El boom y su influencia en los problemas latinoamericanos Diálogo entre Manuel Agustín Aguirre, Rector de la Universidad Central de Ecuador, UDUAL y Gabriel García Márquez

Analhi Aguirre
Maestra en Estudios Latinoamericanos en la Universidad Nacional Autónoma de México. Estudiante de doctorado en Teoría Literaria, especialización en género, espacio y psicoanálisis Universidad Autónoma Metropolitana-Unidad Iztapalapa. missanalhi@hotmail.com


 

Nosotros somos como la Higuerilla, como esa planta salvaje que brota y se multiplica en los lugares más amargos y escarpados.

Julio Ramón Ribeiro

 

Prácticamente desde el siglo pasado, con la creación y el impulso del primer movimiento literario latinoamericano, el controvertido Modernismo, es que en nuestra parte del continente, los intelectuales –en este primer periodo: José Martí, Rubén Darío, por nombrar sólo algunos– son una clave fundamental no sólo para intervenir, opinar, hacer activismo ante una opresión o injusticia social, sino que también se revelan como una voz (casi) esencial a la hora de significar apoyo, solidaridad y coraje. De este modo, el boom en América Latina se consolida como un trampolín para que ciertos escritores se sitúen en un pedestal, muchas veces, inamovible hasta el día de hoy.

En 1970 esta segunda corriente literaria ocupa un espacio único por el contenido de sus obras, en cuanto a poner sobre la mesa los trapitos sucios de una Latinoamérica que recibe los coletazos de una situación nacional e internacional bastante complicada: por un lado, la Guerra Fría, propiciada por Estados Unidos y Rusia y, por otro, las acechantes figuritas repetidas: las dictaduras en distintos países de toda la región.

A esta altura de lo literario y de la realidad, la novela Cien años de soledad (1967) de Gabriel García Márquez, ya lleva tres años publicada, leída y galardonada por un gran público a nivel mundial. Su autor cuenta con 43 años y su carrera comienza ascender con los principales temas de su obra, además de su preocupación por los problemas latinoamericanos, son dos sus particularidades más reconocidas. Junto al escritor colombiano, surgen, como ya es sabido, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Julio Cortázar, entre otros; cada uno impulsores de ideologías y partícipes activos de situaciones políticas complejas, en general, de atropellos a una violación a la libertad de una nación en especial.

Así, Manuel Agustín Aguirre (Ecuador, 1903-1992), Rector de la Universidad Central del Ecuador le escribe a García Márquez el 22 de diciembre de 1970 para darle las gracias: “por su preocupación que usted, al igual que otros intelectuales del continente, ha demostrado por las Universidades ecuatorianas que hoy cumplen seis meses de clausura”.1 Meses antes, precisamente el 31 de octubre del mismo año y también mediante una carta, Gregorio García da a conocer al Dr. Efrén del Pozo, la situación por la que atraviesa la Universidad Central del Ecuador. Reporta ante la UDUAL el encarcelamiento del rector Aguirre sin saber dónde se encuentra en aquel momento, luego de que es agredido en su propia casa: “la fuerza pública se apoderó de libros científicos, culturales y literarios, manuscritos y ensayos […] donde la ignorancia vandálica y grotesca procedió en fiel cumplimiento de ‘las órdenes superiores’”.2

La carrera del Rector de la Universidad Central del Ecuador se despliega no sólo como un significativo activista político, sino también como intelectual, escritor y uno de los fundadores del Partido Socialista Revolucionario del Ecuador. Publica poesía y ensayo que poseen conocimientos de la literatura de vanguardia europea y que aplica en sus versos, a la vez que sus ensayos funcionan como manuales acerca de las enseñanzas de la izquierda comunista. A partir de esta mínima, pero gran semblanza del Dr. Aguirre es desde donde Gregorio García denuncia: “una Universidad intervenida, sojuzgada, indigna de llamarse tal. Una Universidad sorda y ciega e inmóvil que encubra los asesinatos a líderes estudiantiles, las torturas, encarcelamientos y destierros y que lleve el ritmo de los desafueros de toda índole”.3 Adjunta a su carta un estudio crítico del rector Aguirre sobre la Ley de Educación Superior y, es por eso, que dos meses después de esta epístola, éste último tiene la voz suficiente para dialogar con uno de los escritores más reconocidos del mundo.

Cuando se dirige a García Márquez hace hincapié en los objetivos frustrados concebidos por la Reforma de Córdoba en 1918:

la función social de la Universidad en todas sus manifestaciones, sacándola definitivamente de su torre de marfil, para colocarla en el centro de los problemas universales y nacionales […] que investigue la realidad de nuestros países […] para alcanzar un desarrollo libre y autónomo; que sea un centro creador y transmisor de una cultura original y auténtica, nacional, social y humana, sin trasplantes mecánicos ni colonialismos mentales; una Universidad democrática, de puertas abiertas (p.1).4

La Universidad (con mayúsculas) debe bajar de su torre –y el Rector nos recuerda el mejor estilo modernista– y enfrentar una realidad que se aferre a las dificultades de cada región en América Latina. Es necesario que definitivamente se aleje de esa mentalidad colonial para no copiar y, de este modo, generar cimientos culturales que nos sean propios… ¿Acaso no se trata de casi los mismos planteamientos de las universidades latinoamericanas de la actualidad? Aunque la mayoría de nuestros países estén en democracia, ¿realmente existe su ejercicio? ¿Qué pasa con la idea de una universidad despreocupada de los acontecimientos sociales? Sin embargo, el deseo esencial del Dr. Aguirre se resume en razonar que es urgente salirse de esa mentalidad colonial que nos arrastra y, a fin de cuentas, no nos permite pensar en nuestra identidad, respaldo y situaciones que sólo nos conciernen a nosotros.

En definitiva, según las palabras del rector: “no sólo nos circundan los muros de nuestro tradicional aislamiento sino los pesados y sordos que las dictaduras colocan para que no se filtre la verdad y el “Señor Presidente” pueda continuar llamándose “maestro” e “intelectual de América”.5 Las citas literarias son continuas en la prosa del Dr. Aguirre y, por supuesto, el señor presidente de facto, José María Velasco Ibarra, alude al retrato indirecto de Miguel Ángel de Asturias en su novela homónima. La autonomía de las universidades debe estar protegida de nosotros mismos y nuestro irreflexivo “neocolonialismo cultural”.

La literatura, los intelectuales y la mejor gama de los activistas han sabido arremeter contra ciertos dictámenes criminales, promovidos por una Latinoamérica que viaja con sentidos coloniales que no le pertenecen. No obstante, y desgraciadamente, también suele aparecer otra faceta de escritores involucrados a medias o siendo parte de unas conflictivas y confusas rencillas políticas.

Al finalizar la carta, el Dr. Aguirre le pide al escritor que le otorgue “un nuevo tomo ‘acerca de la inmensa soledad, que representa a estas patrias, los muros contra la cultura”.6 García Márquez nos entregó, por supuesto, muchas variantes de la soledad de nuestra Latinoamérica que, como dice el peruano Ribeyro, crece como la Higuerilla. Habría que pensar cómo mitigar este sentimiento de incomunicación entre nuestras universidades y lograr que finalmente la democracia suelte de una vez por todas su colonialismo.

NOTAS
1. “Carta abierta al novelista Gabriel García Márquez del rector de la Universidad Central del Ecuador”, en Archivo de la UDUAL, p. 1.

2. Carta de Gregorio García a Efrén del Pozo, 31 de octubre de 1970. Archivo de la UDUAL, p. 1.

3. Op. Cit., pp. 1 y 2.

4. Op. Cit., p. 1.

5. Op. Cit., p. 2.

6. Op. Cit., p. 3.


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