro refugio, nuestra alianza.

Notas

1. Villar, Alejandro y Antonio Ibarra, La autonomía universitaria, una mirada latinoamericana, UDUAL, México, 2014.

2. “Carlos Martínez Durán y la UDUAL”, Universidad de San Carlos, Guatemala, 1999.

DATOS DE CONTACTO