A propósito de Adela Formoso de Obregón Santacilia y su connotado discurso en el Primer Congreso de la Unión de Universidades Latinoamericanas en 1949

Analhi Aguirre
Maestra en Estudios Latinoamericanos en la Universidad Autónoma Metropolitana-Unidad Iztapalapa. Estudiante de doctorado en Teoría Literaria, especialización en género, espacio y psicoanálisis. missanalhi@hotmail.com


Agradezco los comentarios de Grisell Ortega Jiménez que me ayudaron a reconstruir el contexto histórico mexicano.

Entre las preguntas frecuentes sobre la titulación que aparecen en el sitio web de la Universidad del Valle de México, se lee en la número 19: "Soy egresada de la Universidad Femenina de México, que hoy es la UVM Chapultepec, ¿me puedo titular por esta opción?".1 Quizás esta sea una de las pocas huellas visibles que quedan de la fusión realizada en 1993 entre ambas casas de estudio.

Como aclara Gabriela Cano (2007): "Otorgar visibilidad a las mujeres como actores sociales supone transformar los cánones de valoración de los hechos históricos. Si se abandona la mirada androcéntrica, es posible colocar en el centro del relato acontecimientos considerados intrascendentes y reconocer como protagonistas a figuras marginales o totalmente desconocidas".2 Si bien Adela Formoso fue premiada3 durante toda su carrera y fue homenajeada hace relativamente poco con una serie de estampillas (2001) con la leyenda: "Adela Formoso de Obregón Santacilia. Precursora de los derechos de la mujer en México 1907-1981",4 su presencia como una de las mujeres más destacadas del siglo XX mexicano es muy precaria y fugaz. De hecho, en el ensayo "Las mujeres en el México del siglo XX. Una cronología mínima" de Cano, arriba citado, Adela Formoso tiene una sola mención, en 1935, y aparece junto a otras mujeres significativas (Esperanza Zambrano, Amalia González Caballero de Castillo Ledón, Leonor Lach) como parte del Ateneo Mexicano de Mujeres.

Adela Formoso había comenzado a involucrarse desde los 16 años con actividades extraordinarias para una mujer de tan poca edad, cuando en 1923 fundó con Luis G. Solana la primera orquesta integrada sólo por mujeres en México. Unos años después, en 1939, publicó5 "La mujer mexicana en la organización social del país", donde rescató la figura de Leona Vicario y se cuestionó sobre la labor de las mujeres en más de cien años.

Cuatro año después, en 1943,6 fundó la Universidad Femenina de México en el Distrito Federal y, luego, en 1950 creó la Universidad Femenina de Veracruz, impulsó la apertura de la Universidad Femenina de Guadalajara (1951) y la Universidad Femenina de Acapulco (1961). Adela Formoso fue, formalmente, la primera gran impulsora de la educación superior para mujeres en México. Vio la relevancia para el país de crear carreras exclusivas, diseñadas para mujeres. Si bien la discusión sobre la esencialidad acerca de ser mujer u hombre versus el rol de género femenino, aplicado a las profesiones preferidas de un sexo y de otro, no ha terminado aún, sí es cierto que existen ciertas tendencias debidas, sobre todo a las condiciones y/o particularidades de las construcciones de los géneros, ya sean masculinos o femeninos.

Cuando creó la Universidad Femenina, Adela Formoso tuvo en cuenta un contexto, donde la mujer debía enlazarse de algún modo con el hombre, en el cual las llamadas tareas "femeninas" se desprendieran un tanto de los estereotipos. Hoy en día se afirma que "La razón para [la elección de unas carreras universitarias u otras se deben] a la construcción social de los roles masculinos y femeninos. Las carreras podrían tener entonces, una cierta proyección de continuidad con el ámbito privado femenino y, específicamente, con las tareas domésticas y familiares desempeñadas por las mujeres".7

Las casas de estudios que apoyaban la idea de la unión de una América Latina, siempre entre el vaivén de creer en la vinculación o no, enviaron, con enorme confianza y emoción, a sus delegados al Primer Congreso de Universidades Latinoamericanas, sito en 1949 en la Universidad de San Carlos de Guatemala, con el propósito de determinar: "el acuerdo sobre comunes supuestos de acción y el establecimiento de un organismo internacional que pudiera dar vida a la literaria expresión de nuestra unidad universitaria" (Roltz Bennett, 1949: en línea).

En aquel momento, y dentro de las circunstancias históricas de una América Latina que recibía los coletazos de posguerra respecto a las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, México superaba con éxito, a cargo del sexenio de Miguel Alemán, una crisis económica debida, en parte, a la pérdida de muchos mercados externos en los que, durante el conflicto bélico, se colocaron productos mexicanos tales como textiles, insumos químicos y, por supuesto, alimentos. Los productores nacionales no pudieron sostener la competencia, restablecida al término de la guerra con los productos que ofrecían los países industrializados.

A todo esto, la cantidad de habitantes crecía enormemente y durante 1946 a 1949 la población total del país aumentó alrededor de 4 millones de habitantes, pasando de 23.4 millones en 1946 a 27.8 millones en 1952. Hubo también un crecimiento de la población urbana y, por ende, un aumento de las actividades características de la ciudad en detrimento de las actividades rurales:

La población urbana, que en 1940 representaba el 21.9% de la población total elevó su participación al 31% en 1952 […] En esos mismos años, la población económicamente activa creció y se modificó su composición: se redujo la población dedicada a las actividades agropecuarias, del 65.4% al 57.5%, mientras que aumentó la ocupada en las distintas industrias, del 15.5 al 16 y la dedicada a los servicios, del 19.1 al 26%.8

No cabe duda de que, a los ojos de algunos sectores de esta sociedad urbana, la característica más significativa del presidente Alemán era que, además de ser civil, era universitario. Su gestión se vislumbraba como un parte aguas, una nueva era que anunciaba la incorporación política de grupos heterogéneos y pujantes que no habían encontrado cabida en los regímenes revolucionarios previos. Si bien con el gobierno avilacamachista había iniciado la labor de integrar dentro del partido oficial a aquellos miembros de la sociedad mexicana que habían quedado olvidados por la revolución social, entre los que se encontraban las mujeres y jóvenes pertenecientes a la incipiente clase media, el proyecto modernizador enarbolado por Miguel Alemán legitimó "la mesocratización del poder político porque, se decía, las tareas del desarrollo exigían la colaboración de los sectores mejor preparados de la sociedad".9

Entre las obras urbanas de mayor renombre que ensalzan la lista de logros alemanistas destaca la construcción de Ciudad Universitaria, hecho que, sin duda, refleja el valor que adquirió la educación superior como garantía de ascenso social y cantera de nuevos cuadros profesionistas. En ese contexto se desarrollaban las actividades de la Universidad Femenina de México aquel 1949; Adela Formoso, se presentó como delegada en el Primer Congreso de Universidades Latinoamericanas y pronunció un discurso que coincidía con el crecimiento de un México preparado para que las mujeres pudieran convertirse en universitarias de peso.

Como todo gran discurso, Adela Formoso comenzó (trayendo a colación en sus palabras a la excelsa retórica mexicana, que se inició, en parte, con nuestra genial Sor Juana Inés de la Cruz) con una perfecta captatio benevolentia: "La Universidad Femenina de México agradece profundamente la invitación que se le hizo para venir a este Primer Congreso de Universidades Latinoamericanas y le trae un saludo cordial de todas las mujeres de mi patria. […] la Universidad Femenina de México los saluda, y se presenta como la más pequeñita Universidad de América".10 Dentro de las treinta y cuatro delegaciones convocadas, Adela Fomoso se encontraba frente a una enorme congregación masculina como delegada de un país, de una universidad, pero, lo más destacado, en representación de las mujeres de su nación. Este recorte poblacional minoritario se exponía con un atrevido coraje y desplegaba sus propósitos conjuntos con el sexo opuesto, no desde una perspectiva de choque, sino más bien desde un acuerdo, además de una necesaria complementariedad que se ampliaba e incluía a todas las mujeres del continente latino:

las mujeres de mi patria, las mujeres de América, las mujeres del mundo estamos deseando colaborar en todos los problemas humanos, prepararnos en la cultura, para ser la colaboradora digna del hombre, es por eso que la Universidad Femenina se abrió para que las mujeres llegaran a ella, para preparar mujeres responsables, en la colaboración del hombre. La Universidad Femenina de México acentúa que las mujeres deben ser colaboradoras, no competidoras.

Con una astucia leve y sutil, y ante las noticias del feminismo que seguramente estaban al oído de todos estos hombres ilustrados,11 Adela Formoso propuso un rol femenino copartícipe y "digna del hombre", un hombre protagonista de las grandes resoluciones a nivel educativo, económico, y social no sólo de América Latina, sino del mundo. La inclusión de las mujeres se presentó, en las palabras de la fundadora, manifestada en un plan de igualdad indispensable para las naciones latinoamericanas.

Dicha equidad fue apoyada en el discurso por la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y su inapelable derecho a la educación, un sujeto "universal" masculino donde, Adela Formoso conocía, a la vez que ponía de relieve, la presencia de las mujeres dispuestas a dedicarse en sus estudios universitarios no sólo a las humanidades, relacionadas de plano con lo femenino, sino también y en primer lugar mencionado, en las áreas de "la política, en la ciencia, en las artes y en las letras", nombradas a posteriori. La fundadora de la Universidad Femenina mexicana presentó, en este primer congreso, su clara consciencia de la situación de su país, de América y fuera del continente, respecto a la educación para las mujeres:

Se pensó en 1942 abrir un Centro de Estudios Superiores para la mujer mexicana, no porque en mi país no se permite estudiar a las mujeres ya que en la Universidad Autónoma de México estudian cinco mil y además en todas las Universidades de los Estados de la República concurren mujeres a estudiar; pero existe en todos los países de América, y en algunos países de Europa, una enorme cantidad de mujeres que por prejuicios familiares, o por complejos, no desean concurrir a las Universidades, ni a las escuelas particulares […].

En este pasaje, Adela Formoso declaró en breves y concisas palabras la emergencia de una universidad sólo para mujeres. Puso en el centro de la mira dos puntos esenciales en cualquier actividad que las mujeres deseen hacer (incluso hoy en día, en otras áreas y sectores sociales): los prejuicios y los complejos de su entorno más cercano, reflejo, por supuesto, de su sociedad en ebullición.

Su pensamiento se presentaba atrevido y lúcido en aquel conglomerado de hombres, conductores de la formación universitaria de Latinoamérica: "es por eso que se pensó abrir una Universidad para que llegaran a ella, aquellas mujeres que no podían estudiar y que estaban perdiendo su tiempo, sus energías, su inteligencia y su capacidad de acción. Es imprescindible destacar que en aquellos años, Adela Formoso subrayó la posibilidad latente de las mujeres para realizar otras labores que no fueran las asignadas a su sexo, como concurrir a la universidad y lograr con sus estudios ser interventora de cambios sociales en México y en América Latina.

Para la fundación de la Universidad Femenina, Adela Formoso puso en práctica la teoría auspiciada en este discurso: con el fin de conseguir sus metas, trabajó al lado de "hombres de lo más distinguidos", y llevó a cabo su más alta obra educativa dirigida hacia "la mujer mexicana, a la mujer de América, a la mujer de Europa […] porque a [la universidad] concurren mujeres de todo el mundo".12 A continuación, lanzó su distinguida lista de los hombres, en efecto, más destacados de México a finales de la década del 40: Antonio Caso, Manuel Sandoval Vallarta, Alfonso Caso, Alfonso Reyes, José Gaos, Carlos Obregón Santacilia (su esposo y bisnieto de Benito Juárez), Federico Gómez de Orozco, Ignacio González Guzmán, Gabriel García Rojas, Alejandro Quijano y Antonio Mandinaveitia. Cabe destacar que su ímpetu y, posiblemente, desventaja ante aquellos hombres, la obligó a enunciar un Consejo Técnico, sólo de masculino.

En el cuerpo de su discurso, Adela Formoso se encargó de exponer su grupo docente, conformado por "100 maestros hombres y mujeres, que son los más ilustres catedráticos de la Universidad Autónoma de México, y ahora estudian 350 jóvenes".13

Las carreras abiertas a las mujeres eran múltiples y variadas, sin importar las conocidas y discutidas preferencias según el sexo. Humanidades, Ciencias Sociales, Ciencias Físico Químicas, Biología, Arquitectura, Medicina, Farmacología y hasta la carrera de Archivos y Bibliotecas se desplegaban ante una sociedad, conducida por reglas masculinas, que otorgaba poco lugar a las mujeres.

La fundadora de la Universidad Femenina presentó, además, un criterio actual, práctico y de acuerdo con una América Latina con vistas a un futuro promisorio: "lo más importante de la Universidad Femenina que deseo que se conozca ampliamente es la creación tipo de carreras cortas de la Universidad Femenina de México, entre ellas, Licenciada en Asuntos Internacionales […], y ahora son Funcionarias Especializadas. Deseo llamar la atención en esto; las alumnas que se han graduado en Licenciaturas Internacionales ocupan puestos importantísimos en mi país".14 De aquí en más, Adela Formoso enumeró a las mujeres que se dedicaban a su trabajo en el mundo como, por ejemplo, a la secretaría en Washigton, al viceconsulado en Boston o becas en Yale y Louisiana. Asimismo, se encargó de resaltar a las mujeres periodistas "que están trabajando ya en todos los periódicos y revistas como redactoras, columnistas, reporteras, editorialistas, etcétera".15 La mujer que configuró Adela Formoso no estaba dedicada exclusivamente a su hogar ni atada a las labores únicamente femeninas, era una mujer que viajaba, salía de su país, se supera y era parte de uno de los poderes de un país: el periodismo.

La conclusión del discurso es quizás de lo más contundente y pasional: Adela Formoso se refirió a las 60 millones de mujeres que estaban "desperdiciando su potencialidad femenina, que podrá ayudarlos a ustedes en muchos de los problemas humanos que desean resolver, y si les digo, que no los podrán resolver nunca, si no llaman a la mujer a colaborar en esa parte humana y delicada y fina, que los hombres no pueden entender como otras cosas de ustedes no las podamos entender".16 A pesar de que apeló a la esencialidad de las características de hombres y mujeres (ideas más apegadas a las feministas francesas), que podría encontrarse con las llamadas teoría que postulan a los géneros como una construcción social, acertó en demostrar la diferencia de los sexos y la ineludible complementariedad, en vez de un planteo de conflictos.

Por ello, en sus últimas palabras aludió a la necesidad de la formación de hombres y mujeres, a la vez que la imperiosa unidad del continente. Cambiando drásticamente su discurso a un tono más literario y citando una vez más a un hombre, pero esta vez, el fundador del primer movimiento literario de América Latina, el Modernismo, nada menos que a Rubén Darío, se hizo eco de su prosa y afirmó: "por qué nosotros no hacemos surco por toda América Latina en cordillera y campo y sembramos la semilla que llevan en el espíritu de los jóvenes, los adolescentes y la niñez".17

Cuatro años después de este discurso, en 1953, Adela Formoso creó el primer semanario para mujeres "Nuestra palabra", donde dio espacio a la voz femenina omitida en muchos aspectos y hasta el día de hoy. Callar o ser indiferentes a un discurso y a la obra del calibre de Adela Formoso es quizás no haber entendido la señal emitida por esta mujer hace ya 65 años.







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