Palabras, hechos y diálogo, 65 años después. Comentarios sobre algunos discursos del Primer Congreso de Universidades Latinoamericanas

Analhi Aguirre
Maestra en Estudios Latinoamericanos en la Universidad Nacional Autónoma de México. Estudiante de doctorado en Teoría Literaria, especialización en género, espacio y psicoanálisis Universidad Autónoma Metropolitana-Unidad Iztapalapa. missanalhi@hotmail.com


El saber es el principio de la acción…
Mario de la Cueva

Como bien afirmaba el licenciado José Roliz Bennett, Decano de la Facultad de Humanidades de la Universidad de San Carlos de Guatemala, uno de los grandes problemas de nuestra tradición latinoamericana es ensalzar y llenar el discurso de términos sentenciosos que, finalmente, no se traducen en hechos:

Compartimos todos, seguramente, la legítima tranquilidad que no ha sido éste un cónclave protocolario, erizado de formalismos, sino la reunión de un grupo numeroso de gente […] que se ha congregado ante la urgencia de precisar un código de principios orientadores para las Universidades latinoamericanas […]. Pero pesa también en el ambiente la preocupación de que […] vivimos aún bajo la tradición letal de una hermandad de palabras que todos deseamos transformar en una fraternidad de hechos.1

Con este dictamen, Bennett encara su disertación de clausura del Primer Congreso de Universidades Latinoamericanas, allá en septiembre de 1949, hace ya 65 años. Quizás, la enorme influencia grecolatina es responsable de nuestro eterno latinismo retórico, así como de las palabras colgadas de muletas que no nos dejan avanzar. No obstante, una vez más, sería mirar con un solo ojo y desde una única perspectiva la inmensa y variada cultura latinoamericana.

El discurso de bienvenida para las delegaciones de los países convocados a este primer e histórico congreso estuvo a cargo del Dr. Carlos Martínez Durán, en ese entonces, rector de la Universidad Autónoma de San Carlos e impulsor vital de la idea de autonomía en América Latina. Luego de sus efusivas palabras de acogida, se refiere sutilmente al amparo del magno evento y nombra, como marcas de fuego: el “dosel de tradiciones irrenunciables […], bajo el patrocinio de una libertad y autonomía […], bajo la fraternidad espiritual de esta América Latina, nuestra y sólo nuestra, sitúo este Primer Congreso de Universidades Latinoamericanas y abro los brazos para recibiros como hermanos […] ideales universitarios de América”.2

De esta manera, Martínez Durán despliega no sólo la responsabilidad de que las universidades de este continente se unan, sino que también ubica a los países en un mismo espacio de igualdad. He aquí uno de los cuestionamientos claves de “Nuestra América”: ¿acaso a finales de la década de los 40 todos los países eran equivalentes? ¿Qué sucede en la actualidad? Naciones, gobiernos, universidades dispares que logran vincularse desde hace 65 años para llegar a objetivos felices comunes. No obstante, sabemos, que estos tres factores capitales en esta deseada unión de entidades educativas, han tenido grandes conflictos a nivel social, político y económico que, en ocasiones, han resuelto y otras no.

A continuación, el rector insta por una universidad dinámica que coincida con la época en la que le toca desarrollarse: “Educar es depositar en cada hombre toda la obra humana que le ha antecedido: es hacer a cada hombre resumen del mundo viviente; hasta el día en que vive: es ponerlo a nivel de su tiempo para que flote sobre él y no dejarlo debajo de su tiempo”.3 Sus palabras se tornan vigentes para un fin que, muchas veces, cuesta llevar a cabo: aunar tradición y actualidad en una sola declaración, cuando, tanto la historia y costumbres como la contemporaneidad de cada país, son disímiles. ¿Qué voces existen en este mismo congreso? Si las juzgamos desde las postrimerías del siglo XXI, ¿de qué tipo son estas enunciaciones latinoamericanas que tienen la intención de vincularse sin perder de vista sus grandes diferencias? Es un hecho (y no tan sólo palabras): aunque América Latina se trate de una misma región distinguida en el continente y en el mundo, la consciencia de las diferencias es real; sin embargo, la mayoría de las veces, también es omitida y pasada por alto, en pro de una generalidad ciega.

En palabras de Leopoldo Zea: “Tal es lo complicado de esta América y su cultura. Cultura surgida de la unión, pero no asimilación, de la cultura propia de esos hombres. Cultura de expresiones encontradas y que, por serlo, lejos de mestizarse, de asimilarse, se han yuxtapuesto. Yuxtaposición de lo supuestamente superior sobre lo que se considera inferior”.4 Las apreciaciones del filósofo inspiran a la reflexión, pero más que nada a la aceptación de ciertos acercamientos que se reflejan desde esta primera reunión de universidades latinoamericanas y que se proyectan –en ocasiones- hasta la actualidad.

Aparecen los otros discursos relativos a este conclave, que dialogan mientras demuestran sus diferencias. El presidente de la delegación de la Universidad Javeriana de Colombia, el Dr. Eduardo Ospina, manifiesta con entera seguridad que su país une a las dos Américas y que “La Iglesia Católica, madre de la civilización occidental, fundadora de las grandes Universidades antiguas del viejo mundo […] y también del nuevo continente […] levanta en la Universidad Javeriana una antorcha viva y multicolor”. 5 Desde sus claustros, el delegado de la pontificia asevera que “nuestro mundo de América Latina […] es cristiano y posee en el Cristianismo la clave de los hondos problemas del hombre y de la sociedad” […]. 6 Entonces, cada una de las acciones desencadenadas por la inédita UDUAL deberá estar bajo “la realidad indestructible de Dios, [que] quiere fundar nuestra fraternidad universal en la filiación del Padre de todos los hombres […]”7.

Aunque el colombiano Ospina no nombra la tradición latinoamericana directamente, sí coincide con la idea de “tradición irrenunciable”, pronunciada por Martínez Durán. Ahora, esta actitud, ¿no concuerda acaso con lo revelado por Zea, es decir, una yuxtaposición, que al fin y al cabo, no deja ver las enormes distancias que distinguen a los latinoamericanos, a la vez que manifiesta una supuesta superioridad de una forma de cultura en concreto? Se trata de una voluntad totalizadora, de una mirada un tanto ambiciosa y absolutista. Tal vez, y retomando un poco el principio, este asunto podría ser uno de los obstáculos claves que impiden a las palabras realizarse en acciones. La capacidad de admitir que, en efecto, existe una enorme disyuntiva entre las acciones “civilizatorias” de la Iglesia y el discutido genocidio es una eterna disputa que hoy por hoy a casi dos décadas del siglo XXI debería acabar. De lo contrario, permanecemos estancados en un espacio intermedio entre la idea de lograr una identidad y, al mismo tiempo, continuar en la colonia, para rematar con la famosa (y al parecer) inamovible “civilización y barbarie” del argentino Domingo F. Sarmiento.

Desde otra perspectiva, con una colonización y lengua distinta, el delegado de la Universidad de Haití expone su voluntad de ver una América Latina libre, a través de la alianza de sus universidades: “[Este primer congreso] proporcionará a la historia de las élites intelectuales una etapa de evolución para la solución de grandes problemas de dependencia institucional, de inestabilidad material, de injerencia política, de pre-especialización, de orientación vocacional, que, de la Universidad colonial a la universidad contemporánea han alarmado a profesores y estudiantes”.8 Afín es la voluntad de aquel entonces de lograr universidades independientes de las antiguas colonias y de las amenazas que marcan ese 1949. No obstante, las miradas y, sobre todo, los discursos se afirman desde la presencia o ausencia de una preocupación que es la misma pero que tiene varios matices.

Martínez Durán anuncia en su bienvenida un flamante comienzo para “nuevas y renovadas etapas de la unidad espiritual de América”, pues afirma que nos enlaza “una misma tragedia, y en idénticas condiciones, tan solo alternativas de un país a otro”.9 Al pensar en Latinoamérica siempre nos arriesgamos a caer en esencialismos. Aunque el genocidio afectó a gran parte de América Latina y se podría decir que nos une una raza “trágica” común, existen enormes singularidades que hace 65 años, e incluso hoy, seguimos sin considerar del todo. Por nombrar sólo las más evidentes, podemos afirmar que la conquista y la colonización no sucedieron de igual manera, lo mismo que la población de los países latinoamericanos y, por ende, las distancias que existen en el plano educativo. Cuestionando o, mejor dicho, poniendo a prueba las afirmaciones de José Martí: ¿No hay odio de razas, porque no hay razas? ¿Cómo resolver el heterogéneo y alternativo rompecabezas latinoamericano? ¿De qué manera afecta a la educación este disímil conglomerado?

Martínez Durán pone en evidencia este tipo de fracturas manifestando su pesar por la falta de algunas universidades al Primer Congreso: “la Historia vuelve cruel y tenaz, y la Universidad sigue doliente […]. Para las Universidades ausentes, queda abierta, franca y leal, la puerta del entendimiento comprensivo”.10 Un ejemplo de este asunto es el contundente discurso a cargo del invitado especial de Venezuela, el Dr. Luis Manuel Peñalver. Su reclamo manifiesta su enojo frente a la vetada presencia de las universidades venezolanas por la dictadura militar, además de la llamada de atención –esta vez unánime, en cuanto a identidad se refiere- acerca de “los defectos tradicionales de la Universidad Latinoamericana, productos de la falta de paralelismos en el desarrollo y avance entre el medio social y el ambiente universitario”.11

El portavoz de Venezuela hace mención de la separación entre lo que sucede intramuros universitarios y su reciprocidad con el afuera. Aunque Peñalver aluda a la grave situación de su país en aquel entonces, a lo largo de este más de medio siglo que transcurrimos, la universidad se ha ubicado y se ubica en un lugar complicado, que muchas veces, colinda con una acrópolis griega imposible de acceder y/o dialogar. Casi al mismo momento, Martínez Durán denuncia la ineficacia de las palabras y los acontecimientos: “El problema universitario sigue preñado de interrogaciones sin respuesta, de aspiraciones no satisfechas, de hermosas teorías y postulados no llevados a los hechos, a pesar de los esfuerzos de los hombres de buena voluntad y claro talento”.12 ¿Es que realmente existía en 1949 “el” problema universitario? ¿O se trataba, como siempre, de un panel múltiple y compuesto? ¿Qué sucede hoy? ¿Hasta qué punto el pensamiento latinoamericano se reúne en una sola idea y se diversifica en otras tantas? No obstante, una de las réplicas se basa, sin duda, en la solidaridad de nuestros pueblos: “La América Latina sigue siendo el continente de ilimitado abrazo, el límpido y sereno manantial de la paz duradera”, asevera Martínez Durán.13

Las dictaduras ya forman parte de nuestro ser latinoamericano. Por supuesto, hablamos de una identidad negativa imposible de rebatir:

Esta circunstancia [el golpe de estado venezolano del 24 de noviembre de 1948 que destituyó a Rómulo Gallegos] nos fuerza a referirnos a un aspecto del panorama latinoamericano ante el cual no podemos, como universitarios, pasar con los ojos cerrados si no queremos asumir la cómoda y absurda actitud del avestruz, que entierra la cabeza […] para hacerse la ilusión de silencio y de seguridad ante el peligro inminente. […] No es por mera casualidad que las Universidades de Venezuela, Perú, Santo Domingo y de otros países sometidos a dictaduras abiertas o embozadas, como Argentina, no estén representadas aquí.14

 

La sentencia del venezolano es inclemente. En el año del Primer Congreso, su país atraviesa por un atropello de las fuerzas militares reflejadas en el gobierno argentino, por ejemplo, en manos de Juan Domingo Perón. El discurso de Peñalver y su símil con el avestruz latinoamericano resuenan tanto como su miedo y ataque contra “la Barbarie”, ideas que se suman al mosaico mientras nos toca a todos hacernos cargo.

Casi al final de la disertación Martínez Durán proclama con un optimismo tan implacable como las palabras del invitado de Venezuela: “cómo no ha de ser este Congreso más amplio, un seguro renacimiento de la conciencia universitaria americana, un bullir de hechos tales que afirmen sin reservas ni claudicaciones la fraternidad de nuestros pueblos guiados por la Universidad nueva y responsable”.15

En estos cinco discursos y, sin entrar demasiado en detalle, se perciben y se vislumbran preguntas que, una vez más, evidencian nuestro ser latinoamericano yuxtapuesto: religión, colonia, genocidio, razas, dictaduras, pero también, fraternidad, voluntad y coraje. Si tan sólo estos tres últimos aspectos trascendieran los primeros aquí nombrados, las palabras se convertirían en hechos y los hechos en un verdadero diálogo. Y en esta constante búsqueda latinoamericana de unidad en la diferencia, ¿qué papel juegan las universidades?




NOTAS
1 “El Primer Congreso de Universidades Latinoamericanas. Un informe de la reunión”, en Universidad de México, 3:34 (octubre, 1949), p.1.
2 Carlos Martínez Durán, “Discurso de bienvenida para las delegaciones al Primer Congreso de Universidades Latino-Americanas”, en: Archivo Histórico de la UDUAL, fojas 9, p. 1.
3 Ibid., p.2.
4 David Pantoja Morán, Antología del pensamiento latinoamericano sobre la educación, cultura y las universidades, p. 99.
5 Eduardo Ospina, “Saludo de la pontificia universidad Javeriana, al Congreso de Universidades Latino-Americanas”, en: Archivo de la UDUAL, en Archivo Histórico de la UDUAL, fojas 3, p. 2.
6 Ibídem.
7 Ibíd., p. 3.
8 “Discurso de la Delegación de Haití al Primer Congreso de Universidades Latino-Americanas”, en: Archivo Histórico de la UDUAL, fojas 4, p. 2. Traducción del francés de Analhi Aguirre.
9 Martínez Durán, Op. Cit., p. 3.
10 Martínez Durán, Op. Cit., p. 4.
11 “Discurso pronunciado por el Dr. Luis Manuel Peñalver, invitado especial de Venezuela, en la segunda sesión plenaria del Congreso”, en: Archivo Histórico de la UDUAL, fojas 8, p. 2.
12 Martínez Durán, Op. Cit., p. 4.
13 Martínez Durán, Op. Cit., p. 5.
14 Peñalver, Op. Cit., pp. 6, 7 y 8.
15 Martínez Durán, Op. Cit., p. 7.


REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS:

Discursos
“El Primer Congreso de Universidades Latinoamericanas. Un informe de la reunión”, en Universidad de México, 3:34 (octubre, 1949).
“Discurso de bienvenida para las delegaciones al Primer Congreso de Universidades Latino-Americanas por Carlos Martínez Durán”, en: Archivo Histórico de la UDUAL, fojas 9, 1949.
“Discurso pronunciado por el Dr. Luis Manuel Peñalver, invitado especial de Venezuela, en la segunda sesión plenaria del Congreso”, en: Archivo Histórico de la UDUAL, fojas 8, 1949.
“Saludo de la pontificia universidad Javeriana, al Congreso de Universidades Latino-Americanas por Eduardo Ospina”, en: Archivo de la UDUAL, en Archivo Histórico de la UDUAL, fojas 3, 1949.

Libros
Martí, José, “Nuestra América, en: Antología del pensamiento latinoamericano sobre la educación, cultura y las universidades, México: UDUAL, 2007.
Pantoja Morán, David, Antología del pensamiento latinoamericano sobre la educación, cultura y las universidades, México: UDUAL, 2007.
Zea, Lepoldo, “América Latina: Largo viaje hacia sí misma”, en: Antología del pensamiento latinoamericano sobre la educación, cultura y las universidades, México: UDUAL, 2007.
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