Movimientos estudiantiles y represión oficial: la UNAM ante el conflicto del 68, un comunicado de la UDUAL

Analhi Aguirre
Maestra en Estudios Latinoamericanos en la Universidad Nacional Autónoma de México. Estudiante de doctorado en Teoría Literaria, especialización en género, espacio y psicoanálisis Universidad Autónoma Metropolitana-Unidad Iztapalapa. missanalhi@hotmail.com


Reflexionar sobre la problemática de la participación estudiantil y su capacidad de intervenir de manera organizada en la vida pública del país se torna una discusión inevitable, sobre todo en estos días de tanto ajetreo y violencia. Dos sucesos actuales tienen una proyección directa –aunque notablemente disímil- de aquellos días del agitado 68 mexicano: la movilización de los estudiantes del Instituto Politécnico Nacional y los 43 normalistas desaparecidos en la manifestación de Ayotzinapa.

A pesar de que cada uno de estos movimientos encabezados por estudiantes entrañen distintos significados y los impulsen motivaciones diversas, todos tienen en común su carácter de resistencia ante los dictados de cierta autoridad establecida. Además, todos estos fenómenos sociales dan cuenta de la coyuntura nacional particular en la que se producen, por lo que el análisis conjunto y comparativo de estos acontecimientos aporta conclusiones importantes respecto de continuidades o cambios en las prácticas de participación juvenil a lo largo del tiempo.

Hace ya casi 50 años que se produjo en la Universidad Nacional Autónoma de México, la fisura más importante entre fuerzas universitarias versus gobierno y ejército nacional. Antes de la nefasta noche de Tlatelolco, donde ocurrió la matanza de un número “incierto” de cadáveres que osciló entre 20 y 70 estudiantes reprimidos y desaparecidos en la Plaza de las Tres Culturas, el ejército entró a Ciudad Universitaria y coartó autoritariamente la autonomía universitaria de la UNAM.

A partir de aquí los sucesos se desplegaron de un modo vertiginoso hasta llegar a la tragedia en Tlatelolco. Aunque después de la fase armada de la revolución, México nunca ha sufrido un golpe de estado por parte de las fuerzas militares que ocupan tiránicamente el poder –como ocurrió en el Cono Sur-, los eventos sangrientos del 2 de octubre de 1968 se asemejan brutalmente, por citar sólo un ejemplo, a la famosa Noche de los Lápices ocurrida el 16 de septiembre de 1976, en plena dictadura argentina. Dicho acontecimiento consistió en el secuestro y asesinato de los estudiantes de secundaria de La Plata, quienes exigían el descuento del boleto estudiantil. En un intento por contrastar ambas experiencias se puede aventurar una hipótesis: las prácticas represivas de los gobiernos priistas se acercaron por la arbitrariedad e impunidad a las ejercidas en cada uno de los países de Latinoamérica que han tenido que padecer y superar la sinrazón y el absurdo de esta clase de decisiones, planeadas desde el gobierno.

Bajo la presidencia de Gustavo Díaz Ordaz sucede la represión de los estudiantes. Si bien su gobierno podía presumir de haber sido electo democráticamente, al menos dentro del marco de la democracia sui generis que definió el “Priato” en México, sus prácticas se asemejaron a las de las dictaduras latinoamericanas de la época. Por ejemplo, el discurso oficial relativo a los hechos arbitrarios que definieron la confrontación entre gobierno y estudiantes, fue configurado para justificar las acciones represivas echando mano de un marcado pensamiento de derecha similar al enarbolado por los gobiernos militares sudamericanos, al igual que lo sucedido en Argentina, país donde se difundió la idea de la necesidad de extirpar a grupos como los subversivos “montoneros”, causantes de peligros nacionales similares a otros países de corte izquierdista como Cuba.

Frente a esta siniestra cadena de acontecimientos acaecidos en la UNAM, el secretario general de la UDUAL, Efrén del Pozo, envía el 11 de octubre de 1968 una circular a las universidades dando a conocer lo sucedido respecto a los tumultuosos meses de septiembre y octubre. El comunicado puntual del funcionario resalta la contundente intervención del rector Javier Barros Sierra en el conflicto. Del Pozo informó a la comunidad de la UDUAL que, “ante las violaciones de la autonomía universitaria por parte de las fuerzas públicas que llegaron a invadir recintos escolares con el aparente propósito de sofocar desórdenes callejeros entre estudiantes, el Señor Ingeniero Javier Barros Sierra […] emitió declaraciones y protestas públicas denunciando dichos ataques a la autonomía de la Institución y aún encabezó una protesta”.1

Un rector que sale a la calle, codo a codo con sus estudiantes, contra la irrupción arbitraria e injusta de la autonomía de su universidad es, sin duda, un hecho inédito hoy en día. A finales de la década de los 60 ser parte de un claustro universitario –estudiantes, profesores y autoridades- suponía una valía que hoy en día ya no tiene el mismo significado. En la actualidad, la educación superior está devaluada. Obtener un título profesional no es, como lo era décadas atrás, sinónimo de realización vocacional, éxito laboral o prestigio social. La educación superior, en el mejor de los casos, responde exclusivamente a las necesidades del mercado imperante y, en el peor, no es más que un paliativo social encaminado a mantener ocupados temporalmente a los jóvenes. La mística universitaria, así como la solidaridad entre jóvenes y autoridades escolares que resalta en las cartas de Barros Sierra transcritas por Del Pozo no existe más. Poco queda también del aura de dignidad y enaltecimiento que rodeaba al quehacer universitario, circunstancias patentes en las palabras del entonces rector.

Lo que sí se deja ver en la juventud de aquel entonces como en la de ahora es un profundo desencanto con la realidad social que les rodea. Dicha desilusión no sólo impulsa la movilización de los estudiantes sino que también provoca la empatía de otros sectores sociales que concuerdan con los reclamos de los jóvenes. En el 68 la más alta jerarquía universitaria comprendió que la juventud necesitaba alzar la voz, cuestionar a las autoridades, manifestar sus opiniones públicamente y ejercer sus derechos ciudadanos, prácticas, todas estas, poco frecuentes en el México posrevolucionario.

¿Qué sucede en un 68 que refleja claramente los reclamos ante un infructuoso y no cumplido “milagro mexicano” preconcebido generaciones atrás por la democracia ilusoria y sus promesas traicionadas por el estado posrevolucionario? Pues, en este caso, se manifiesta la forzosa y sentida renuncia de un rector que asegura que la agresión nunca ha sido parte de sus planes: “Cabe insistir que la Universidad no engendró el llamado conflicto estudiantil, sino que éste repercutió sobre ella. […] Repetidamente les dijimos a los jóvenes que debían seguir, en sus luchas, los caminos de la razón, de la ley y del diálogo, sin incurrir en provocaciones ni actos violentos”.2 Las palabras de Barros Sierra no sólo dejan ver el respaldo del rector al movimiento estudiantil, sino también la convicción de que los jóvenes debían configurar estrategias de organización y manifestación efectivas inscritas dentro de un marco democrático y legal. Aprendizaje cívico que sólo podría darse con la práctica constante de la movilización pública.

La población juvenil del 68 queda en la historia de México como un escollo que no permite arribar a algún tipo de justicia. El atropello, protagonista de aquellas contingencias, se silencia ante la sociedad mexicana ya que, al suscitarse eventos insubordinados, sin orden coherente, se crea un caos imaginado que legitima la represión y la muerte. Al final el rector, consciente del contexto autoritario que rige en el país, se da por vencido, no sin antes efectuar una discreta pero no por ello menos crítica denuncia: “en México todos sabemos a qué dictados obedecen. La conclusión inescapable es que, quienes no entienden el conflicto ni han logrado solucionarlo, decidieron a toda costa señalar supuestos culpables de lo que pasa, y entre ellos me han escogido a mí. La Universidad es todavía autónoma, al menos en las letras de la ley”. 3

Como bien transcribe del Pozo, frente al “alto espíritu universitario” de Barros Sierra, la negativa a su renuncia es unánime. Entonces, el rector acepta continuar con sus labores para dirigir la reapertura de la máxima casa de estudios luego de la desocupación de las fuerzas militares de Ciudad Universitaria con el fin de restablecer las actividades escolares. Deja en su comunicado, una misión a cumplir:

A la joven generación, en ocasiones incomprendida porque quiere romper con hábitos de los adultos, la aguardan empresas que exigirán su más decidido esfuerzo, su imaginación y su desinterés. Para poder cumplir con ellas para ser digna de sus ideales, debe ser una generación preparada en el estudio y la acción creadora; pero que no incurra en el desbordamiento de las pasiones y en procedimientos que hacen negativos o al menos infructuosos sus empeños.4

Las palabras del rector muestran un enfrentamiento de generaciones en el que las más jóvenes deben luchar para construir una comunicación libre y sincera. Barros Sierra propone esfuerzo, imaginación y desinterés, todo combinado con un pensamiento inteligente y creativo. Evidentemente, las sentencias del rector de la UNAM en 1968 retumban en nuestro sentir e ideas. Hace unas semanas atrás un grupo de estudiantes del Politécnico toma como herramienta cada uno de los ingredientes sugeridos por Barros Sierra; jóvenes organizados, creativos, valientes y dispuestos a dialogar, cuya petición, todavía no es respondida del todo, pero al menos ha sido escuchada. En cambio, los 43 normalistas de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, desaparecidos el pasado 26 de septiembre de 2014, no sólo no fueron escuchados, sino que, al igual que sucedió el 2 de octubre de 1968, el silencio y la tragedia los ha devorado.

Barros Sierra cierra su mensaje del 26 de septiembre de 1968 con una verdad que, sin lugar a dudas, llega hasta nuestro acontecer: “Nuestra patria necesita hoy más que nunca de su paz interior para fortalecer la democracia y la justicia, y los universitarios, conscientes de lo que ellas significan, sabrán dedicar todo su afán para preservarlas. Si mucho recibimos del país, mucho más es lo que debemos darle.”1 Las reflexiones del rector universitario plantean interrogantes relevantes. Cabe preguntarse: si los universitarios, en quienes tanto confía Barros Sierra, son los encargados de proteger la justicia y la democracia, ¿cuál es la parte que le toca al gobierno de turno? ¿Existe un desamparo que revela un terreno sin límites para la impunidad?

Efrén del Pozo concluye su informe para la unión de universidades destacando la defensa constante de la autonomía universitaria por parte de las autoridades de la UNAM. Quizás, lo esencial sería volver a involucrarse precisamente con este resguardo de nuestros principios. De lo contrario, el silencio, la arbitrariedad y el abuso por quienes hasta ahora parecen tener más peso en las decisiones del país tendrán el poder para dejar, una vez, un hito cuestionado mas no resuelto y, de más está decir, pleno de tristeza e incertidumbre en la historia de México.

NOTAS
1 Circular, número 14/08, p. 1.
2 Circular, número 14/08, pp. 1 y 2.
3 Circular, número 14/08, p. 2.
4 Circular, número 14/08, p. 5.


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